Sky City: The Last Descent

El Hambre y la Fe

VIGILIA (Parte 1) — El Hambre y la Fe

La ciudad ya no se movía.

Llevaba horas detenida en el mismo punto del cielo, suspendida sobre el horizonte como una presa que sabe que no tiene escapatoria pero aún se aferra, por pura inercia, al último instante antes de caer. Su descenso era inevitable. Lo sabían los técnicos que sudaban en las entrañas de sus reactores, lo sabían los Nobles que fingían serenidad en sus salones, y lo sabían, sobre todo, las bestias que esperaban abajo, mirando hacia arriba con la paciencia de quien ha aprendido a no malgastar fuerzas en algo que de todas formas va a llegar.

El lugar donde Sky City terminaría de tocar tierra ya tenía dueños.

Las bestias rodeaban la zona desde antes del amanecer, dispersas entre los huesos de la antigua ciudad, inmóviles con esa quietud que solo conocen los depredadores que han aprendido que la prisa delata. No todos podían hablar todavía. Ese proceso era algo que se aceleraba o se demoraba según el grado de exposición al ADN humano que cada uno llevaba en la sangre, y esa noche el silencio se repartía de forma desigual entre ellos. No había fuego, ni raciones compartidas, ni nadie contando los días que faltaban. Había siseos cortos. Gruñidos que significaban *aquí* o *espera* o *no todavía*. Posturas que decían más que cualquier palabra: una oreja girada hacia el cielo gris, una cola baja, un hocico levantado contra el viento.

Esperaban.

Sabían, con la certeza con que un animal sabe que la lluvia viene antes de que caiga la primera gota, que el cielo iba a romperse sobre ellos.

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Zahhak probaba el aire con la lengua, una y otra vez, como quien repasa un recuerdo masticándolo despacio.

El viento traía algo lejano. Miedo viejo, disuelto, casi gastado. No era suficiente. Nunca era suficiente. Cerró los ojos y dejó que el hambre lo llevara hacia atrás, hacia un lugar que ya no tenía mansión ni nombre ni dueño.

Cadenas.

Había sido un capricho. Un lujo exótico encerrado en un patio interior con fuente de mármol, alimentado por manos enguantadas que nunca lo tocaban directamente, admirado por invitados que tomaban fotografías detrás de un cristal. Cuando el colapso llegó, el millonario que lo poseía no se detuvo a pensar en él. Subió a una nave privada con su familia, sus joyas, sus archivos. Dejó las puertas cerradas y las cadenas puestas.

Zahhak no recordaba cuántos días pasaron antes de que el hambre le diera la fuerza para arrancar el grillete del muro. Recordaba el sabor del primer cuerpo que encontró en la calle, ya frío, ya inservible para nadie más que para él. Y recordaba, sobre todo, la primera vez que probó algo distinto: un hombre todavía vivo, todavía consciente, el corazón desbocado bombeando algo dulce y caliente directamente a la sangre que Zahhak bebía de la herida.

Después de eso, ya no hubo vuelta atrás. El miedo tenía sabor. Y el sabor era mejor que cualquier comida que hubiera probado encadenado en aquel patio de mármol.

Abrió los ojos. El viento seguía siendo insuficiente, pero pronto no lo sería. Pronto el cielo iba a derramar sobre la tierra a miles de personas demasiado aterrorizadas para que su miedo no llegara hasta él como una marea.

Sonrió con toda la boca.

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N8 golpeaba el suelo.

No con furia ciega. Con un ritmo, casi una cuenta, como quien necesita que el cuerpo haga algo mientras la cabeza recuerda cosas que preferiría no recordar.

Pelaje pequeño. Manos pequeñas alrededor de los dedos de su madre. Eso era lo primero. Lo único que quedaba de antes de las jaulas, de antes del Congo perdido, de antes del avión y la caja y el olor a desinfectante que sustituyó para siempre al olor de la selva.

Después venían los laboratorios. Las mesas de acero. Las correas. Los hombres con batas blancas que hablaban de él en términos que tardó años en entender del todo, porque a él también le habían enseñado las manos, los signos, las palabras hechas de gestos que sus dedos aprendieron antes de que su cuerpo terminara de crecer. Aprendió a pedir comida. A pedir agua. A decir *duele* cuando dolía y a ver que decirlo no cambiaba nada.

Aprendió, también, a esperar el jardín. Era lo único bueno en aquel lugar: una hora al día, bajo vigilancia, donde se le permitía sentarse al sol y ver pasar un pajarito de plumas grises que se posaba siempre en la misma rama, cerca de la reja, sin miedo a él. No sabía por qué aquel pájaro no le tenía miedo. Pero le bastaba.

Hasta que un cuidador, cansado quizás, o simplemente aburrido de la rutina, lo espantó de un golpe con una escoba y el ave cayó muerta contra el concreto sin razón alguna, sin necesidad alguna, solo porque podía.

N8 no recordaba haber decidido atacar. Recordaba el grito del hombre. Recordaba las correas rompiéndose. Recordaba, después, las jeringas y la sala blanca y la palabra *sacrificio* repetida entre los técnicos como si fuera un trámite administrativo más.

El colapso llegó la noche antes de que cumplieran la sentencia.

Golpeó el suelo otra vez. No le quedaba nada de aquel jardín. No le quedaba el pájaro, ni la mano de su madre, ni siquiera la rabia limpia que sintió aquel día. Solo le quedaba esto: ser la lanza que rompía lo que había que romper, porque era lo único que sabía hacer que todavía significaba algo.

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Zazz no golpeaba nada. Observaba.

Desde una distancia calculada, sobre los restos de un puente caído, veía a Zahhak saborear el aire como un borracho que repasa la botella vacía, y veía a N8 golpear el suelo como quien intenta enterrar algo que no cabe bajo tierra. Los dos eran útiles. Los dos eran, también, predecibles.

Él no había nacido en una jaula. Había nacido en el bosque, antes de que el mundo se pudriera, con una madre de carne y pelaje y una manada que respetaba el orden natural de las cosas: el más fuerte come primero, el más débil aprende o muere, y el dominio se gana con paciencia, no con fuerza desperdiciada en gritos.




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