La primera vela del Ciclo de Escarcha apenas parpadeaba en el cielo cenizo cuando el carruaje de los Blackwood, de un negro tan profundo que parecía absorber la poca luz del alba, se detuvo frente a la mansión. El vapor de los caballos se mezclaba con la neblina, creando una atmósfera de despedida definitiva.
Mi padre estaba allí, junto a la escalinata, con el abrigo mal abotonado y los ojos fijos en mí. No decía nada; su silencio era un grito de dolor que resonaba en cada piedra del patio.
—Papá... —susurré, rompiendo la formación perfecta que mi madre me había exigido.
Ignoré el protocolo y me lancé a sus brazos. Fue un abrazo desesperado, de esos que intentan detener el tiempo. Hundí mi rostro en su hombro, aspirando por última vez ese olor a tabaco de pipa y cuero viejo que significaba "hogar". Sentí sus manos grandes apretarme la espalda, temblando ligeramente, como si quisiera esconderme dentro de su propia chaqueta para que el carruaje se fuera vacío.
—Cuídate, mi pequeña luz —murmuró al oído, con la voz rota—. No dejes que el hielo te alcance el corazón. Recuerda la estrella... recuerda quién eres cuando no hay testigos.
Me separé de él con los ojos empañados, sintiendo que una parte de mí se quedaba en esos escalones de piedra. Pero el momento de humanidad duró poco.
—¡Adelaide, por todos los santos! —la voz de Sofía cortó el aire como un cristal roto—. Suéltalo ahora mismo. Vas a arrugar el vestido de seda esmeralda y no tenemos tiempo para que las criadas pasen la plancha de nuevo.
Mi madre se acercó con paso rápido, separándonos con una mano enguantada y firme. Empezó a alisarme los hombros y la cintura con gestos bruscos, como si estuviera puliendo un mueble valioso antes de una subasta.
—Mírate —me regañó, ignorando por completo la cara de devastación de mi padre—. Un Ravenel no se desmorona en público. El Rey espera una mujer impecable, no una niña llorona. Sube al carruaje, ahora.
Miré a mi padre una última vez mientras el lacayo abría la puerta de madera oscura. Él levantó una mano, un gesto débil de despedida, mientras Sofía seguía murmurando sobre la importancia de la apariencia y el precio de los contratos.
Subí al carruaje y, al cerrarse la puerta con un golpe seco, el mundo exterior desapareció. A través del cristal esmerilado, vi la silueta de mi padre encogerse a medida que los caballos avanzaban hacia la Ciudadela de Hierro.
Ya no había marcha atrás. Mi infancia se quedaba en ese abrazo arrugado, y mi futuro me esperaba en el trono de Caspian Blackwood.
El carruaje se detuvo con un chirrido de metal sobre piedra, y el silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el viento que aullaba entre las gárgolas de la Ciudadela de Hierro.
Al bajar, la inmensidad del castillo me hizo sentir minúscula. Las paredes de roca negra se alzaban como muros de una prisión de lujo, y el frío aquí arriba era distinto; no era un frío que te hacía temblar, sino uno que te obligaba a endurecerte. Los guardias, con sus armaduras de negro mate, abrieron las puertas de roble reforzado con acero, y el eco de mis propios pasos sobre el mármol pulido me recordó que ya no estaba en la calidez del hogar de mi padre.
—Bienvenida a la Ciudadela, señorita Ravenel —dijo un mayordomo de rostro inexpresivo, cuya voz parecía salir de una tumba—. El Rey la espera en el solario del ala norte.
Caminé por pasillos interminables decorados con estandartes de cuervos y lámparas de gas azul que bañaban todo en una luz fantasmal. Al llegar a las puertas del solario, el mayordomo las abrió sin previo aviso.
Allí estaba él.
Caspian Blackwood no llevaba la corona ni las capas pesadas del baile. Estaba de espaldas, observando el reino a través de un ventanal inmenso, vestido con una camisa de seda negra y pantalones del mismo tono. La luz del invierno resaltaba la anchura de sus hombros. Al escucharme, se giró lentamente, sosteniendo una copa de cristal con un líquido oscuro.
—Has llegado antes de que la primera vela se consumiera —dijo, con esa voz que siempre parecía una caricia peligrosa—. Tu madre no mentía sobre tu puntualidad, Adelaide.
Se acercó a mí, y el espacio entre nosotros se redujo hasta que pude oler de nuevo ese aroma a pino y metal antiguo. Sus ojos recorrieron mi vestido esmeralda —el mismo que Sofía tanto temía que se arrugara— y una chispa de ironía cruzó su rostro.
—Dime una cosa antes de empezar —susurró, inclinándose hacia mí—. ¿Ese abrazo en la escalinata fue una despedida o una súplica para que alguien te rescatara de mí?
Me mantuve firme, aunque el corazón me golpeaba las costillas con la fuerza de un animal enjaulado.
—Fue un recordatorio, Majestad —respondí, clavando mi mirada en la suya—. De que, aunque esté en su castillo, mi voluntad sigue siendo mía.
Caspian soltó una risa seca, casi inaudible, y dejó la copa sobre una mesa de mármol negro.
—Interesante. Pero aquí, en la Ciudadela, las voluntades se rompen o se compran. Vamos a ver cuál es tu caso.
Caspian se alejó del ventanal y comenzó a caminar a mi alrededor, como un lobo que estudia una pieza de caza que no se asusta tan fácilmente. El sonido de sus botas sobre el mármol era rítmico, casi hipnótico.
—La voluntad es una palabra muy cara en la Ciudadela, Adelaide —dijo, deteniéndose justo a mi espalda. Sentí su aliento cerca de mi nuca, un contraste cálido con el aire gélido del salón—. Tu madre ha aceptado un contrato que te vincula a este castillo por tres ciclos antes de la boda oficial. Durante ese tiempo, eres mi responsabilidad. Mi sombra.
Me giré para encararlo, negándome a darle la espalda.
—¿Responsabilidad o propiedad, Majestad? Llamemos a las cosas por su nombre. Usted pagó el oro que los Ravenel necesitaban y ahora espera que yo decore sus pasillos como un jarrón de seda esmeralda.
Caspian enarcó una ceja, y por un segundo, la frialdad de su rostro se rompió con una chispa de auténtica diversión.