Slasherverso

Capitulo 3

Mara se despidió con un leve gesto y se alejó caminando hacia el sendero que llevaba al lago, su silueta difuminándose entre la oscuridad y la luz de los faroles. Antonio se quedó unos segundos observándola, antes de girar y dirigirse hacia la casa.

Al entrar, el silencio lo envolvió de inmediato. Caro estaba sentada en el sillón del living, con una cerveza apoyada en la mano, los ojos fijos en la botella como si buscara respuestas en su espuma. La luz amarilla de la lámpara apenas iluminaba su rostro, y el resto de la habitación se disolvía en sombras.

—Hola —dijo Antonio, intentando romper la tensión, aunque su voz sonó extrañamente débil en el aire quieto.

Caro levantó la mirada, pero no dijo nada. Solo un movimiento sutil con la cabeza, y volvió a mirar la cerveza, como si su silencio hablara más que cualquier palabra.

Antonio respiró hondo y se acercó, sentándose a una distancia prudente, respetando ese muro invisible que Caro había levantado entre ellos. El único sonido era el leve burbujeo de la cerveza y el tic-tac de un reloj que parecía demasiado fuerte en la calma de la casa.

Se quedaron así, en silencio, observándose sin necesidad de hablar. Cada gesto, cada parpadeo, parecía cargado de significado. Antonio sentía el peso de la mirada de Caro, y ella, a su vez, no podía evitar notar la mezcla de preocupación y algo más en los ojos de él.

El tiempo se estiró, pesado, y el silencio se volvió casi un personaje más, presionando el aire hasta que ambos comenzaron a sentirse incómodos y conscientes de cada respiración, cada movimiento. La noche afuera seguía viva, con su misterio y su amenaza, pero dentro de la casa, el peligro era otro: la tensión que crecía entre ellos, silenciosa pero cortante.

El silencio entre Antonio y Caro se había vuelto casi insoportable, cada segundo pesando más que el anterior. Antonio abría la boca para decir algo, pero las palabras no salían; Caro lo miraba de reojo, la cerveza temblando ligeramente en su mano.

De pronto, la puerta del living se abrió de golpe y Lucas entró, con una risa alta y contagiosa, seguido de Ezequiel, que todavía sostenía un paquete de cartas.

—¡Ey, che! —dijo Lucas, dejando caer un par de botellas sobre la mesa—. ¡Acá seguimos! —su voz rompió el aire pesado, y el silencio se evaporó de inmediato.

Antonio y Caro se sobresaltaron, y los ojos de ella se entrecerraron, mezclando celos y frustración. Antonio soltó un suspiro resignado, mientras Ezequiel ya había empezado a repartir cartas sobre la mesa improvisada del living.

—Bueno, basta de estar sentados mirando el techo —dijo Ezequiel, con tono burlón—. Vamos a seguir la noche jugando un rato.

Lucas se dejó caer en un sillón cercano, dejando que el bullicio y la risa invadieran la habitación. Caro rodó los ojos, cruzando los brazos, mientras Antonio observaba, atrapado entre la incomodidad de la cercanía que había tenido con Mara y la energía despreocupada de sus amigos.

El sonido de las cartas barajándose y las risas de Lucas y Ezequiel llenaron el espacio, y por un momento, la tensión emocional se diluyó. Pero el silencio del patio, la oscuridad del lago y la amenaza invisible que acechaba afuera seguían ahí, esperando pacientemente.

Antonio estaba concentrado en las cartas, intentando adivinar qué tenía Ezequiel, cuando de repente un sonido cortó la risa y el murmullo del living: el teléfono de la casa. Su timbre, estridente y solitario en medio de la noche, hizo que todos se giraran.

—Debe ser otra broma —dijo Lucas, encogiéndose de hombros, pero Antonio ya se había levantado.

Caminó hacia el aparato, cada paso resonando en la madera del piso, y levantó el auricular.

—¿Hola? —preguntó, con la voz un poco tensa.

Al otro lado del teléfono, primero hubo un silencio, y luego un llanto suave, casi infantil. Un bebé llorando, pero con un tono extraño, lastimero, que parecía llenar la habitación con un aire pesado y frío. Antonio sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.

—¿Quién…? —empezó a decir, pero el llanto se intensificó, desgarrador y desesperado. Algo en él le hizo sentir que no era un bebé normal, que esa voz arrastraba algo más.

Sin pensarlo demasiado, colgó el teléfono de golpe. El timbre dejó de sonar, y el llanto se desvaneció, pero el eco de la sensación quedó. Antonio respiró hondo, tratando de calmar el nudo en su pecho, mientras miraba a los demás: Lucas y Ezequiel seguían jugando, ajenos al escalofrío que recorría el living.

Caro, a su lado, levantó la mirada, percibiendo el cambio en la atmósfera: la risa y la música ya no parecían suficientes para disipar la sensación de que algo extraño, algo fuera de lugar, había comenzado a infiltrarse en la noche.

Antonio volvió a sentarse, pero sus ojos seguían fijos en el teléfono, y un pensamiento no deseado le recorrió la mente: no estaba seguro de querer escuchar quién llamaría la próxima vez.

Caro suspiró, dejando la cerveza sobre la mesa, y se levantó:

—Bueno, yo me voy a acostar —dijo, con un gesto que combinaba cansancio y desdén—. No quiero seguir escuchando estos chistes horribles.

Antonio y Ezequiel se quedaron solos, y el aire del living cambió. La risa nerviosa de Lucas se desvanecía mientras Caro se alejaba, dejando espacio para que los dos chicos se sumergieran en su propio juego.



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En el texto hay: terror, gore, terror gore

Editado: 14.11.2025

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