Soberanía y Silencio

Capítulo 5

La mañana siguiente, el frío de la Ciudadela parecía haber cobrado una textura distinta, más densa y expectante. Me encontraba frente al gran espejo de mi alcoba, con el cabello aún suelto y la bata de seda entreabierta, observando los dos vestidos que las criadas habían dispuesto sobre el diván.

​Uno era el verde esmeralda, el color de los Ravenel, el color de la obediencia que Sofía tanto amaba. El otro era el negro ópalo que Caspian me había enviado, un abismo de seda y misterio que prometía poder.

​Un golpe firme y rítmico en la puerta me hizo girar. Antes de que pudiera dar permiso, la hoja de madera pesada se abrió y Caspian entró. No llevaba la corona, pero su sola presencia llenaba la habitación, haciendo que las paredes parecieran estrecharse. Se detuvo a pocos pasos de mí, recorriendo con la mirada los dos vestidos y luego deteniéndose en mis ojos, que aún guardaban el rastro del sueño.

​—Majestad —susurré, aunque mi tono no era de sumisión, sino de una curiosidad encendida—. No esperaba una visita real antes de que la primera vela se consumiera.

​Caspian ignoró el protocolo y se acercó hasta que el aroma a pino y nieve de su piel me envolvió. Señaló con un gesto perezoso los dos trajes.

​—Dime, Adelaide —su voz era un murmullo profundo—. ¿Cuál de estas dos pieles vas a elegir para enfrentar a los lobos de la Bratva hoy?

​Le sostuve la mirada, sintiendo el peso de la estrellita de plata contra mi pecho.

​—Eso es lo que quería preguntarle, Caspian —respondí, dando un paso hacia él—. ¿Qué necesita su Rey hoy? ¿Necesita que sea el verde esmeralda que mi madre pulió para ser vendida... o necesita que sea el negro?

​Caspian no dudó ni un segundo. Dio un paso más, invadiendo mi espacio personal con esa seguridad depredadora que empezaba a fascinarme. Alzó la mano y, con una lentitud que me hizo contener el aliento, atrapó mi mentón entre sus dedos. Su agarre era firme, pero sus pulgares acariciaron mi mandíbula con una suavidad inesperada.

​—El verde esmeralda es una mentira, Adelaide —sentenció, obligándome a mantener la barbilla en alto—. Es el color de una jaula que ya no te pertenece.

​Se inclinó hacia mí, sus ojos oscuros clavados en los míos como si quisiera grabar sus palabras en mi alma.

​—Quiero el negro. Quiero a la mujer que disparó al poste de hierro sin parpadear. Quiero que por nada, ni por nadie, cambies quién eres en realidad.

​Me apretó el mentón con un poco más de fuerza, una caricia cargada de posesividad y respeto.

​—Ya no perteneces al verde esmeralda de Sofía, Adelaide. Ahora perteneces al negro. Y en el negro... en el negro puedes ser exactamente como tú desees. No hay reglas, solo tu voluntad y la mía.

​Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima de la Ciudadela. Era la primera vez que alguien, aparte de mi padre, me daba permiso para ser yo misma, aunque fuera bajo su propia sombra.

​—Entonces el negro será, Caspian —respondí, mi voz firme y cargada de esa rebeldía que él tanto disfrutaba—. Pero recuerde que el negro no solo es el color del poder, sino también el de las tormentas.

​Él soltó una risa seca y baja, rozando mis labios con los suyos en un beso fugaz antes de soltarme.

​—Lo sé. Y estoy deseando ver cómo estalla la tuya frente a los embajadores.

​Se dio la vuelta y salió de la habitación, dejándome a solas con el vestido negro ópalo y una sensación de libertad que quemaba más que cualquier corsé.

Me quedé sola en la habitación, con el eco de las palabras de Caspian vibrando en las paredes. Miré el vestido negro sobre el diván; no era una prenda, era una declaración de guerra.

​Llamé a las criadas, pero esta vez no dejé que eligieran ni el peinado ni las joyas. Me puse el vestido yo misma, sintiendo cómo la seda oscura se deslizaba sobre mi piel como una caricia prohibida. El escote era pronunciado pero elegante, y las mangas de encaje negro terminaban en puntas afiladas sobre mis manos.

​Antes de salir, saqué la estrellita de plata y, en lugar de esconderla del todo, dejé que la cadena asomara apenas un poco, un destello de luz sobre el abismo negro de mi pecho.

​Al salir al pasillo, me encontré con Sofía. Se quedó petrificada al verme. Sus ojos viajaron de mi cabello, ahora recogido en una trenza alta y severa, hasta el bajo de mi falda negra.

​—¿Qué es esto, Adelaide? —siseó, acercándose con pasos rápidos—. Te dejé el verde esmeralda preparado. El verde es el color de nuestra casa, el que el Rey espera ver para confirmar nuestra alianza. ¡Pareces una viuda o una rebelde! Ve a cambiarte ahora mismo.

​Me detuve frente a ella, manteniéndome más erguida que nunca. No necesité levantar la voz; la seguridad que Caspian me había dado esa mañana era mi mejor arma.

​—El verde esmeralda es tu color, madre —le dije, con una calma que la hizo retroceder un paso—. Pero el Rey me pidió el negro. Y en este castillo, la palabra de Caspian Blackwood pesa más que cualquier tradición de los Ravenel.

​Sofía abrió la boca para replicar, pero se quedó sin palabras al ver la determinación en mis ojos. Por primera vez en mi vida, vi un destello de duda en ella.

​—Has cambiado —murmuró, casi con miedo—. Ese hombre te está transformando en algo que no puedo controlar.

​—Ese hombre solo me ha dado el permiso que tú siempre me negaste: el de ser yo misma —respondí, pasando por su lado sin esperar respuesta.

​Llegué a las puertas del Gran Salón, donde los embajadores de los reinos vecinos esperaban la presentación oficial de la futura Reina. Caspian estaba de pie junto al trono, vestido impecablemente de oscuro, observando la entrada con aburrimiento... hasta que me vio.

​Sus ojos se encendieron. No hubo necesidad de palabras. Enderezó la espalda y me tendió la mano desde la distancia, ignorando los murmullos de la corte que se escandalizaba por mi elección de color.




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