La tarde del segundo día de reclusión se filtraba por los ventanales en tonos ámbar y miel. El caos de la noche anterior había dado paso a una calma doméstica, una burbuja de paz que se sentía extraña y preciosa en un castillo hecho de hierro y secretos.
No estábamos en la cama, sino en el alfombrado de lana gruesa frente a la chimenea, donde el fuego crepitaba con pereza. Caspian se había sentado con la espalda apoyada en el roble de la base de la cama, y yo estaba recostada entre sus piernas, usando su pecho como respaldo.
—Toma —murmuró él, pasándome un trozo de manzana que había pelado con su daga de caza.
Acepté el trozo, sintiendo el dulzor de la fruta mientras Caspian pasaba sus dedos por mi cabello, desenredándolo con una paciencia que nadie en el reino creería que poseía el "Lobo de la Ciudadela". Llevaba puesta de nuevo su camisa, pero esta vez abierta, dejando que el calor del fuego nos acariciara la piel.
—¿En qué piensas, mi tormenta? —preguntó, besando la coronilla de mi cabeza.
—En que nadie nos ha molestado en veinticuatro horas —respondí, dejando que mi cabeza descansara en el hueco de su hombro—. Me pregunto si mi madre está afuera contando las velitas con un reloj de arena, o si mi padre está finalmente durmiendo tranquilo.
Caspian soltó una risa vibrante que sentí en toda mi espalda. Sus brazos me rodearon con fuerza, cruzándose sobre mi vientre en un abrazo protector.
—Tu madre sabe que interrumpir una concepción real es un sacrilegio, incluso para ella. Y tu padre... bueno, Hairo sabe que ahora hay un ejército entero cuidando de ti, empezando por mí.
Me giré un poco para mirarlo. Sus ojos oscuros no tenían esa chispa de mando o de lujuria de hace unas horas; tenían una ternura que me desarmaba. Él tomó mi mano, la que tenía la pequeña costra del juramento de sangre, y depositó un beso suave sobre la herida.
—Mañana las puertas se abrirán y el mundo nos exigirá ser reyes de nuevo —dijo Caspian, su voz bajando a un susurro íntimo—. Pero hoy, Adelaide, solo somos dos personas refugiándose del invierno.
Me acurruqué más contra él, disfrutando del olor a leña y a su propia piel. Pasamos la tarde así, compartiendo historias de nuestra infancia que nunca habíamos contado, riendo de las travesuras de mis hermanas y de cómo Caspian, de niño, solía esconderse en las armaduras del salón para asustar a los guardias.
el fuego iluminando nuestros rostros, el silencio sagrado de la alcoba y la sensación de que, por primera vez, no tenía que defenderme de nada. El mundo podía esperar; en ese rincón de la Ciudadela, la vida era sencilla, cálida y nuestra.
La última noche de los tres días cayó sobre la Ciudadela con una nevada silenciosa que cubrió el mundo de un blanco sepulcral. Dentro de la alcoba, las velas se habían consumido casi hasta la mitad, y el fuego de la chimenea proyectaba sombras alargadas sobre las paredes de piedra.
Mañana, al amanecer, las pesadas puertas dobles se abrirían. Sofía entraría con su séquito, los ministros esperarían con sus pergaminos y las responsabilidades del reino nos caerían encima como una losa de granito.
Estaba sentada en la alfombra de piel, con la espalda apoyada contra el pecho de Caspian. Él jugaba con un mechón de mi pelo, pero sus movimientos eran más lentos, más pensativos.
—He estado pensando en Bianca y Elara —dije, rompiendo el silencio—. Elara tiene dieciséis, y Bianca quince... Pronto empezarán a buscarles pretendientes. Mi madre ya debe de tener una lista de nombres tan larga como el pasillo de la catedral.
Caspian soltó un gruñido bajo, y sus brazos se apretaron alrededor de mi cintura.
—No en mi Ciudadela, Adelaide. No mientras yo respire. Tus hermanas no serán monedas de cambio en tratados de paz como si fueran sacos de grano. Si algún lord quiere acercarse a una Ravenel, tendrá que pasar primero por mi acero... y por tu puntería.
Me reí suavemente, sintiendo un nudo de gratitud en la garganta. Saber que mis hermanas estarían bajo su protección me quitaba un peso enorme de encima.
—Gracias, Caspian —susurré, girándome en sus brazos para quedar frente a frente.
Él me tomó del mentón, obligándome a sostenerle la mirada. Sus ojos oscuros, que durante estos tres días habían sido mi único mundo, brillaban con una intensidad renovada.
—No me agradezcas. Lo que es tuyo es mío, y lo que es mío es tuyo. Esa es la verdadera ley de este matrimonio.
Se inclinó y me besó, un beso que empezó con la calma de la tarde pero que rápidamente recuperó la urgencia de la primera noche. Sus manos bajaron por mi espalda, reclamando cada centímetro de piel, recordándome que el tiempo se agotaba. Mañana seríamos los soberanos, las figuras de autoridad, los jueces del reino. Pero esta noche, bajo el último aliento de la tradición, solo éramos dos fieras que no querían separarse.
Me alzó en brazos, llevándome hacia la cama por última vez en esta reclusión. El lino de las sábanas estaba frío, pero nuestro encuentro fue puro fuego. Fue una noche de promesas sin palabras, de una entrega que ya no tenía rastro de la timidez del primer día. Cada roce, cada gemido y cada pulsación en mi "amiguita" era un sello definitivo.
Cuando finalmente nos quedamos exhaustos, abrazados bajo las pieles mientras la nieve golpeaba suavemente los cristales del balcón, Caspian me susurró al oído:
—Mañana el mundo nos verá con coronas, Adelaide. Pero recuerda siempre que, bajo el hierro y los diamantes, este fuego es lo único real que tenemos.
Me quedé dormida con su corazón latiendo contra mi espalda, sabiendo que, aunque las puertas se abrieran al amanecer, nuestra verdadera fortaleza estaba aquí, en la oscuridad de esta habitación.
El silencio sagrado de los tres días se rompió con un estruendo metálico que me hizo saltar entre las sábanas. Tres golpes secos y autoritarios resonaron en la madera de roble de la puerta, seguidos por una voz que conocía demasiado bien: la de Sofía, que no admitía réplicas ni retrasos.