Soberanía y Silencio

Prólogo

—Adelaide, no te muevas. El peine podría engancharse en el encaje del tocado y no tenemos tiempo para errores —la voz de Sofía era tan fría como el Ciclo de Escarcha que golpeaba los ventanales del castillo.

​Me miré en el espejo de plata empañada. Sofía movía las manos con una precisión mecánica, trenzando mi cabello oscuro mientras el corsé de metal oprimía mis costillas, recordándome que en este reino, respirar era un privilegio y el silencio, nuestra mejor arma.

​—Tienes que hacerlo todo perfecto —continuó ella, encontrando mi mirada a través del reflejo—. Esta noche no eres mi hija; eres la moneda de cambio de los Ravenel. De ti depende que nuestra dinastía no caiga en la ruina.

​—Solo tengo dieciocho años, Sofía —respondí en un susurro, sintiendo el peso de las joyas en mi cuello—. No quiero buscar marido. Ni hoy, ni en este ciclo.

​Sofía soltó un suspiro impaciente y apretó una de las horquillas con fuerza innecesaria.

​—A esta edad es cuando se debuta, Adelaide. No seas egoísta. Tus hermanas tienen quince y dieciséis años; son demasiado jóvenes para cargar con este peso. Yo he dedicado cada vela de mi vida a criarte para este momento. Has nacido para mantener a esta familia en lo más alto, y hoy el Rey Caspian Blackwood pondrá precio a tu presencia.

​Me enderecé, sintiendo el frío del metal contra mi piel. Sofía no pedía mi opinión, dictaba mi destino.

​—Mírate —ordenó ella, obligándome a observar la figura imponente en la que me había convertido—. Eres una Ravenel. Que tu soberanía empiece con tu silencio.

Las puertas de la alcoba se abrieron de par en par, dejando entrar una ráfaga de aire helado y el sonido de risas nerviosas. Mis hermanas, Elara y Bianca, entraron casi corriendo, deteniéndose en seco al verme bajo la luz de las velas azules.

​—Estás… increíble, Adelaide —susurró Bianca, la de quince años, acercándose con timidez para tocar la seda verde de mi falda—. Pareces una reina de las leyendas del Ciclo de Escarcha.

​—Más que una reina, parece una fortaleza —intervino Elara, de dieciséis, con una chispa de envidia y admiración en los ojos—. Ese corsé de plata brilla tanto que dejaría ciego al mismísimo Caspian Blackwood. Estás hermosa, hermana.

​Sofía dejó el peine sobre el tocador de piedra y se giró hacia ellas con un gesto severo, cortando el entusiasmo de un tajo.

​—La belleza no paga las deudas, niñas. La disciplina sí —sentenció Sofía, colocando sus manos sobre mis hombros, apretando el metal contra mi piel—. Adelaide no va a lucirse; va a salvar lo que queda de nuestro apellido. Miradla bien, porque pronto una de vosotras ocupará su lugar si ella falla.

​El silencio volvió a reinar en la habitación. Mis hermanas bajaron la mirada, intimidadas por la frialdad de Sofía, mientras yo seguía atrapada en mi propio reflejo. Debajo de toda esa pedrería y el armazón de hierro, apenas podía reconocer a la chica de dieciocho años que solo quería un ciclo más de libertad.

​—Es hora —dijo Sofía, dándome un último retoque al velo—. Las barcazas ya esperan en los canales. No olvides quién eres, Adelaide Ravenel.

​Caminé hacia la salida, escuchando el eco de mis propios pasos sobre la alfombra de piel de lobo, sintiendo el peso de los Soberanos que mi familia esperaba que yo trajera de vuelta.

El frío del canal golpeaba mi rostro mientras la barcaza de madera oscura se deslizaba hacia la Ciudadela de Hierro. Sofía iba sentada frente a mí, rígida, con la mirada fija en las torres que se alzaban como lanzas hacia el cielo del Ciclo de Escarcha. Mis hermanas guardaban un silencio sepulcral, intimidadas por la magnitud de la fortaleza de los Blackwood.

​Al desembarcar, el sonido de mis botas contra la piedra negra retumbó en el vestíbulo. Los guardias, vestidos con armaduras opacas, nos guiaron hacia el Gran Salón. Al abrirse las puertas dobles, el calor de las chimeneas y el olor a cera de abeja negra me envolvieron, pero lo que realmente me detuvo el corazón fue la figura al fondo del salón.

​Allí, sobre un trono que parecía tallado en la misma roca de la montaña, estaba él.

Caspian Blackwood.

​Llevaba el Negro Ópalo con una arrogancia natural, una oscuridad que absorbía la luz de las lámparas de gas azul. Su mirada, afilada y distante, recorría a las damiselas que ya llenaban el salón como si estuviera tasando mercancía en un puerto.

​—No bajes la cabeza, Adelaide —susurró Sofía a mi espalda, dándome un leve empujón—. Camina como si este suelo te perteneciera.

​Avancé por el pasillo central. El tintineo de mi corsé de plata era lo único que rompía el murmullo de la corte. Cuando estuve a pocos metros del estrado, Caspian desvió su atención de un pergamino y clavó sus ojos en los míos. El aire se volvió pesado. No había calidez en su expresión, solo una curiosidad fría y calculadora.

​Él se puso en pie lentamente. Era más alto de lo que imaginaba, y su sola presencia hacía que el inmenso salón pareciera pequeño. Bajó el primer escalón del trono y extendió una mano enguantada en seda negra hacia mí.

​Era el inicio de la Novena Vela. La Danza de las Sombras estaba por comenzar y, según la ley, yo no podía pronunciar ni una sola palabra.

​Caspian se inclinó ligeramente, su rostro quedando a escasos centímetros del mío. Su perfume olía a pino y a metal antiguo.

​—Ravenel —murmuró él, con una voz profunda que vibró en mis huesos—. He estado esperando a que el mercado trajera algo que valiera mi oro.




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