Salí de mis aposentos con el corazón martilleando contra las costillas, apretando la noticia contra mi pecho como si fuera un tesoro frágil. Busqué a Caspian por los pasillos de piedra, siguiendo el tintineo de las espuelas y el murmullo de los capitanes, hasta que lo encontré en el patio de armas, rodeado de mapas y hombres con armadura.
—¡Caspian! —lo llamé, intentando que mi voz no temblara.
Él se giró un segundo, con el ceño fruncido por la concentración. Me dedicó una mirada rápida, pero sus manos no soltaron el pergamino que sostenía.
—Adelaide, ahora no, mi tormenta. Espera un momento, termino con los informes de la frontera y ya te atiendo —dijo, volviéndose de inmediato hacia un general que le señalaba un punto en el mapa.
Ese "momento" se convirtió en horas. Lo esperé cerca de las caballerizas, luego en el pasillo del consejo, pero siempre había un mensajero, un problema con el forraje o una disputa entre lores que lo reclamaba. No me atendió en todo el día; era como si el Rey hubiera devorado al hombre que me ponía bálsamo en las heridas.
Llegó la hora de la cena. El Gran Salón estaba en penumbra, iluminado solo por los candelabros de plata. Nos sentamos a la mesa larga, y el silencio entre nosotros era denso, roto solo por el choque de los cubiertos. Caspian tenía la mirada perdida en su copa de vino, con los hombros tensos.
—Caspian, tengo algo que decirte... es sobre el médico —comencé, dejando el tenedor a un lado y buscando sus ojos.
Él levantó la vista, pero justo cuando iba a responder, las puertas se abrieron de par en par. Un guardia entró jadeando, con el sello de urgencia en la mano.
—¡Majestad! Un altercado en las mazmorras con el atacante del Sur. Exige hablar con usted o promete tragarse la lengua antes del juicio.
Caspian soltó un bufido de frustración y se puso en pie de un salto, tirando la servilleta sobre la mesa.
—Maldita sea... —masculló. Me miró un segundo, casi con disculpa, pero la urgencia del deber era más fuerte—. Lo siento, Adelaide. Esto no puede esperar. Guárdame lo que tengas que decir para mañana, ¿sí?
Ni siquiera esperó mi respuesta. Salió del salón con pasos pesados, seguido por el estrépito de su guardia.
Me quedé sola frente a un plato de faisán que se enfriaba por momentos. Solté un suspiro largo, un suspiro que cargaba con todo el peso de la soledad que conlleva llevar una corona. Bajé la mirada hacia mi vientre, todavía invisible bajo las sedas.
—Parece que por ahora solo somos tú y yo —susurré para mis adentros.
Me levanté sin probar bocado y subí las escaleras hacia mis aposentos. El frío de la Ciudadela parecía filtrarse por las paredes, recordándome que, aunque fuera la Reina, había noches en las que el trono se sentía como una celda de hielo.
Me quité el camisón de seda y me puse la bata de lana gruesa, anudándola con fuerza como si eso pudiera sostener el nudo que tenía en el estómago. Me metí en la cama, que se sentía inmensa y fría sin el calor de Caspian, y cerré los ojos intentando que el sueño borrara la decepción.
Así pasaron tres días. Tres días en los que Caspian apenas era una sombra que entraba tarde a la habitación cuando yo ya dormía, o que salía antes del amanecer con el ruido de su armadura. La Ciudadela parecía haberlo devorado por completo; entre juicios, crisis fronterizas y consejos de guerra, su esposa se había convertido en el último punto de su lista.
Al cuarto día, la náusea de la mañana fue más fuerte que de costumbre. Me limpié la boca, me vestí con rabia y salí de mis aposentos con paso firme. Ya no iba a esperar una invitación.
Crucé el pasillo hacia su oficina privada, ignorando a los dos guardias que intentaron decirme que el Rey estaba ocupado. Abrí las puertas de roble de par en par. Caspian estaba inclinado sobre una mesa llena de mapas, con el cabello revuelto y ojeras marcadas.
—Adelaide, ahora no... —comenzó a decir sin siquiera levantar la vista.
—¡Caspian, tengo que hablar contigo de manera urgente! —le solté, golpeando la mesa con la palma de la mano para que el mapa saltara.
Él suspiró, pasándose una mano por el rostro con evidente cansancio. Me miró, pero sus ojos estaban en otro lugar, en mil problemas que no eran yo.
—Por la tarde, Adelaide. Te lo prometo. Ahora mismo tengo a los generales del Norte esperando una respuesta sobre el suministro de grano y...
—Por la tarde será tarde, Caspian —lo interrumpí, mi voz vibrando con una mezcla de furia y dolor. Me incliné hacia él, bajando el tono para que los guardias no oyeran, pero con la fuerza de un rayo—. Porque puede que para la tarde, el heredero que llevo en el vientre ya haya decidido que su padre es un extraño.
El silencio que siguió fue absoluto. El mapa que Caspian sostenía cayó de sus manos. Sus ojos se abrieron como si acabara de ver un fantasma y el color desapareció de su rostro en un segundo.
—¿Qué...? Adelaide, espera... —balbuceó, extendiendo una mano hacia mí.
Pero yo ya me había girado. La rabia de tres días de indiferencia explotó en ese momento. Salí de la oficina casi corriendo, y justo antes de cruzar el umbral, agarré la pesada puerta y la azoté con todas mis fuerzas. El estruendo resonó por todo el ala del castillo como un disparo.
Caminé a zancadas por el pasillo, con las lágrimas de frustración empezando a nublarme la vista. Escuché sus pasos tras de mí, rápidos, pesados, el sonido metálico de sus botas golpeando el suelo con urgencia.
—¡Adelaide! ¡Detente! —rugía él a mis espaldas—. ¡Adelaide, mírame!
No me detuve. Llegué a mis aposentos, entré y traté de cerrar la puerta, pero Caspian puso su hombro contra la madera justo a tiempo, empujando con una fuerza desesperada para entrar tras de mí.
Caspian empujó la pesada puerta de roble con una fuerza que hizo temblar los marcos de piedra, entrando en la habitación como un vendaval. Yo retrocedí hasta el borde de la cama, con los puños cerrados y la respiración entrecortada.