amaneció con un ajetreo que haría palidecer a cualquier batalla. El Gran Salón de la Ciudadela había sido despejado de mesas y mapas para dar paso a un simulacro de lo que sería el evento del siglo.
Llevaba un vestido de seda violeta intenso, un color que resaltaba mi piel y que, según yo, contrastaba deliciosamente con la frialdad de las piedras. Pero los nervios... los nervios eran otra historia.
El eco de mis tacones sobre el mármol sonaba como disparos en el silencio del salón vacío. Sofía estaba allí, por supuesto, con un cronómetro invisible en la mente y una vara de medir en la mirada.
—¡Hombros atrás, Adelaide! ¡No estás cazando en el bosque, estás caminando hacia un trono! —exclamó mi madre, ajustándome la postura con un toque brusco—. Y por favor, intenta que esa sonrisa no parezca un desafío de duelo.
—Es que es un desafío, madre —le respondí sin mirarla, fijando la vista en el altar vacío al fondo del pasillo de alfombra roja.
De repente, las puertas se abrieron y Hairo, mi padre, entró luciendo un traje de gala que le quedaba algo apretado en los hombros, pero que llevaba con una dignidad que me humedeció los ojos. Se acercó a mí y me ofreció el brazo, con esa solidez que siempre había sido mi ancla.
—¿Lista para este simulacro, pequeña estrella? —susurró, apretando mi mano contra su costado.
—Contigo al lado, siempre —le devolví el susurro.
Empezamos a caminar. El órgano del castillo soltó las primeras notas de una marcha nupcial que sonaba a victoria y a condena al mismo tiempo. A mitad del camino, la figura de Caspian apareció desde las sombras del altar. No llevaba corona, pero su porte era tan imponente que el aire pareció escaparse de la sala.
Se quedó allí, esperándome, con las manos entrelazadas a la espalda y esa mirada oscura que parecía leerme el alma a través de la seda violeta. Cuando mi padre y yo llegamos frente a él, Caspian dio un paso adelante. El protocolo dictaba que debía hacer una reverencia formal, pero él, fiel a su estilo, rompió la distancia.
—Se ve nerviosa, milady —dijo con una voz ronca que solo yo pude oír, mientras mi padre me entregaba simbólicamente a él—. ¿Acaso la idea de estar atada a mí legalmente le da más miedo que enfrentarse a Lord Varick?
—No es miedo, Caspian —le respondí, dejando que mi mano descansara sobre la suya, que quemaba—. Es anticipación. No todos los días una mujer le entrega las llaves de su libertad al hombre que intentó comprarla.
Caspian soltó una risa seca y me atrajo hacia él, ignorando el carraspeo de desaprobación de Sofía al fondo.
—No te compré, Adelaide. Te gané. Y mañana, cuando este ensayo se convierta en realidad, el mundo entero sabrá que no hay contrato que pueda contener lo que hemos construido aquí.
Se inclinó y, rompiendo toda regla de ensayo, depositó un beso lento en mis nudillos, manteniendo el contacto visual.
—Mañana, cuando lleves ese traje de estrellas que diseñaste, recuerda una cosa: el trono es solo un asiento. La corona es solo metal. Lo único real seremos tú y yo incendiando este castillo de hielo.
La luna llena se alzaba sobre los picos nevados de la Ciudadela, proyectando sombras alargadas y plateadas sobre los pasillos de piedra. Era la última noche que pasaría como Adelaide Ravenel. La última noche que mi vida me pertenecería solo a mí.
Y no podía dormir.
El aire en mi alcoba era pesado, cargado con el olor de las sales de lavanda que las criadas habían dispersado para calmar mis nervios. Pero mi mente era un torbellino de pergaminos, tratados y el rostro de Caspian cuando me miraba en el altar del ensayo.
Me levanté de la cama, sintiendo la frialdad del suelo de piedra en la planta de mis pies descalzos. Llevaba una bata de lino grueso, de un color crema natural, que me envolvía como un sudario. Se sentía tosca en comparación con los vestidos de gala, pero honesta. Caminé hacia el balcón, mis pasos apenas un susurro en la alfombra de lana gastada.
Abrí las pesadas puertas de madera y el viento helado de la montaña me golpeó el rostro, despertando mis sentidos. Abajo, en el jardín de invierno, las plantas lograban sobrevivir gracias a los muros de contención. Y allí, en medio de la oscuridad, una pequeña brasa roja brillaba en la penumbra.
Era Caspian.
Estaba de pie, apoyado contra una columna de piedra, fumando un cigarro. Llevaba una chaqueta de terciopelo oscuro, pero parecía exhausto. La luz de la luna iluminaba su perfil afilado. Como si sintiera mi mirada, levantó la cabeza y sus ojos oscuros chocaron con los míos.
No hubo sorpresa en su rostro. Solo una aceptación solemne. El humo del cigarro ascendió en espirales plateadas entre nosotros.
—No puede dormir, mi tormenta —dijo, su voz llegando a mí como un susurro arrastrado por el viento, pero claro en el silencio de la noche—. Parece que la idea de atarse legalmente a un Blackwood le quita el sueño más que un disparo.
Me apoyé en la barandilla de hierro forjado, ignorando el frío que penetraba en mi bata de lino.
—Es el peso de la corona, Caspian —le respondí, mi voz baja y temblorosa, no sé si por el frío o por su presencia—. O quizás es el miedo a que la libertad de los Ravenel se convierta en una prisión de hielo.
Caspian soltó una carcajada seca, que el viento dispersó.
—No hay prisiones en mi Ciudadela para ti, Adelaide. Solo hay alianzas. Y mañana, cuando el sacerdote selle nuestro juramento, tú y yo seremos los únicos dueños de este juego.
Me sostuvo la mirada un segundo más, con una intensidad que me hizo vibrar por dentro.
—Mañana, cuando entres en ese salón, recuerda una cosa: no dejes que el brillo de los diamantes te nuble la vista. Mantén el pulso firme, como cuando disparas. Porque en este nido de víboras, tu mente es tu mejor arma. Y yo... yo estaré esperándote al final de ese camino.