Soberanía y Silencio

Capítulo 16

Besé la frente de Elara y apreté la mano de Bianca antes de salir. El silencio de la biblioteca, con su aroma a papel viejo y refugio, se cerró tras de mí, siendo sustituido por el eco rítmico de mis propios pasos sobre el mármol frío del pasillo.

​Caspian me esperaba a unos metros, impecable, con la mano descansando sobre el pomo de su espada. Al verme, su expresión se endureció, adoptando esa máscara de rey guerrero que el mundo tanto temía.

​—Las pequeñas Ravenel parecen haber encontrado su tesoro —murmuró, ofreciéndome su brazo—. Ahora nos toca a nosotros enfrentarnos a los buitres. La embajada extranjera ya está en el Gran Salón. Dicen que el Embajador de las Tierras del Sur no ha dejado de preguntar si la nueva Reina es tan fiera como los rumores cuentan.

​—Que pregunte lo que quiera, Caspian —respondí, ajustando el peso de mi corona y sintiendo cómo el terciopelo de mi vestido barría el suelo—. Hoy sabrán que la Ciudadela no solo tiene muros de piedra, sino una voluntad de hierro.

​Caminamos con paso firme hasta que las puertas monumentales del Salón de Embajadores se abrieron de par en par. El murmullo de docenas de voces en idiomas distintos cesó al instante. Diplomáticos vestidos con sedas exóticas, generales con pechos cargados de medallas y espías disfrazados de cortesanos se inclinaron en una marea de reverencias.

​Avancé al lado de Caspian, sintiendo todas las miradas clavadas en mi escote, en mi rostro y, sobre todo, en la forma en que caminaba. No era la marcha de una consorte; era la de una soberana.

​Nos detuvimos ante el estrado. Un hombre de piel curtida por el sol y ropajes dorados, el Embajador Malick, dio un paso al frente con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

​—Majestades —dijo, con una inclinación apenas reglamentaria—. Los rumores sobre la belleza de la Rosa de los Ravenel se quedaban cortos. Sin duda, el Rey Caspian ha hecho una adquisición... envidiable para el equilibrio de los reinos.

​Sentí la tensión en el brazo de Caspian, pero me adelanté un paso, soltándome de él. Mi voz sonó clara y fría, proyectándose hasta la última columna del salón.

​—No soy una "adquisición", Embajador, y le sugiero que cuide sus analogías si desea que los tratados de comercio de su tierra sigan vigentes —le espeté, dejando que el brillo de mis diamantes negros lo deslumbrara—. Soy la Reina de la Ciudadela por sangre y por fuego. Y en este salón, no se habla de belleza, se habla de lealtad.

​El salón quedó en un silencio sepulcral. Malick palideció, dándose cuenta de que la mujer que tenía delante no era una muñeca de porcelana. Caspian soltó una risa seca, cargada de una satisfacción oscura, y se colocó a mi lado, poniendo una mano posesiva en mi cintura.

​—Parece que la Reina ha hablado, caballero —sentenció Caspian—. ¿Desea presentar sus credenciales ahora o prefiere seguir analizando la decoración del salón desde las mazmorras?

El Embajador Malick retrocedió un paso, su sonrisa dorada se desmoronó por completo ante mi declaración de poder. El silencio en el Gran Salón era tan denso que podía escucharse el roce de las plumas de los escribas contra el pergamino. Caspian, a mi lado, emanaba una satisfacción oscura, su mano apretando mi cintura con una posesión que ya no me molestaba, sino que me daba fuerzas.

​—Mis... mis disculpas, Majestad —tartamudeó Malick, inclinándose de nuevo, esta vez con una reverencia que rozaba el suelo—. No pretendía ofender. Las Tierras del Sur solo desean la paz y la prosperidad bajo el nuevo reinado.

​Justo cuando la tensión parecía disolverse y Caspian se disponía a dar la orden de proceder con las audiencias individuales, un movimiento brusco a mi derecha captó mi atención.

​No fue Malick. Fue uno de sus guardias de honor, un hombre corpulento de rostro sombrío que había permanecido inmóvil hasta ese momento. Con una velocidad inhumana, rompió la formación. El brillo del acero saltó de su manga: una daga de hoja curva, afilada como un suspiro.

​—¡Por la verdadera sangre del Sur! —rugió, lanzándose directamente hacia mí.

​Todo sucedió en un latido. Vi el odio en sus ojos, el destello del metal apuntando a mi pecho. Mi instinto de guerrera, ese que Sofía había intentado aplastar durante años, reaccionó antes que mi mente. No grité. En lugar de eso, di un paso atrás rápido, girando mi cuerpo hacia la izquierda, sintiendo cómo el terciopelo de mi vestido barría el aire.

​La hoja pasó a milímetros de mi corpiño, rasgando apenas la tela superficial antes de que el hombre perdiera el equilibrio por el impulso de su propio ataque fallido.

​Pero no tuvo tiempo de recuperarse.

​Caspian no gritó una orden a sus guardias. Se movió con la velocidad de un rayo negro. Antes de que el atacante pudiera siquiera levantar la daga de nuevo, el brazo de Caspian cruzó el aire como un látigo de hierro. Su mano se cerró alrededor de la muñeca del hombre con un chasquido sordo que resonó en todo el salón, deteniendo la puñalada en seco a centímetros de mi rostro.

​El hombre soltó un alarido de dolor cuando Caspian apretó, obligándolo a soltar la daga, que cayó al mármol con un estruendo metálico. Caspian no se detuvo ahí. Con un movimiento fluido y brutal, giró el brazo del atacante, obligándolo a caer de rodillas ante nosotros, con el rostro pegado al suelo frío.

​—Nadie —rugió Caspian, su voz ya no era de terciopelo, sino puro acero y furia, proyectándose hasta la última columna del salón— toca a la Reina de la Ciudadela. Nadie.

​Caspian sacó su propia espada con un siseo siniestro, apoyando la punta en la nuca del hombre, manteniéndolo inmovilizado. Me miró por encima del hombro, con los ojos encendidos por una mezcla de terror y rabia posesiva.

​—¿Estás bien, Adelaide? —preguntó, y por un microsegundo, la máscara de rey se rompió para revelar al hombre que había entrado en pánico ante la idea de perderme.

​Asentí lentamente, recuperando el aliento, mi corazón martilleando no por el miedo, sino por la adrenalina y la visión de Caspian defendiéndome. Miré al atacante en el suelo, y luego al Embajador Malick, que estaba lívido, temblando como una hoja.




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