Fragmentos dispersos
(Parte I)
En el corredor de las cápsulas, Lady Eiren Vale dejó de intentar incorporarse.
No por falta de voluntad. La herida que Nyx le había abierto en el abdomen seguía sangrando bajo la seda. Un dolor sordo. Ya no le daba velocidad. Ya no le daba la claridad que toda su vida había dado por sentada.
El instinto, en cambio, no se apagaba tan fácil. El mismo que la había mantenido viva entre depredadores de guante blanco. Calculó, con el frío de siempre, y llegó a lo único que importaba: una cápsula ya no era una opción.
Herida. Sin cuerpo propio esperándola en el búnker. Nyx agonizando o muerta a unos metros. Llegar allí viva era llegar el tiempo justo para que alguien, con toda cortesía, decidiera que ya no servía. El Mega-Búnker no era refugio para quien no tenía trono reservado. Era una sentencia con paradas programadas.
Quedarse en el Yermo, sola y abierta, era una muerte probable.
Subir a esa cápsula era una muerte segura.
Conocía aquel nivel de la Aguja mejor que los técnicos que lo habían dibujado. Sabía dónde estaban los corredores de servicio. Las salidas que no figuraban en los planos oficiales.
Se arrastró hacia una.
Cada metro le costaba algo que ya no tenía de sobra. Detrás, un rastro rojo sobre el mármol.
Salió por una escotilla lateral, a ras de un jardín colgante ya destrozado, justo cuando la primera gran explosión interna sacudió los cimientos de la Aguja.
La onda la alcanzó antes de que pudiera alejarse.
Aire caliente. Metralla. Un muro. La levantó del suelo y la estrelló contra los restos de una columna decorativa.
Oscuridad. Completa. Sin opinión sobre si seguía respirando.
Cuando la conciencia volvió a medias, estaba al aire libre. Medio cubierta por lo que la explosión había arrancado del jardín. Tierra. Plantas calcinadas. Fragmentos de cristal templado. No alcanzaban a aplastarla. Bastaban para inmovilizarla. La herida del abdomen ardía con cada respiración.
No sabía cuánto había pasado entre un desmayo y el siguiente.
Pasarían horas antes de que alguien la encontrara.
A cierta distancia, en un rincón donde el fuego todavía no había llegado, Marcus se sentó sobre un bloque de concreto partido. Se pasó las manos por el rostro. El hollín le quedó entre los dedos.
Valeria se acomodó a su lado. El silencio no era descanso. Era el tiempo que tarda la cabeza en decidir en qué orden guardar lo que acaba de ver.
—¿Era ella? —preguntó Valeria.
Marcus no respondió enseguida.
—La llamé Hazel —dijo—. Algo en los ojos… no sé. No hubo reconocimiento. Nada.
—Han pasado diez años, Marcus.
—Diez años y ni una arruga. Ni una cicatriz vieja. Nada de lo que uno espera en un cuerpo que ha estado vivo una década en esto.
Valeria miró el fuego lejano.
—La última vez que hablaste de ella fue hace mucho. Nunca me contaste del todo qué pasó esa noche en el motel. Solo que la perdiste.
—La perdí porque decidí que sabría cuidarse sola —dijo él, más bajo de lo que quería—. Me dio información. Un lugar. Tiempo. Después, silencio. Nadie volvió a saber de Hazel Kensington. Asumí que estaba muerta. Como asumí tantas otras cosas. Preguntar sale más caro.
—¿Y si es ella?
—Entonces alguien le hizo algo. —Por primera vez en la conversación, la rabia le cruzó la cara—. Algo que no debería ser posible. Quiero saber qué. Y quién.
Ninguno dijo el nombre. Los dos lo tenían: Alistair Kensington. El padre. El hombre que había trabajado —sin haberlo sabido del todo— para la misma gente que le asesinó a la hija.
—Vamos a averiguarlo —dijo Valeria, poniéndose en pie—. Primero hay que asegurarnos de que sigue viva.
El Escuadrón Mutilado avanzaba entre los escombros humeantes. Barrían. Remataban cualquier bestia que todavía se moviera en la ceniza. Marcus al frente. Boris, a pocos pasos, con el cuerpo inerte envuelto en una lona.
De las sombras de un muro derrumbado salió Malik. Manos vacías. A la vista. Kaiser lo seguía, a medias en la penumbra. Gruñó. Malik lo calló con un gesto.
—Ustedes pelearon con las armas grandes —dijo, ronco del humo—. Buscamos a la mujer de nuestra caravana.
Marcus bajó el cañón unos centímetros. Lo midió.
—Tienen valor para acercarse en medio de esto.
—Yo no lo habría hecho —admitió Malik—. Tengo dos niños que llevan horas comiéndose por dentro. Vine por ellos. Necesitábamos saber si seguía viva.
Marcus miró a Valeria. Luego volvió a Malik. Señaló con la barbilla hacia Boris.
—Tenemos a esta. Me es familiar. Se ve como un fantasma de otra época. ¿Qué puedes decirme?
Algo se le suavizó a Malik al reconocer el bulto. Gratitud. Un cansancio viejo.
—Cora —dijo—. Así la llamamos. Las letras de la ropa. C.O.R.E. No tenía otro nombre.
Marcus lo cortó. Mandíbula tensa.
—Lo que necesito es qué decía. Si oíste algo de ella. Del pasado.
Malik negó despacio.
—Al principio ni hablaba. Cuando empezó, no tenía historia que contar. Apareció en una masacre y sacó a dos niños de una manada de hienas con las manos. Sin memoria. Sin origen. —Se quedó un segundo en las brasas cercanas—. Apenas come. Apenas bebe. Descansa de otra manera. Vimos cómo detenía el golpe de un gorila y lo mandaba lejos de un puño, sin que le sangrara la nariz. Y aun así… —midió las palabras—. Cuando perdíamos a alguien, se le notaba. Se volvía más fría. Más agresiva. Se quedaba mirando las manos como si no fueran suyas. Nunca conocí a nadie tan fuerte y tan perdido al mismo tiempo. A veces se paraba en seco. Miraba algo que el resto no veía. Volvía. Nunca dijo qué le había pasado por la cabeza.
Marcus cerró los ojos un instante.
Alistair había puesto la mano ahí. De alguna forma que no cerraba. Si aquella mujer era Hazel, él no sabía cuánto de la teniente que conoció seguía adentro.
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Editado: 20.09.2026