Soberanía y Silencio

Capítulo 13

La luz del alba se filtró por las pesadas cortinas, golpeando mis párpados con una insistencia cruel. Me removí entre las sábanas de hilo, sintiendo el cuerpo pesado y una extraña tirantez en el pecho que me recordó, de golpe, cada segundo de la noche anterior.

​No había dormido. Me había pasado las velas dando vueltas, luchando con ese calor desconocido que me obligaba a apretar las piernas hasta que los músculos me dolían.

​El sonido de la llave girando en la cerradura me sobresaltó. Las puertas se abrieron de par en par y un séquito de criadas, encabezado por una Sofía impecable y severa, entró en la habitación como un ejército de seda.

​—¡Arriba, Adelaide! El sol ya ha besado los picos y tú sigues... —mi madre se detuvo en seco al pie de la cama. Su expresión de triunfo se transformó en una de puro horror.

​Me incorporé sobre los codos, frotándome los ojos. Sabía que debía de estar hecha un desastre. Mi cabello, esa melena que las criadas habían cepillado con esmero la noche anterior, era ahora un nido de enredos salvajes que caían sobre mis hombros. Tenía los labios todavía un poco hinchados y el camisón de lino arrugado y desplazado, dejando ver más de lo que la decencia de Sofía podía soportar.

​—¡Por el amor de Dios! —exclamó mi madre, llevándose una mano al pecho—. Pareces una mujer que ha sobrevivido a un naufragio, no una futura Reina. ¿Qué has estado haciendo? ¿Acaso has estado luchando con las sábanas?

​—El viento de la montaña es inquieto, madre —mentí, con la voz todavía ronca, sintiendo cómo un rastro de electricidad me recorría la columna al recordar que ese "viento" tenía las manos de Caspian.

​Sofía soltó un bufido de impaciencia y les hizo una señal frenética a las criadas.

​—¡Traigan el agua de rosas! ¡Y el peine de marfil más fino que tengamos! —ordenó, acercándose a mí para apartarme un mechón rebelde de la cara con un gesto brusco—. Tienen tres horas para transformar este desastre en una visión celestial. Si el Rey ve este nido de pájaros en tu cabeza, pensará que se está casando con una salvaje de los bosques.

​Me dejé llevar hacia la tina de cobre, sintiendo cómo mis piernas aún temblaban un poco al caminar. Mientras el agua caliente empezaba a relajar mis músculos, cerré los ojos. Sofía podía peinar mi cabello y cubrir mi piel con polvos de arroz, pero nada de lo que hiciera podía borrar la sensación de incomodidad dulce que todavía vibraba en mi "amiguita".

​—Dime, Adelaide —dijo mi madre, observando cómo las criadas vertían aceites perfumados—, ¿estás lista para lo que viene después de la ceremonia? ¿Para los deberes de una esposa?

​Me quedé rígida bajo el agua. La pregunta me golpeó de lleno.

​—No sé de qué hablas, madre —respondí, intentando que mi voz no temblara.

​—Ya lo aprenderás esta noche —sentenció ella con una frialdad que me heló la sangre—. Solo espero que seas más dócil de lo que pareces esta mañana.

​Apreté los puños bajo el agua. Dócil era la última palabra que Caspian usaría para describirme, y mientras las criadas empezaban a desenredar mi cabello con tirones expertos, solo podía pensar en que, bajo todo ese perfume y encaje, seguía siendo la mujer que anoche buscó el peligro en el jardín.

El vapor del agua de rosas aún flotaba en el aire cuando las seis criadas me rodearon, moviéndose como sombras blancas en torno a mi cuerpo. El proceso fue lento, casi un ritual religioso. Me envolvieron en una camisola de lino finísimo, tan delicada que parecía una segunda piel, y luego llegó el momento que todas esperaban.

​El vestido de estrellas fue traído en un enorme maniquí de madera. Al verlo bajo la luz del sol matutino, los cristales y los hilos de plata cobraron vida propia, emitiendo destellos que herían la vista.

​—Con cuidado —advirtió Sofía, cuya voz había bajado un tono, presa de una admiración que rara vez mostraba—. No rompan ni un solo encaje. Este vestido es el precio de un reino.

​Sentí el peso de la falda cuando las criadas me ayudaron a entrar en ella. Era una estructura imponente, una cascada de tul y seda que se expandía a mi alrededor como una nube de escarcha. El corpiño, rígido y perfectamente entallado, me obligó a enderezar la espalda, comprimiendo mis costillas y elevando mi pecho de una forma que me hizo recordar, con un respingo, la urgencia de las manos de Caspian anoche.

​Cuando terminaron de abrochar los infinitos botones de nácar en mi espalda y colocaron el velo de catedral sobre mi cabeza, se hizo el silencio.

​—Mírate, Adelaide —murmuró mi madre, dándose la vuelta para dejarme frente al espejo de cuerpo entero.

​Me quedé petrificada. La mujer que me devolvía la mirada no era la niña que correteaba por los establos de los Ravenel, ni la joven que disparaba pistolas en el bosque. Era una aparición de hielo y fuego. El vestido brillaba con cada uno de mis movimientos, como si llevara la Vía Láctea cosida a la piel. El escote palabra de honor dejaba mis hombros al descubierto, luciendo una palidez noble que contrastaba con el fulgor de la corona de diamantes que ahora pesaba sobre mi frente.

​—Pareces... —Sofía se aclaró la garganta, luchando por mantener su máscara de hierro—... pareces una reina, Adelaide. Finalmente.

​Me acerqué al cristal, tocando con las puntas de los dedos el bordado de plata. A pesar de la belleza deslumbrante, sentí un nudo en la garganta. Debajo de todas esas capas de lujo, mi corazón seguía latiendo con la misma agitación de la noche anterior. Mis piernas, ocultas bajo metros de tela preciosa, se sentían extrañas; todavía buscaban ese calor que Caspian me había dado en el jardín.

​—Ya no hay vuelta atrás —susurré para mí misma, viendo cómo el brillo de los diamantes ocultaba la tormenta que llevaba dentro.

​Escuché un golpe firme en la puerta. No era Caspian. Era un paso más pesado, más terrenal.

​—El señor Hairo Ravenel espera afuera, milady —anunció una criada con voz temblorosa—. Es hora de partir hacia la Gran Catedral.




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