Soberanía y Silencio

Capítulo 14

Las puertas de la cámara real se cerraron tras de mí con un eco sordo, dejando fuera el estruendo del banquete y los vítores del reino. El silencio aquí dentro era absoluto, roto solo por el chisporroteo de la leña en la chimenea de piedra.

​Seis criadas me rodearon de inmediato. Sus manos se movían con una eficiencia mecánica, desprendiendo los hilos de plata y los miles de cristales del vestido de estrellas. Sentí cómo el peso del hierro y el diamante desaparecía de mi frente cuando retiraron la corona, pero la presión en mi pecho no disminuyó.

​—Está temblando, Majestad —susurró una de las jóvenes, frotando mis hombros con un aceite perfumado a jazmín que me mareaba.

​No respondí. No podía. Estaba demasiado ocupada intentando que mis piernas no fallaran mientras me ponían el camisón de noche. No era de seda, sino de un lino tan fino y batista que transparentaba la silueta de mis piernas bajo la luz de las velas. El corpiño era de encaje delicado, diseñado para ser retirado con facilidad, y dejaba mis hombros y gran parte de mi espalda al descubierto.

​—Que tengan una noche bendecida, Reina Adelaide —murmuraron las criadas antes de retirarse en una fila perfecta, cerrando las puertas dobles con una llave que giró desde fuera.

​Me quedé sola. Me acerqué al gran espejo de plata y me observé. Ya no era una guerrera, ni una negociadora, ni una hija rebelde. Era una novia esperando lo desconocido. Me senté en el borde de la inmensa cama de roble, hundiendo los dedos en las pieles de marta que la cubrían.

​Sentía esa incomodidad dulce ahí abajo, una pulsación rítmica que me obligaba a cruzar las piernas con fuerza. Me sentía extrañamente llena de una energía que no sabía cómo liberar, una pesadez en el vientre que me hacía jadear suavemente.

​De repente, escuché el sonido de las botas en el pasillo. Firmes. Seguras.

​La puerta se abrió y Caspian entró. Se había quitado la casaca de gala y la corona; solo llevaba la camisa negra, abierta hasta la mitad del pecho, y los pantalones de montar. Se detuvo en el umbral, observándome con una intensidad que me hizo sentir desnuda a pesar del lino.

​—Mis hombres celebran con hidromiel y canciones —dijo con una voz que era puro terciopelo y amenaza—, pero yo solo podía pensar en el silencio de esta habitación. Y en ti.

​Caminó hacia mí, deteniéndose a solo unos centímetros. El calor que emanaba de su cuerpo era casi insoportable. Extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, rozó el encaje de mi hombro, bajando por mi brazo hasta entrelazar sus dedos con los míos.

​—Estás asustada —afirmó, notando mi pulso errático.

​—No sé qué se supone que debo hacer, Caspian —confesé en un susurro, alzando la mirada hacia él. Mi voz temblaba tanto como mis manos—. Nadie me explicó... este fuego. Siento que voy a romperme.

​Caspian se arrodilló frente a mí, quedando a la altura de mis ojos. Me tomó del mentón, obligándome a sostenerle la mirada.

​—No tienes que hacer nada más que ser tú, Adelaide —murmuró, su pulgar acariciando mi labio inferior—. Esta noche no hay tratados, ni coronas, ni reinos. Solo estamos el hombre que te deseó desde el primer disparo y la mujer que fue lo suficientemente valiente como para quemar su pasado por mí.

​Se inclinó y me besó, primero con una ternura que me hizo sollozar, y luego con esa urgencia oscura que ya conocía. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando el lino fino, y cuando sus dedos rozaron la zona donde sentía aquella incomodidad, solté un gemido que se perdió en su boca.

​—Enséñame, Caspian —rogué contra sus labios, apretando mis piernas contra las suyas—. Enséñame a apagar este incendio.

​Él sonrió, una sonrisa cargada de una promesa que me hizo vibrar entera, y me alzó en vilo para depositarme en el centro de la cama, cubriéndome con su cuerpo mientras el mundo exterior dejaba de existir.

El silencio de la alcoba solo era interrumpido por el rítmico crepitar de la chimenea, que proyectaba sombras danzantes de color ámbar sobre las sábanas de lino. Caspian se cernía sobre mí, su peso era una presencia sólida y cálida que me anclaba a la realidad mientras mi mente flotaba en un mar de sensaciones nuevas.

​Con una lentitud desesperante, sus manos subieron por mis costillas, rozando la tela fina del camisón. Sentí el roce de sus dedos callosos contra mi piel sensible y un espasmo de esa incomodidad dulce me recorrió de nuevo, haciéndome arquear la espalda instintivamente hacia él.

​—Estás temblando como una hoja en la tormenta, Adelaide —susurró contra mi cuello, y su aliento caliente me hizo cerrar los ojos con fuerza—. Mírame.

​Le obedecí, encontrando sus ojos oscuros encendidos con una mezcla de adoración y un hambre que me asustaba tanto como me atraía. Caspian llevó sus manos a los finos tirantes de encaje que sostenían mi prenda. Con un movimiento casi reverente, los deslizó por mis hombros.

​El lino cayó con un siseo suave, amontonándose en mi cintura y dejando mi pecho al descubierto por primera vez ante su mirada. El aire fresco de la habitación chocó contra mi piel, pero el calor que emanaba de Caspian era suficiente para incendiarme. Él se quedó sin aliento un segundo, recorriendo con la vista cada curva, cada peca, como si estuviera memorizando un mapa prohibido.

​—Eres... más de lo que cualquier hombre merece poseer —gruñó, y esta vez no hubo sutileza.

​Sus manos volvieron a subir, pero ahora no había tela de por medio. Cuando sus palmas envolvieron mis pechos, estrujándolos con esa firmeza que ya conocía del jardín, solté un gemido que rompió el silencio de la alcoba. Mis dedos se enterraron en su cabello oscuro, tirando de él hacia mí, buscando desesperadamente algo que calmara la pulsación errática que sentía en mi "amiguita".

​—Caspian, por favor... me duele de una forma que no entiendo —rogué, con la voz rota por el deseo y la confusión de mi propia inocencia.




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