48 velas antes
El frío del Ciclo de Escarcha ya empezaba a morder, pero en los límites de las tierras Ravenel, el aire todavía olía a hojas húmedas y a libertad. Estaba agachada entre los matorrales de bayas de invierno, con los dedos manchados de un color púrpura profundo que ninguna seda de la Ciudadela podría imitar. No llevaba el corsé de plata, ni las joyas pesadas, ni el velo que ocultaba mi mirada. Solo una túnica de lana gruesa y el cabello recogido en una trenza desecha que se escapaba por mi nuca.
A lo lejos, la Ciudadela de Hierro se alzaba como un colmillo negro contra el cielo de plomo. Sabía que en cuarenta y ocho velas, mi nombre dejaría de pertenecerme para ser subastado. Pero hoy, mientras el jugo de las frutas se secaba en mi piel, yo no era una mercancía.
—Te vas a manchar el vestido, pequeñaja. Y si Sofía te ve, nos colgará a los dos de las almenas por puro deporte.
Me giré con una sonrisa, la primera de verdad en muchos ciclos. Mi padre, Hairo Ravenel, estaba apoyado contra un roble antiguo, con su capa de viaje desgastada y esa mirada cansada pero cálida que solo reservaba para mí. A diferencia de Sofía, que veía en mí un contrato de oro, mi padre veía a la niña que solía trepar a estos mismos árboles para escapar de las lecciones de etiqueta.
—Sofía está demasiado ocupada contando las monedas que espera que Caspian Blackwood ponga en nuestra mesa como para venir hasta aquí, papá —respondí, poniéndome de pie y ofreciéndole una de las bayas—. Además, este vestido ya ha visto mejores días.
Hairo aceptó la fruta y se sentó en una roca plana, invitándome a hacer lo mismo. Nos quedamos en silencio un momento, escuchando el viento silbar entre las ramas desnudas. En esta familia, el silencio con Sofía era una herramienta de guerra, pero con mi padre, era un refugio.
—Me duele que seas tú la que tenga que ir primero al mercado —dijo él de repente, su voz cargada de un pesar que intentaba ocultar—. Elara y Bianca todavía juegan con muñecas de trapo, pero tú… tú siempre tuviste ese fuego que la Ciudadela intenta apagar con su hielo.
—Es mi deber, ¿no? —le dije, aunque el nudo en mi garganta decía lo contrario—. Soy la mayor. Los Ravenel necesitan que el Rey ponga sus ojos en nosotros para que las minas vuelvan a producir y los telares no se detengan. Si yo no voy, las niñas tendrán que hacerlo antes de tiempo.
Mi padre me tomó la mano. Sus palmas estaban callosas, llenas de las cicatrices de un hombre que amaba su tierra más que los títulos.
—Caspian Blackwood es un hombre difícil, Adelaide. Es acero por fuera y sombra por dentro. No dejes que te arrebate quién eres cuando cruces esas puertas. Prométeme que, aunque lleves ese corsé de metal, tu corazón seguirá perteneciendo a estos campos.
Me recosté en su hombro, sintiendo el olor a tabaco y cuero de su chaqueta. Pasamos horas ahí, hablando de cosas triviales: de cómo la cosecha de este ciclo había sido escasa, de las travesuras de mis hermanas y de los viejos mapas que él guardaba en su estudio. Fue una tarde de humanidad pura, lejos de los protocolos de la Novena Vela y las barcazas de lujo.
Pero el sol empezó a descender, marcando la undécima vela. El cielo se tiñó de un violeta oscuro, casi del mismo color que mis dedos manchados.
—Es hora de volver —susurró mi padre, ayudándome a levantar la cesta llena de frutas—. Sofía ya debe estar preparando las sales de baño y los aceites.
Caminamos de regreso a la mansión Ravenel, una estructura de piedra gris que se sentía más como una prisión que como un hogar. Al cruzar el umbral del jardín, vi a Sofía en el balcón superior. Su silueta era rígida, una estatua de perfección y exigencia. Sus ojos se clavaron en mis manos manchadas y en mi cabello revuelto.
No dijo nada, pero su mirada fue suficiente para recordarme que el tiempo de las frutas y los abrazos de mi padre había terminado. La cuenta regresiva para el baile de sombras había comenzado.
Caminamos por los pasillos de piedra de la mansión Ravenel, que se sentían más fríos a medida que nos acercábamos a las estancias principales. Mi padre, Hairo, se detuvo frente a la puerta de su estudio privado, un refugio lleno de mapas antiguos y el olor a tabaco que Sofía tanto detestaba. Me hizo una seña para que entrara.
Una vez que la pesada puerta de roble se cerró, el silencio cambió. Ya no era el silencio de la naturaleza, sino uno cargado de verdades que dolían. Él se acercó a la chimenea, pero no la encendió; se quedó mirando las cenizas frías antes de girarse hacia mí. Sus ojos estaban empañados.
—Adelaide… mi pequeña luz —susurró, y su voz se quebró, rompiéndome el alma en el acto.
Se acercó y me tomó el rostro con sus manos callosas, como si fuera de cristal fino.
—Después de casarme con Sofía, los médicos de la Ciudadela fueron crueles. Nos dijeron que el linaje Ravenel moriría con nosotros, que ella no podía engendrar. Pasamos ciclos de sombra, de silencio, viendo cómo nuestro apellido se desvanecía en la boca de los demás —suspiró, y una lágrima solitaria surcó su mejilla—. Y entonces llegaste tú. Contra todo pronóstico, contra toda lógica de este reino de hielo. Fuiste mi sueño más anhelado, Adelaide. Mi milagro.
Yo sentí un nudo en la garganta que apenas me dejaba respirar. En ese momento no era la futura moneda de cambio del Rey; era simplemente su hija.
—Recuerdo la primera vela de tu nacimiento —continuó él, con una sonrisa triste—. El Ciclo de Escarcha era el más crudo en décadas, pero cuando te sostuve, el frío dejó de importar. Te prometí que te protegería de todo, que nunca dejaría que este mundo te devorara. Y mírame ahora… dejándote marchar a esa boca de lobo que es la Ciudadela de Hierro.
—Papá, no es tu culpa —dije, tomando sus manos y apretándolas—. Es el destino del apellido.
—¡No! —exclamó él con una amargura que rara vez mostraba—. Es la ambición de este reino. Me destroza saber que te he criado para que seas libre en estos campos, solo para verte encadenada a un corsé de plata y a la voluntad de un hombre como Caspian Blackwood. Siento que te estoy fallando, pequeña. Siento que estoy entregando mi luz a las sombras.