Sky City: The Last Descent

Perdiendo la fe

Episodio 19

Perdiendo la fe

Mientras la masacre se desataba en las puertas, arriba la fe sostenía lo que quedaba de cordura.

Siempre había sido eso: una forma elegante de domesticar el miedo. Aquel amanecer, miles de personas la llevaban puesta como una segunda piel.

Las plazas de los niveles residenciales estaban llenas. Familias bajo los jardines suspendidos. Balcones de mármol. Avenidas iluminadas por paneles que todavía insistían en un paraíso intacto. Los niños miraban las pantallas gigantes con esa mezcla de fascinación y obediencia. Los ancianos juntaban las manos como en un templo. Los altavoces difundían himnos suaves. Promesas de continuidad. Palabras pulidas hasta parecer verdaderas.

El Último Descenso.

La Purificación.

El Regreso.

Las repetían en voz baja. Oraciones aprendidas mucho antes de entenderlas.

En la Plaza de la Aguja, bajo una lluvia de luz blanca artificial, la madre de Kaiden permanecía erguida entre las figuras del círculo alto. Vestido ceremonial, tonos marfil: demasiado sobrio para ser humilde, demasiado perfecto para parecer de este mundo. No apartaba los ojos de la transmisión central. Su hijo al frente de la línea. Una figura tallada en disciplina.

Había vivido años para ese momento. Había tomado la muerte del padre, la había vaciado de verdad y la había rellenado de liturgia. Le había enseñado a odiar. A obedecer. A arrodillarse solo ante el deber. Ahora lo veía abajo. Armadura blanca marcada de sangre y hollín. En el umbral, como si hubiera nacido únicamente para sostenerlo.

Se llevó dos dedos a los labios. Murmuró una plegaria al Arquitecto. No pidió por la ciudad.

—No dejes que su voluntad flaquee —susurró—. No ahora.

A su alrededor, la multitud aplaudía cada vez que la pantalla mostraba una embestida contenida, una bestia cayendo, un repliegue. No veían el barro. No olían la sangre. No oían los huesos. Desde arriba, la guerra era ceremonia.

Abajo era un matadero.

A los pies de Sky City, junto a las compuertas abiertas y las estructuras reventadas del descenso, el mundo rugía.

Ceniza. Vapor tóxico. Metal encendido. Las plataformas sueltas soltaban chispas. Cada vibración desprendía concreto de las entrañas de la ciudad varada.

Kaiden y sus seis especiales intentaban sostener la línea entre columnas de humo y escombros humeantes. Los últimos restos de una perfección fabricada. Siete figuras blancas manchadas de negro, sangre y lodo. Frente a ellos ya no había un ejército. Había una voluntad hecha carne.

King avanzaba por el centro. La melena, mojada por la lluvia química, le pegaba al cuello. Cada paso decía lo mismo: no había venido a conquistar. Había venido a destruir lo que una vez lo miró desde arriba y lo llamó bestia.

A su izquierda, Zahhak. Bajo. Escamas. Se arrastraba entre el humo con la paciencia de quien ha tenido demasiado tiempo para pensar el dolor.

Más atrás, N8. Torcido. Enorme. Castigaba el suelo con los brazos como si cada golpe quisiera hundir el mundo un poco más.

Kaiden no los vio como tres enemigos. Los vio como una sola ola.

—¡Formación de cierre!

Los seis —elegidos entre cientos, despojados de todo lo que no sirviera para matar— obedecieron. Dos al frente. Tres en abanico. El último, retaguardia. El arma le temblaba en las manos. Ya no sabía si el espasmo era miedo o lo otro.

King cargó.

No era velocidad. Era lo inevitable puesto en marcha.

El primer impacto le quitó ambos pies al soldado de la izquierda en el mismo segundo. El cuerpo salió por el aire y quedó doblado, en un ángulo imposible, contra una plancha de acero. No gritó.

Kaiden dio un paso antes de que el cadáver tocara el suelo. La hoja contra el cuello del león. King bloqueó con una garra. Chispas.

Detrás, Zahhak mordió a uno de los especiales por la cintura y se llevó casi media parte del torso.

N8 irrumpió por el flanco derecho. La línea perfecta se volvió irregular. Un héroe le abrió fuego a la cara. Las balas lo hicieron retroceder medio paso. N8 lo agarró por la cabeza y lo estrelló contra un blindado destruido. Una mancha roja sobre el metal.

Kaiden seguía peleando. Respirando. Ordenando.

Ya no era táctica. Cada segundo costaba un cuerpo. Cada baja abría un hueco. Cada hueco dejaba entrar más.

Un instante —bloqueando a King, girando sobre el barro para no alcanzar la cola de Zahhak— levantó la vista hacia la mole destrozada que se cernía sobre ellos. Lodo y sangre en los ojos. Quiso creer, un segundo miserable, que aquella carcasa de concreto y acero todavía significaba algo.

En los corredores superiores el mármol aún no estaba manchado. El perfume de los salones nobles todavía ganaba al olor a sangre.

Lady Eiren Vale avanzaba con el paso medido. La respiración, más medida todavía.

Allí no había caos. Luces blancas. Puertas de seguridad abriéndose con suavidad ceremonial. Cámaras biométricas reconociendo los rostros del poder. Debajo de esa apariencia, Eiren sentía la ciudad vibrar con una tensión enferma.

Frente a ella, el corredor de las cápsulas. Galería curva. Una línea azul pálida en el suelo. Las cámaras de transferencia detrás de blindajes traslúcidos. Altares de una religión que llamaba eternidad al robo de un cuerpo.

Eiren sabía que aquellas máquinas no eran su salvación. No estaba allí para escapar. Todavía no. Estaba allí para impedir que al menos una de las otras llegara intacta al otro lado.

La puerta se abrió a su espalda. Susurro magnético.

No se giró de inmediato. Reconoció el perfume: caro, seco, metálico. Lujo oxidado.

—No entiendo qué haces acá —dijo la Duquesa Nyx, en el umbral, vestida de negro pulido.

Eiren se volvió despacio. Las manos de platino de Nyx devolvían la luz. Hermosas. Horribles.

Nyx miró el panel abierto junto a una cápsula. Luego a ella.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.