Las dos semanas que siguieron fueron un desierto de sombras. El invierno parecía haberse filtrado por las grietas de las piedras, instalándose directamente en mi pecho. Apenas comía, apenas hablaba. Me pasaba las horas sentada frente a la ventana, viendo caer la nieve y acariciando mi vientre ahora vacío, torturándome con el mismo pensamiento que me perseguía como un fantasma: Fue mi culpa.
Me repetía una y otra vez que no había sido lo suficientemente fuerte, que mis gritos y mi rabia habían roto algo que era demasiado frágil. Me sentía una reina fallida, una mujer que no había sabido proteger lo único que realmente importaba. Caspian intentaba entrar cada noche, pero yo me hacía la dormida o simplemente le daba la espalda, dejando que el silencio fuera el único muro entre nosotros.
Una tarde, mientras la luz grisácea del invierno moría en las paredes, escuché un alboroto inusual en el pasillo. No era el paso pesado de Caspian ni el murmullo profesional de las criadas. Eran pasos rápidos, ligeros, y una voz que se alzaba sobre las protestas de los guardias.
Las puertas de mis aposentos se abrieron de golpe. Eran ellas. Bianca y Elara.
Se veían agitadas, con las mejillas encendidas por el frío del viaje, pero en cuanto me vieron allí, pálida y hundida entre las mantas, sus rostros se transformaron en pura compasión. No esperaron una invitación ni hicieron una reverencia.
Sin decir una palabra, ambas se agacharon al pie de la cama y se quitaron los zapatos con rapidez, dejándolos tirados sobre la alfombra. Elara, siempre la más decidida, apartó las pesadas mantas de piel y se deslizó a mi lado izquierdo. Bianca, con los ojos ya empañados, se metió por el derecho.
Me vi rodeada por el calor de mis hermanas, ese calor que olía a nuestra infancia en el Valle, a juegos prohibidos y a secretos compartidos bajo las sábanas.
—Oh, Ade... nuestra pequeña Ade —susurró Bianca, rodeándome con sus brazos y apoyando su cabeza en mi hombro.
—No fue tu culpa, hermana. No te atrevas a pensar eso ni un segundo más —sentenció Elara con firmeza, tomando mi mano fría entre las suyas y apretándola con fuerza.
Ese contacto rompió la última represa que mantenía mi dolor bajo control. El nudo de hielo en mi garganta se deshizo en un segundo. Me encogí entre ellas, escondiendo el rostro en el hueco del cuello de Elara, y solté un sollozo desgarrador que me sacudió el cuerpo entero.
Lloré como no lo había hecho frente a Caspian ni frente al médico. Lloré por el bebé que nunca conocería, por la culpa que me carcomía y por la soledad de esas dos semanas. Bianca lloraba conmigo, empapando mi bata de seda con sus lágrimas, mientras Elara nos mecía a ambas suavemente, como si volviéramos a ser las niñas que se escondían de los gritos de Sofía.
En ese momento, entre el abrazo de mis hermanas, el peso de la corona desapareció. Ya no era la Reina de la Ciudadela; era solo Adelaide, la hermana mayor que finalmente se permitía romperse en pedazos para poder, algún día, empezar a recogerlos.
Dos días después: El regreso al trono
Me levanté de la cama con las piernas temblorosas, pero el corazón blindado. Bianca y Elara me ayudaron a vestirme; elegí un vestido de terciopelo gris humo, oscuro como el cielo antes de la tormenta. No quise joyas, solo la corona de diamantes negros que mis hermanas trenzaron en mi cabello con cintas de luto.
—No voy a dejar que él crea que me ha roto —le dije a mi reflejo, viendo a una mujer de ojos hundidos pero mirada de acero.
Caminé hacia el Gran Salón. Al llegar, los guardias abrieron las puertas de par en par. El murmullo del consejo se cortó en seco. Caspian, que estaba inclinado sobre la mesa con aspecto demacrado y el cabello revuelto, se puso de pie de un salto en cuanto me vio. Sus ojos se iluminaron con una esperanza que me revolvió el estómago.
—Adelaide... —su voz se quebró al pronunciar mi nombre, y dio un paso hacia mí con las manos extendidas.
Pasé por su lado sin dedicarle ni una mirada, sintiendo el aroma de su piel que antes me volvía loca y que ahora solo me recordaba a mi pérdida. Me senté en mi trono, a su derecha, manteniendo mi espalda tan rígida como una lanza. No toqué su mano cuando intentó acercarla a la mía sobre la mesa; la retiré con un movimiento gélido que hizo que él bajara la cabeza, herido.
—Continúen —ordené a los lores, mi voz sonando extraña en mis propios oídos, fría y autoritaria—. Estábamos analizando los informes del Sur. No perdamos más tiempo.
Caspian se sentó lentamente, soltando un suspiro que pareció un gemido. Podía sentir su mirada clavada en mi perfil, suplicando un segundo de atención, pero yo mantuve mis ojos fijos en los mapas. El Rey tenía sus prioridades, y ahora, la Reina tenía las suyas.
Cerré la puerta de la sala del consejo con un eco seco, dejando a Caspian y a sus generales con sus mapas y sus deudas. Mis hermanas se habían marchado esa mañana de vuelta con la tía Mary, bajo la promesa de que volverían en una semana, y el vacío que dejaron lo llené con una resolución gélida. Ya no iba a ser la reina que esperaba en la alcoba a que el rey terminara sus "asuntos importantes".
—Majestad —dijo un secretario joven, inclinándose tanto que casi toca el suelo con la nariz—. Por orden del primer chambelán, debo mostrarle su despacho privado. Ha sido preparado según sus instrucciones.
Caminé tras él por un ala del castillo que apenas conocía. Al abrir las pesadas puertas de caoba, me quedé sin aliento un segundo. Era una habitación amplia, con ventanales que daban al precipicio de la Ciudadela y una chimenea de mármol blanco que ya rugía con fuerza. En el centro, un escritorio de roble macizo me esperaba, cubierto de pilas de pergaminos, tinteros de plata y sellos de cera roja.
Me senté en la silla de respaldo alto y sentí, por primera vez en semanas, que recuperaba el control de mi propio cuerpo.