Soberanía y Silencio

Capítulo 6

El aire de la Ciudadela parecía menos pesado esa mañana. Por orden directa de Caspian, los guardias de la puerta principal tenían una instrucción clara: dejar pasar a un hombre de botas embarradas y manos callosas sin hacer preguntas.

​Me encontraba en el jardín de invierno, un lugar protegido por cristales inmensos donde las flores lograban sobrevivir al hielo. No llevaba el negro inexpresivo, ni el verde de Sofía. Había elegido un vestido de un rojo profundo, vibrante, como la sangre que bombeaba con fuerza en mi pecho por los nervios.

​Escuché los pasos. No eran rítmicos y elegantes como los de Caspian, sino pesados y familiares. Al girarme, ahí estaba él.

​—¿Papá? —mi voz se quebró antes de poder terminar la palabra.

Hairo Ravenel se detuvo en seco. Se veía pequeño bajo los techos altísimos del castillo, con su abrigo de lana gastada, pero sus ojos brillaban con la misma luz de siempre. Al verme, su rostro se iluminó con una mezcla de alivio y asombro.

​—Adelaide... mi pequeña estrella —susurró, abriendo los brazos.

​Corrí hacia él, olvidando por completo que era la futura Reina, que llevaba un vestido costoso y que las criadas podrían estar mirando. Me hundí en su abrazo, aspirando ese olor a tabaco de pipa y madera que tanto había extrañado. Sus manos grandes me apretaron la espalda, y por un momento, el mundo de intrigas de la Ciudadela desapareció.

​—Estás hermosa, hija —dijo él, separándose un poco para mirarme, con las manos aún en mis hombros—. Pero este color... este rojo no es el que tu madre planeó para ti.

​—No, papá —respondí con una sonrisa ladeada, limpiándome una lágrima traicionera—. Este es el color que yo elegí. Y el Rey... Caspian... él me deja ser así.

​Hairo miró a su alrededor, asimilando que su hija no estaba prisionera, sino que estaba empezando a mandar.

​—Me dijeron que tú misma pediste verme, que te enfrentaste a los embajadores y que el Rey te escucha —murmuró con orgullo—. Sabía que las lecciones en el campo servirían de algo, pero no esperaba que conquistaras este castillo de hielo tan rápido.

​—No lo he conquistado todo todavía —le dije, llevándolo hacia un banco de piedra—, pero tengo su respeto. Y lo más importante es que tú estás aquí. Cada semana, papá. Es una ley de este castillo ahora.

​Pasamos la hora hablando de las cosas sencillas: de los caballos en la mansión, de cómo Max seguía ladrándole a las sombras y de cuánto extrañaba nuestras mañanas de práctica. Él me trajo un pequeño trozo de pan de miel envuelto en tela, un regalo humilde que valía más para mí que todas las joyas de la corona Blackwood.

​Al final de la visita, cuando los guardias indicaron que el tiempo terminaba, él me tomó de las manos.

​—No dejes que el frío de estas paredes te cambie el corazón, Adelaide. Veo que llevas la estrella —señaló el dije que asomaba sobre el rojo de mi vestido—. Mientras la lleves, nunca estarás sola.

​Lo vi marcharse por el pasillo, con la espalda más recta que cuando llegó. Al girarme, vi a Caspian observándonos desde una de las galerías superiores. No bajó, ni interrumpió. Simplemente me dedicó un asentimiento solemne con la cabeza, respetando ese espacio que él mismo me había regalado.

Esa mañana, el aire en la Ciudadela de Hierro se sentía eléctrico. Ya no eran solo charlas de tratados o prácticas de tiro; el castillo entero se había transformado en un hormiguero de costureras, floristas y heraldos. El día más importante de mi vida se acercaba a pasos agigantados y, por primera vez, mi armadura de frialdad empezaba a agrietarse.

​Me encontraba en el Salón de los Tapices, donde Caspian y yo debíamos reunirnos para ultimar los detalles de la ceremonia. Mis manos temblaban tanto que tuve que entrelazarlas con fuerza para que nadie lo notara. Llevaba un vestido naranja quemado, vibrante y cálido, pero por dentro sentía que mis venas eran de hielo.

​—Respira, Adelaide —me susurré a mí misma, mirando los ventanales empañados—. Has disparado a cincuenta pasos. Has silenciado a embajadores. Esto es solo una firma y un juramento.

​Pero no era solo eso. Era el peso de convertirme en Reina, de unir mi vida a la de un hombre que me desafiaba y me protegía a partes iguales.

​La puerta doble se abrió y Caspian entró. Se detuvo al verme, captando de inmediato mi estado. Ya no llevaba su máscara de rey; sus ojos estaban fijos en mí con una intensidad que me hizo olvidar cómo se inhalaba el aire. Se acercó despacio, sus botas resonando en el mármol, hasta quedar frente a mí.

​—Estás pálida, mi tormenta —murmuró, su voz bajando a ese tono que siempre me desarmaba—. Y tus manos... están heladas.

​—Es el protocolo, Caspian —mentí, aunque sabía que él no se lo creería—. Tanta gente, tantas expectativas... Sofía no deja de enviar notas sobre el encaje del velo y la lista de invitados.

​Él no respondió con palabras. Me tomó de las manos, envolviéndolas con las suyas, cálidas y firmes, intentando transmitirme su calma. Me obligó a mirarlo a los ojos, ignorando los pergaminos con los preparativos que descansaban sobre la mesa de roble.

​—Mírame, Adelaide —sentenció, y su pulgar acarició mis nudillos—. Olvida a tu madre. Olvida a los embajadores y las tradiciones de este castillo. La boda no es para ellos. Es el momento en que tú y yo sellamos que nadie más podrá decirnos qué hacer.

​Me acerqué un poco más a él, buscando refugio en su presencia. El nerviosismo seguía ahí, un aleteo constante en mi estómago, pero su cercanía lo hacía soportable.

​—¿No tienes miedo, Caspian? —le pregunté en un susurro—. Vas a unir tu destino al de una mujer que prefiere el rojo al negro y que sabe manejar una pistola mejor que un abanico.

​Caspian soltó una risa corta y me tomó del mentón, elevando mi rostro hacia el suyo.

​—Eso es precisamente lo que me mantiene despierto, Adelaide. No quiero una reina de papel. Quiero a la mujer que tengo frente a mí, con sus nervios, su estrella de plata y su fuego.




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