Slasherverso

Capitulo 4

Antonio se acomodó en el sillón, tratando de calmar los nervios que lo recorrían desde la llamada anterior. Cada crujido de la madera, cada sombra proyectada por la luz del farol le parecía demasiado intenso.

De repente, un ruido lo sobresaltó: algo golpeaba suavemente la puerta de entrada, un sonido rítmico, insistente, que no encajaba con el ambiente tranquilo del salón. Su corazón se aceleró y, con cuidado, se levantó.

Se acercó a la puerta, respirando hondo, y giró el picaporte con manos temblorosas. Lo que encontró lo dejó helado: un pequeño juguete de bebé, tirado en el umbral, con los ojos de plástico mirando fijamente hacia él. El eco del llanto que había escuchado por teléfono parecía resonar en su cabeza, mezclándose con el silencio de la casa.

Antonio retrocedió un paso, con la garganta seca, y cerró la puerta de golpe. El golpe resonó por toda la casa, como un grito que anunciaba peligro. Apoyó la espalda contra la puerta, intentando recuperar el aire, mientras un escalofrío le recorría la columna.

El sillón, la luz cálida del living, incluso las risas lejanas que todavía llegaban del patio, ya no le parecían seguros. Todo parecía cargado de sombras y de presencias invisibles, y Antonio sabía, con una certeza fría, que aquella noche apenas estaba comenzando.

El silencio pesado del living se rompió con un crujido de la puerta que daba al pasillo. Antonio giró la cabeza y vio a Caro, en pijama, con los ojos entrecerrados por el sueño y las luces del farol reflejándose en su rostro.

—¿Caro? —preguntó Antonio, sorprendido—. ¿Estás bien?

Ella se encogió de hombros, intentando esbozar una sonrisa, pero Antonio percibió la preocupación detrás de sus ojos.

—Sí… sólo me desperté y escuché ruidos —dijo, y dio unos pasos hacia él.

Antonio respiró hondo, y por primera vez sintió que podía confiar en alguien en medio de aquella noche extraña. Se pasó una mano por el rostro y decidió hablar, aunque el nudo en el pecho no lo dejaba completamente tranquilo.

—Caro… —empezó, con voz baja—. Hay algo raro pasando… No es sólo la fiesta, ni los llantos del teléfono… —hizo una pausa, mirando hacia la puerta de entrada que todavía estaba cerrada de golpe—. Esto tiene que ver con lo que pasó aquella Navidad, el año pasado.

Caro lo miró con atención, sentándose a su lado, dejando la taza de té que había traído en el borde de la mesa.

—¿Qué pasó, Antonio? —preguntó, con un hilo de voz, consciente de que algo más grande y oscuro se estaba revelando.

Antonio bajó la mirada, como si estuviera reviviendo los recuerdos que todavía le dolían.

—Esa noche… algo pasó en el pueblo. Algo que nadie entendió del todo. Y ahora… siento que está volviendo. Lo que está pasando hoy, con los llantos, con el juguete, con todo… no es casualidad. —Su voz temblaba ligeramente—. Lo siento, Caro… sé que esto se va a complicar.

Caro no dijo nada. Simplemente lo miró, con los ojos grandes y atentos, entendiendo que la noche apenas estaba mostrando su verdadero rostro, y que lo que venía después podía ser mucho peor de lo que cualquiera imaginaba.

Antonio se pasó una mano por la frente, como si el solo hecho de recordar lo hiciera sentir un peso insoportable. Caro lo miraba, sentada cerca, con los ojos abiertos y fijos en él, notando que algo grave se avecinaba.

—Caro… tengo que contarte lo que pasó esa Navidad —empezó, con voz baja—. Fue hace años, cuando todavía vivía en el pueblo. Esa noche… yo estaba trabajando como niñero de una familia. Tenía que cuidar al bebé mientras los padres iban a una fiesta.

Caro tragó saliva, inquieta, pero dejó que él continuara.

—Al principio todo parecía normal —dijo Antonio, mirando al suelo, como si las sombras del living quisieran tragárselo—. Pero alguien empezó a llamar al timbre de la casa. Primero pensé que era un error… alguien que se había equivocado de casa. Pero las llamadas no paraban. Una, otra, otra… cada vez más insistentes, cada vez más cercanas.

Respiró hondo, intentando mantener la calma mientras las palabras le pesaban en la garganta.

—Después de un rato… nos dimos cuenta de que alguien había entrado. La puerta estaba forzada. Y… —su voz se quebró un instante—. Y ese desconocido… mató al bebé que estaba cuidando. Nadie lo encontró. Nunca. —Antonio bajó la mirada, temblando levemente—. La policía no dejó rastro, ni explicación, nada. Desde esa noche… algo me persigue.

Caro quedó muda, sin saber qué decir. El aire en la habitación se volvió denso, pesado, como si el miedo de Antonio se hubiera filtrado a cada rincón del living.

—Y ahora… —continuó Antonio, más para sí mismo que para ella—. Todo esto, con los llantos del teléfono, el juguete en la puerta… siento que está volviendo. Que lo que pasó aquella Navidad no quedó atrás. Que esa noche está aquí otra vez.

Caro se acercó y le puso una mano sobre el brazo, suave, tratando de calmarlo, pero el escalofrío que recorría la casa era imposible de ignorar.

—Antonio… —dijo, con un hilo de voz—. Tenemos que tener cuidado. Algo… alguien está jugando con nosotros.

Él asintió, consciente de que la noche apenas comenzaba, y que lo que había vivido aquella Navidad era solo el primer aviso de algo mucho más oscuro y despiadado que acechaba en las sombras.



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En el texto hay: terror, gore, terror gore

Editado: 14.11.2025

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