Soberanía y Silencio

Capítulo 20

Caspian se quedó estático, con la mano aún apoyada en el borde de mi escritorio de roble. Sus ojos oscuros recorrieron mi rostro, buscando un rastro de la Adelaide que se deshacía en sus brazos semanas atrás, pero solo encontró la superficie pulida de un espejo de invierno. El silencio en el despacho era tan afilado que casi podía cortar el aire.

​—Tu reinado... —repitió él en un susurro, y por un segundo, la furia en su rostro fue sustituida por una sombra de desolación—. Veo que el hielo de la Ciudadela finalmente ha calado en tus huesos, Adelaide. Has aprendido a levantar muros más altos que los míos.

​—Aprendí del mejor, Caspian —respondí sin un ápice de emoción, volviendo a sentarme y tomando la pluma como si él ya no fuera más que una estatua decorativa—. Ahora, retírate. El Tesorero espera mi confirmación para el cargamento de seda de las Tierras Altas y no pienso hacerlo esperar por una rabieta militar.

​Él no se movió de inmediato. Lo escuché soltar un suspiro pesado, una exhalación que cargaba con el peso de todas las palabras que no nos habíamos dicho desde la pérdida. Dio media vuelta y caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo con la mano en el pomo de bronce.

​—Espero que esa seda sea lo suficientemente fuerte para mantenerte caliente en las noches, Reina mía —dijo sin mirarme—. Porque las paredes de este despacho son hermosas, pero son muy frías cuando estás sola.

​La puerta se cerró con un estruendo sordo. Me quedé mirando el pergamino, pero las letras empezaron a borrarse ante mis ojos. Me apreté el puente de la nariz, sintiendo un punzada de dolor en las sienes. No iba a llorar. Me había prometido que las lágrimas se habían terminado con el abrazo de mis hermanas.

​Pasé el resto de la tarde sumergida en presupuestos de reconstrucción. Era cierto lo que le había dicho: los puentes bajos del sector sur de la ciudad estaban en un estado deplorable. Las quejas de los gremios de comerciantes se apilaban como cadáveres burocráticos. Firmé las órdenes de reparación con un sello de cera roja tan fuerte que casi rompo el papel.

​Al caer la noche, el hambre empezó a punzarme, pero no quería bajar al comedor principal y arriesgarme a encontrarme con Caspian frente a la corte. Hice una señal a mi secretaria personal.

​—Que me traigan la cena aquí. Y avisa a la Guardia que no quiero interrupciones. Ni siquiera del Rey.

​Poco después, una de mis criadas entró con una bandeja de plata: caldo de ave caliente, pan de centeno y una pequeña jarra de vino especiado. Comí mecánicamente mientras revisaba los bocetos para la decoración de la Gala. "El Renacer de la Escarcha". Quería que el salón principal pareciera un bosque de cristal. Quería que cada noble que entrara sintiera que estaba entrando en un mundo nuevo, un mundo gobernado por una mujer que no conocía el miedo.

​Me quedé observando la llama de la vela que iluminaba mi escritorio. En este reino, el tiempo no se medía en horas, sino en el consumo de la cera. Calculé mentalmente: me quedaban apenas dos velas y diez velitas antes de que el toque de queda de la Ciudadela obligara a apagar las luces principales. Era tiempo suficiente para terminar de redactar el edicto sobre el impuesto a las sedas extranjeras.

​Dejé la cuchara a un lado. El caldo se había enfriado, pero mi mente ardía con una intensidad que no me dejaba descansar. Me froté las sienes. A veces, el silencio del despacho me pesaba más que el ruido del consejo. En la soledad, los pensamientos que intentaba enterrar con trabajo volvían a la superficie.

​Miré el calendario de ciclos que guardaba bajo llave. El Ciclo de Cosecha se había ido para siempre, llevándose consigo la esperanza que apenas había empezado a florecer en mi vientre antes de aquel sangriento mediodía. El Ciclo de Escarcha estaba ahora en su apogeo, y con él, mi cuerpo se sentía vacío, frío, pero extrañamente eficiente. Ya no era la mujer que esperaba un milagro; era la mujer que creaba su propia realidad con tinta y sellos de cera.

​Escuché el cambio de guardia en el pasillo. El tintineo de las armaduras me recordó que, aunque Caspian y yo compartíamos el mismo techo, estábamos a leguas de distancia. Él seguía obsesionado con sus "velas de guerra", contando cuánta cera quedaba para entrenar a sus hombres antes de que el invierno cerrara los pasos de montaña. Yo contaba mis velas para asegurar que, cuando la primavera llegara, este reino tuviera una estructura que no dependiera de cuántas cabezas cortara su rey.

​—Una vela y quince velitas —susurré, viendo cómo la llama bajaba—. Eso es lo que te queda de margen antes de que el cansancio te venza, Adelaide.

​Me obligué a sumergir la pluma una vez más. Cada decreto firmado era una piedra más en la muralla que estaba construyendo alrededor de mi corazón. No necesitaba a Caspian para gobernar, y no necesitaba sus disculpas para sentirme reina. Si él quería acero, yo le daría un reino de cristal tan afilado que se cortaría al intentar tocarlo.

​Cuando finalmente la última velita de la tercera vela se consumió y la oscuridad reclamó el despacho, me levanté. Caminé hacia la ventana y miré hacia el patio de armas. Una sola luz seguía encendida en la torre de la armería. Sabía que era él. Pero no bajé. Me giré, busqué mi cama fría y me envolví en las pieles, dejando que el olor a sándalo y la soledad fueran mi única compañía en esa noche de escarcha.

Me puse de pie, sintiendo el suelo frío bajo mis pies descalzos. Tomé el candelabro de plata, viendo cómo a la vela principal apenas le quedaban cinco velitas antes de morir. No me puse el vestido; salí tal cual estaba, envuelta en mi bata de seda pesada, dejando que el rastro de mi perfume de sándalo se mezclara con el aire gélido de los pasillos.

​Caminé con paso firme, ignorando el asombro de los guardias nocturnos al ver a su Reina vagar por la Ciudadela a estas horas. El brillo de mi vela guiaba mi camino hasta la torre de la armería. Al abrir la pesada puerta, el olor a aceite de armas y metal me golpeó. Allí estaba él, inclinado sobre una mesa llena de mapas, con la túnica desabrochada y el rostro demacrado por el cansancio.




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