Soberanía y Silencio

Capítulo 4

No pegué ojo en toda la noche. El fantasma del beso de Caspian seguía quemándome los labios, un recordatorio constante de que había jugado con fuego y, por primera vez, no me importaba arder. Me pasé las horas tocando la estrellita de plata bajo las sábanas de seda negra, preguntándome si mi padre se sentiría orgulloso de mi valentía o aterrado por mi temeridad.

​A la primera luz de la mañana, un golpe seco en la puerta me sacó de mis pensamientos. No era una criada con el desayuno.

​—Adelante —dije, sentándome en la cama y envolviéndome en mi bata de seda.

​La puerta se abrió y apareció un guardia con una caja de madera oscura, mucho más grande que la de mi amuleto. La depositó sobre la mesa sin decir palabra y se retiró con una reverencia rígida. Sobre la caja había una nota con una caligrafía afilada y elegante:

"El verde esmeralda es para las Ravenel que obedecen. El Negro Ópalo es para la mujer que se atreve a desafiar al Rey. Te espero en los campos de entrenamiento al mediodía. No llegues tarde, Adelaide."

​Abrí la caja y el aire se me escapó de los pulmones. Dentro descansaba un traje de montar de cuero negro y seda oscura, con detalles en plata que imitaban escamas de cuervo. Era una provocación. Era su forma de decirme que sabía que yo no era un adorno, sino un arma.

​Me vestí con una urgencia que me asustaba. El cuero se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, mucho más cómodo que cualquier vestido que Sofía me hubiera obligado a usar. Escondí mi collar de estrella bajo la camisa, sintiendo su frío contra mi piel, y salí hacia los campos.

​Cuando llegué, el viento de la montaña me golpeó el rostro. Caspian estaba allí, montado sobre un semental negro que parecía nacido de las sombras. Llevaba ropa informal, pero su presencia seguía siendo aplastante. Al verme aparecer con el traje negro, una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios.

​—Te queda mejor que la sumisión, Ravenel —dijo, haciendo que su caballo diera un paso hacia mí—. Pensé que quizás tendrías miedo de aparecer después de lo de anoche.

​Me acerqué a un caballo gris que un mozo sostenía para mí y monté de un salto, demostrando que en los campos de mi padre no solo había aprendido a recoger frutas.

​—El miedo es para los que tienen algo que perder, Caspian —le respondí, ajustando las riendas—. Y yo ya entregué mi futuro en ese contrato. Ahora solo me queda mi orgullo.

​Caspian espoleó a su caballo y se colocó a mi lado, tan cerca que nuestras botas se rozaron. Su mirada bajó un segundo a mi cuello, buscando la cadena que sabía que estaba allí.

​—Anoche probé tu veneno —susurró, y por un momento la máscara de Rey desapareció para dejar ver al hombre que me había besado con desesperación—. Y hoy quiero ver si sabes manejar el acero tan bien como manejas las palabras.

​De repente, sacó una daga de su bota y la lanzó al aire, atrapándola por el filo con una destreza asombrosa. Me la tendió por el mango.

​—Si vas a vivir en la Ciudadela de Hierro, Adelaide, tienes que aprender que aquí los besos no son la única forma de marcar territorio. ¿Estás lista para que te enseñe a defenderte de hombres como yo?

​Le arrebaté la daga de la mano con un movimiento rápido, sintiendo la adrenalina correr por mis venas.

​—Caspian, llevo defendiéndome de gente poderosa desde que aprendí a caminar. Pero adelante, enséñame algo que no sepa.

Caspian bajó de su semental con una agilidad felina y me hizo un gesto para que hiciera lo mismo. El campo de entrenamiento estaba desierto, rodeado por muros de piedra gris que cortaban el viento helado. En el centro, una hilera de dianas de paja y siluetas de madera esperaba bajo la luz cruda del mediodía.

​—La etiqueta te enseña a sonreír mientras te apuñalan por la espalda, Adelaide —dijo él, colocándose detrás de mí, envolviéndome de nuevo con su presencia—. Pero aquí, si no sabes sostener el acero, la sonrisa no te servirá de nada.

​Me tomó de la muñeca, intentando corregir mi postura como si yo fuera una aprendiz que nunca había sentido el peso de un arma. Sus dedos estaban firmes, calientes contra mi piel fría.

​—Relaja el hombro. Si te tensas, el arma se vuelve parte de tu enemigo, no de ti —susurró cerca de mi oído, su aliento rozando el mechón de cabello que el viento despeinaba—. Mira el centro. No parpadees. El mundo desaparece, solo quedáis tú y el objetivo.

​Sentí una punzada de ironía. Si supiera que mi padre me llevaba a los bosques al amanecer, no a recoger bayas, sino a rastrear y a mantener el pulso firme bajo la lluvia...

​—¿Así, Majestad? —pregunté con una voz fingidamente inocente, dejando que mi cuerpo se relajara bajo su guía, fingiendo una torpeza que no sentía.

​Caspian soltó una risa baja, una vibración que sentí en mi propia espalda.

​—Casi. Tienes buen instinto, pero te falta práctica. Lanza la daga cuando yo te diga...

​—¿Por qué esperar? —le interrumpí.

​En un movimiento que fue un borrón de cuero negro y plata, me zafé de su agarre. No esperé a su conteo, ni a su guía, ni a su permiso. Gire sobre mis talones, equilibré el peso de la daga en la palma de mi mano sintiendo el frío del metal y, con un latigazo del brazo que nació desde mi hombro, la solté.

​El sonido del acero rasgando el aire fue seguido por un impacto seco y sordo.

​La daga estaba clavada exactamente en el centro de la diana, vibrando con una fuerza que indicaba que no había sido suerte. Me giré hacia él, cruzándome de brazos con una sonrisa ladeada, dejando que la brisa moviera mi cabello.

​Caspian se quedó inmóvil. Sus ojos oscuros viajaron de la diana a mí, y por primera vez desde que llegué a la Ciudadela, vi una grieta real en su máscara de control. Su mandíbula se tensó y una chispa de puro asombro, mezclado con algo peligrosamente parecido a la admiración, encendió su mirada.

​—Vaya... —murmuró, dando un paso hacia mí, su voz ahora cargada de una picardía oscura—. Parece que las lecciones de "etiqueta" en la mansión Ravenel incluían cosas que tu madre olvidó mencionar en el contrato.




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