El sol de la mañana siguiente nació frío, bañando el patio de la Ciudadela con una luz cruda que hacía brillar las armaduras de la Guardia de Hierro. El carruaje negro, con el escudo de los Ravenel grabado en las puertas, esperaba con los caballos impacientes.
Sofía estaba de pie junto a la escalinata, envuelta en pieles costosas, con esa expresión de mártir orgullosa que siempre usaba cuando las cosas no salían exactamente como quería. A su lado, un par de baúles ya estaban cargados.
—Es una deshonra, Adelaide —soltó mi madre en cuanto me vio bajar los escalones, escoltada por Caspian—. Enviarme de vuelta al Valle como si fuera una parienta pobre... Pero supongo que, al menos, estaré con mis hijas. Bianca, Elara, suban ya al carruaje. No quiero perder más tiempo en este lugar inhóspito.
Me detuve frente a ella. Caspian se mantuvo un paso atrás, con las manos cruzadas a la espalda, observando la escena con una calma letal. Mis hermanas estaban unos pasos más allá, pálidas pero con la mirada fija en mí.
—Tú te vas, Madre —dije con una voz que no tembló ni un segundo—. Pero Elara y Bianca se quedan.
El silencio que siguió fue tan pesado como el hierro de las murallas. Sofía parpadeó, confundida al principio, y luego su rostro se transformó en una máscara de indignación pura.
—¿Qué locura es esta? —espetó, dando un paso hacia mí—. No vas a dejar a tus hermanas aquí. Yo tengo que seguir entrenándolas, supervisar sus modales, sus estudios... ¡su futuro! No puedes separarlas de su madre, no tienen permiso.
—No te preocupes por su entrenamiento, Sofía —la interrumpí, usando su nombre de pila por primera vez, lo que la hizo retroceder como si le hubiera dado una bofetada—. Las niñas van a estar bajo el mando y la tutela de la Duquesa Mary Otwood. Ella se encargará de que sigan estudiando en la capital, con la libertad y el cariño que nunca conocieron en el Valle.
—¡Mary! —chilló Sofía, y pude ver la rabia en sus ojos; sabía que perdía su mayor moneda de cambio—. ¡Esa mujer es una libertina! Solo busca malcriarlas. No lo permito, Adelaide. Son mis hijas y me pertenecen, no puedes lucrarte de su presencia en la corte para tus fines políticos...
Me acerqué a ella, acortando la distancia hasta que pude ver el reflejo de mi propia corona en sus pupilas dilatadas. Mi voz bajó a un susurro gélido, pero cargado de toda la autoridad que el trono me otorgaba.
—Que no se te olvide que, antes que tu hija, soy tu Reina.
Sofía se quedó sin aire, con la boca abierta.
—He dado la orden —continué, manteniendo la mirada fija—. Mis hermanas se quedan en la Ciudad de Hierro. Tú te vas al Valle de los Telares hoy mismo. Y si vuelvo a escuchar una sola protesta, el carruaje no te llevará a tu casa, sino a un lugar mucho más oscuro y húmedo de este castillo. ¿He sido clara?
El silencio de los guardias y el crujir de la nieve bajo nuestras botas subrayaron mis palabras. Sofía miró a Caspian, buscando quizás un aliado en el "Lobo", pero él solo le dedicó una sonrisa gélida que prometía consecuencias funestas si no obedecía.
Derrotada, y viendo cómo su fuente de poder y dinero se le escapaba de las manos, Sofía apretó los labios hasta que se le pusieron blancos. Sin decir una palabra más, se recogió las faldas y, con una rigidez que parecía a punto de quebrarla, hizo una reverencia profunda, cargada de un veneno que ya no podía hacerme daño.
—Como desee... Su Majestad —masculló.
Se giró y subió al carruaje sin mirar atrás. El lacayo cerró la puerta con un golpe seco, y el carruaje arrancó, alejándose por el camino empedrado mientras Bianca y Elara corrían hacia mí para abrazarme, llorando de alivio.
Caspian se acercó y puso una mano en mi hombro, apretándolo con orgullo.
—Buen viaje, suegra —murmuró él para sí mismo, mientras veíamos cómo el carruaje desaparecía tras las puertas de la ciudad.
El carruaje de mi madre apenas era un punto negro en el horizonte nevado cuando un segundo carruaje, este mucho más elegante y adornado con el blasón de los Otwood, cruzó el rastrillo de la Ciudadela. Los caballos, de un blanco purísimo, piafaron al detenerse frente a la escalinata principal.
La puerta se abrió y de ella descendió una mujer que irradiaba una energía completamente distinta a la de Sofía. La tía Mary vestía sedas de colores cálidos que desafiaban el gris del invierno, y su rostro, aunque marcado por los años, conservaba una luz de bondad y astucia que siempre nos había fascinado.
Al vernos, Mary se detuvo en seco. Se ajustó el chal de armiño y, con una elegancia impecable, se hundió en una reverencia profunda, bajando la cabeza ante los nuevos soberanos.
—Majestades —dijo con voz clara y melodiosa, manteniendo la postura oficial—. La Duquesa de Otwood se presenta ante el trono para cumplir con el sagrado deber de custodiar la sangre de los Ravenel.
Se quedó allí, inmóvil, esperando mi aceptación formal. Era el protocolo, la barrera invisible que separaba a la familia de la Corona. Miré a Caspian, quien asintió con una leve sonrisa, reconociendo el respeto de la mujer.
Yo di un paso al frente y, con un gesto suave de mi mano, rompí el hielo de la formalidad.
—Se acepta vuestra lealtad, Duquesa. Pero aquí, hoy, solo hay una sobrina que necesita a su tía.
Apenas terminé de asentir, Mary levantó la cabeza y su máscara de nobleza se desmoronó para dar paso a una alegría desbordante. Soltó un pequeño grito de júbilo y corrió hacia mí, rompiendo cualquier rastro de guardia real.
—¡Oh, mi pequeña Adelaide! —exclamó, envolviéndome en un abrazo que olía a lavanda y a hogar, un abrazo que no juzgaba ni exigía—. ¡Mírate! Una Reina... y qué Reina tan valiente has resultado ser.
Me apretó con fuerza, y por un momento dejé que mi cabeza descansara en su hombro, sintiendo que una parte de mi infancia regresaba a salvo. Luego, Mary se separó y abrió los brazos hacia las dos figuras que temblaban de emoción detrás de mí.