Sky City: The Last Descent

Fragmentos dispersos (Parte II)

Episodio 22

Fragmentos dispersos

(Parte II)

Kenjiro se detuvo cuando el humo a su espalda dejó de sentirse tan cerca.

Las piernas ya no respondían del todo. Silas seguía en sus brazos: más liviano de lo que un niño debería ser, respirando en jadeos cortos contra el pecho.

Se dejó caer de rodillas junto a una pared medio derrumbada. Con cuidado. Para no golpear al chico contra el suelo. Solo entonces permitió que el cuerpo le informara de lo que había ignorado.

El dolor llegó de golpe. Como si hubiera estado esperando permiso.

Se llevó una mano al costado. La retiró oscura. No era el corte limpio de una garra. Era un desgarro irregular: hondo en unos puntos, superficial en otros. Lo que deja un animal cuando falla el golpe principal por muy poco.

Zahhak había estado a un centímetro.

Cuando Kenjiro ya se giraba con Silas en brazos, la bestia mutilada lanzó el último zarpazo con la única garra que le quedaba. El samurái lo sintió llegar. Décadas de oficio. Torció el cuerpo lo justo. El golpe le abrió un surco en el costado en lugar de partirle la columna.

Un centímetro más adentro y no habría llegado a contarlo.

Rasgó una tira de la túnica. La apretó contra la herida. Los dientes trabados. No era la primera vez que el cuerpo pagaba por alguien más pequeño. Si el Yermo se lo permitía, no sería la última.

Silas tenía los ojos entreabiertos. Fijos en un punto que no pertenecía a ese terreno. Todavía entre el golpe del combate y el peso de haber vuelto a sentir algo después de tanto vacío deliberado.

—Vas a estar bien —murmuró Kenjiro.

No supo si se lo decía al niño o a sí mismo.

Se quedaron así. Los dos rotos de distinta manera. El cielo a sus espaldas seguía ardiendo. El Yermo, una vez más, cobraba su parte de cualquier cosa que se pareciera a una victoria.

En lo alto de un edificio a medio caer, lejos ya del corazón de la batalla, King se dejó caer sobre una losa. El gruñido no intentó disimularse.

Zazz llegó después. Cojeando. La cuenca vacía del ojo izquierdo sangraba en hilos oscuros.

Zahhak fue el último. Arrastraba el muñón contra el pecho. Un rastro rojo sobre el polvo.

Nadie habló un rato largo.

El fuego de Sky City iluminaba el horizonte. Una herida que no daba señales de cerrarse.

King rompió el silencio. La voz cargada de un cansancio que rara vez se permitía.

—Vivos —dijo—. Eso es más de lo que muchos pueden decir esta noche.

Zazz soltó un siseo que quiso ser risa y terminó en mueca.

Zahhak, ronco:

—Tiempo. Ninguno está para perseguir nada.

King asintió. Admitirlo no era debilidad. Era la lógica que lo había mantenido vivo desde la jaula. Un depredador herido que caza igual termina siendo cazado.

—Vimos huir a un grupo antes de que la ciudad terminara de caer. —Miró el horizonte. Las estelas se habían perdido horas atrás—. No sé quiénes eran. No me importa. Había humanos ahí. Algunos salieron. La plaga sigue viva. Huyendo. Como siempre.

Se incorporó. El dolor no lo detuvo. Quedó de pie sobre la losa.

—Eso no cambia la misión. Nunca lo hará.

Zazz levantó la cabeza. El ojo que le quedaba, en King.

Quién iba a ir detrás, si apenas se sostenían.

King calculó. Un silencio.

—N8.

Un rugido sordo contestó desde las sombras. El gorila había permanecido apartado, curándose con una paciencia que no correspondía a su tamaño. Tampoco estaba entero. Era el que menos había perdido esa noche.

N8 se puso en pie. Un puño al pecho.

—Reúne a los que puedan caminar. Sigue el rastro. Que no se enfríe.

El gorila asintió una vez. Desapareció entre las ruinas. El cansancio se le veía en el peso de cada paso.

King se volvió a los que esperaban en la sombra.

—El resto barra lo que queda. Rezagados. Heridos. Los que se creyeron a salvo por sobrevivir a la caída. Ningún humano con vida. Ese sigue siendo el mandato. Da igual cuántas veces haya que repetirlo.

La manada se dispersó. Grupos pequeños. Cada uno con su herida. Hacia un propósito que ni King sabía cuánto más iba a tardar.

En algún punto del Yermo, lejos ya del fuego y del ruido, algo que ya no tenía nombre propio abrió los ojos por primera vez desde que dejó de ser Kaiden.

No hubo pensamiento.

Tierra calcinada bajo un cuerpo que no reconocía. Un cielo de humo que no significaba nada. Un silencio que el propio pecho rompía con una respiración demasiado honda, demasiado lenta, para ser de un hombre.

Se incorporó sobre las cuatro extremidades antes de intentar las dos.

El mundo le llegaba en fragmentos. Sin orden. El olor a sangre seca en el pelaje. El sabor a metal en la boca. El peso de unos músculos nuevos que respondían a órdenes que no recordaba haber dado.

No había preguntas. Las preguntas necesitan un yo. Lo que quedaba de Kaiden era instinto envuelto en una piel que no figuraba en ningún catálogo humano.

Caminó. Sin rumbo. Sin huir de nada. Quedarse quieto no era una opción que el cuerpo nuevo pareciera capaz de sostener.

Los primeros que se cruzaron no tuvieron tiempo de entender qué los mataba.

Un soldado herido, arrastrándose lejos del campo, alzó la vista. Una sombra enorme recortada contra el incendio. Después, nada.

Una hiena rezagada, siguiendo un rastro de sangre humana, encontró algo más grande y más hambriento que ella.

Ninguna de las dos muertes significó nada. No había victoria. No había hambre saciada. Solo movimiento.

El Yermo absorbió a su criatura más nueva sin hacer preguntas.

En algún rincón mínimo de esa mente todavía dormía un eco. El tiempo, tal vez, lo reavivaría.

Esa noche, en el páramo recién nacido de las cenizas de Sky City, solo caminaba la bestia.

A tres kilómetros del infierno que ellos mismos habían encendido, las ocho cápsulas tocaron tierra.




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