La Danza de las Sombras
El aroma a bayas silvestres y el calor del abrazo de mi padre se evaporaron, reemplazados por el olor metálico del gas azul y el perfume embriagador de Caspian Blackwood.
Mi mano seguía suspendida en el aire, a escasos centímetros de la suya. Sus dedos, largos y envueltos en seda negra, esperaban con una paciencia que resultaba aterradora. El salón estaba en un silencio absoluto; cientos de ojos de la corte estaban clavados en nosotros, tasando el valor de cada uno de mis movimientos. El corsé de plata me apretaba tanto que cada bocanada de aire era una pequeña victoria contra el metal.
—Ravenel —repitió él, con esa voz que parecía vibrar en las losas de piedra del suelo—. He estado esperando a que el mercado trajera algo que valiera mi oro.
Sus ojos, oscuros y calculadores, bajaron un segundo hacia mi escote y luego volvieron a mi rostro, buscando una grieta en mi armadura de etiqueta. En ese momento, recordé la estrellita de plata guardada en mi cajita de madera, lejos de aquí. Esa estrella era mi verdad; este vestido era mi mentira.
Alcé la mano con una lentitud deliberada, dejando que el roce de mis guantes de seda verde encontrara su palma. En cuanto mis dedos tocaron los suyos, una descarga de frialdad recorrió mi brazo. No era el frío del clima, era el frío del poder absoluto.
Caspian cerró los dedos sobre los míos con una firmeza que no admitía réplica. Me atrajo hacia él, obligándome a dar un paso que nos dejó a una distancia peligrosa. Podía ver el reflejo de las lámparas en sus pupilas.
—No tiembles, Adelaide —murmuró, tan bajo que solo yo pude escucharlo—. El miedo devalúa el precio, y tu madre me ha asegurado que eres la joya más costosa de este Ciclo.
Me erguí, apretando los dientes detrás de una sonrisa ensayada. Si él quería una joya, le daría una de diamante: hermosa, pero capaz de cortar la piel si se descuidaba.
—No es miedo, Majestad —respondí, rompiendo el protocolo del silencio por pura rebeldía, aunque mi voz apenas fue un hilo—. Es anticipación.
Una chispa de algo parecido a la sorpresa, o quizás al entretenimiento, cruzó su rostro de mármol. Caspian hizo una señal a los músicos y, al primer acorde de los violines, me arrastró hacia el centro de la pista.
La Danza de las Sombras había comenzado.
Caspian me arrastró hacia el centro de la pista con una fuerza controlada que no admitía réplica. El primer acorde de los violines resonó en el Gran Salón, un sonido agudo y melancólico que marcó el inicio de la Danza de las Sombras. Cientos de parejas se unieron a nosotros, creando un mar de sedas y metales que giraba bajo la luz azul de las lámparas de gas.
Pero para mí, el mundo se había reducido a la figura imponente que me sostenía con una posesividad aterradora. Su mano izquierda estaba en mi cintura, apretando el corsé de plata con una firmeza que me obligaba a mantener la espalda tan recta que mis costillas protestaban. Mi mano derecha estaba prisionera en la suya, y cada roce de su seda negra contra mis guantes de encaje me hacía temblar internamente.
—Me has sorprendido, Ravenel —murmuró él, con esa voz profunda que parecía vibrar en mi pecho, mientras me guiaba en un giro rápido que me dejó sin aliento—. No esperaba que una joya de mercado tuviera el coraje de romper el silencio frente al Rey.
Mantuve mi mirada clavada en la suya, sin pestañear, sin dejar que el miedo se reflejara en mis pupilas. Sofía me había enseñado que el silencio era una herramienta de guerra, pero yo había aprendido que, a veces, una palabra dicha a tiempo era una daga más afilada que cualquier acero.
—A veces, Majestad, el silencio es malinterpretado como sumisión —respondí, con un tono desafiante que hizo que la corte más cercana contuviera el aliento—. Y los Ravenel no somos sumisos.
Caspian esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos, una sonrisa que era más una mueca de entretenimiento depredador. Me inclinó hacia atrás con una elegancia que me hizo sentir que flotaba, para luego atraerme de nuevo hacia él con un tirón brusco que nos dejó a escasos centímetros.
—Sumisos no, quizás —susurró, con su aliento frío rozando mi oído—. Pero sí costosos. Tu madre ha puesto un precio muy alto a tu presencia aquí. He estado tasando tus movimientos, Adelaide. Tu forma de caminar, de sostener la cabeza, de mirarme… Eres perfecta en tu mentira de etiqueta.
—No es una mentira, Majestad —dije, sintiendo la rabia hervir en mi sangre—. Es mi armadura. Y si mi precio es alto, es porque lo valgo. No soy una mercancía que se pueda tasar con un simple vistazo.
—¿Ah, no? —me desafió él, con una chispa de picardía en sus ojos oscuros—. ¿Y qué eres, entonces, Adelaide Ravenel? ¿Una guerrera atrapada en seda? ¿Una rebelde que sueña con escapar de este reino de hielo?
Caspian me hizo girar de nuevo, un movimiento rápido y mareado que me dejó cara a cara con la corte, con Sofía observándome con una mirada de hielo que prometía castigo si cometía un error. Pero yo no veía a mi madre, ni a la corte, ni el lujo frío de la Ciudadela. Solo veía a Caspian Blackwood, el hombre que creía que podía comprar mi soberanía con sus Soberanos de oro.
—Soy la mujer que no se dejará intimidation por el Rey del Negro Ópalo —respondí, con una determinación que me sorprendió incluso a mí misma—. Soy la que no se venderá al silencio, aunque el precio sea mi libertad.
El baile continuó, un torbellino de movimientos y palabras cargadas de tensión. Caspian no volvió a hablar, pero su mirada no se apartó de la mía, buscando, analizando, tasando. Y yo… yo tampoco bajé la mirada.
El final de la pieza musical llegó con un golpe seco de tambores y el roce de los arcos contra las cuerdas, dejando un eco vibrante en las paredes de piedra. La corte entera se detuvo al unísono, un mar de figuras rígidas que contenían el aliento.