Me quedé allí, anclada a su pecho, escuchando el latido rítmico de su corazón que poco a poco se acompasaba con el mío. El llanto fue remitiendo, dejando tras de sí un vacío exhausto pero extrañamente limpio. Por primera vez en ciclos, el aire en la habitación no se sentía como cuchillas de hielo.
—Dices que quemaremos las velas juntos —susurré, separándome apenas lo suficiente para mirarlo a los ojos, que aún brillaban con una intensidad febril—, pero el reino no espera, Caspian. Los embajadores están al acecho y mi madre... mi madre no dejará de intentar socavarnos desde el Valle.
Caspian me tomó la barbilla con suavidad, obligándome a sostenerle la mirada.
—Que esperen. Que el mundo entero se detenga si es necesario —sentenció con una seriedad que me hizo estremecer—. Mañana, cuando la primera vela se encienda, saldremos de aquí como la unidad que exigiste. Pero esta noche... esta noche solo somos Caspian y Adelaide. Sin coronas, sin deudas, solo nosotros.
Se deslizó un poco más abajo en la cama, llevándome consigo, y me acomodó de modo que mi espalda quedara contra su pecho desnudo. Sentí sus brazos rodearme con una posesión protectora, sus dedos entrelazándose con los míos sobre las mantas de piel.
—Duerme, mi tormenta —murmuró cerca de mi oído, y su aliento cálido fue el último consuelo que necesité—. Mañana verás que el sol de invierno brilla de otra forma cuando no tienes que sostener el cielo tú sola.
Me dejé llevar por el cansancio acumulado de semanas de vigilia y resentimiento. Antes de que la última velita de la noche se extinguiera por completo, sentí que el peso en mi vientre ya no era solo de pérdida, sino de una tregua necesaria. La oscuridad reclamó la habitación, pero por primera vez, no me sentí perdida en ella.
A la mañana siguiente: El primer ensayo
Me desperté antes de que la primera vela del día fuera encendida por las criadas. Caspian seguía a mi lado, respirando con calma, con un brazo todavía rodeando mi cintura. Me quedé un momento observándolo; en el sueño, su rostro perdía esa dureza de rey y volvía a ser el hombre que me había curado las heridas.
Me levanté con cuidado y me vestí con ayuda de mis doncellas, eligiendo un atuendo de lana fina en color gris azulado, sobrio pero elegante. Hoy llegaba la orquesta y, lo más importante, la tía Mary regresaba para supervisar los preparativos finales de la Gala.
Cuando bajé al Gran Salón, el caos era absoluto. Músicos afinando laúdes, criados cargando enormes espejos y mercaderes desplegando rollos de seda blanca que parecían espuma de mar.
—¡Sobrina! —la voz de Mary Otwood resonó por encima del estruendo. Venía hacia mí con su habitual paso enérgico, vestida con sedas color canela—. He visto los puentes del sur al entrar. ¡Están en obras! Los gremios están eufóricos. Parece que la Reina ha estado más ocupada que el Rey.
Le sonreí, sintiendo una chispa de orgullo profesional.
—Alguien tenía que hacerlo, tía. Pero ahora, tenemos una Gala que organizar. ¿Están listas las niñas para su visita?
Mary me guiñó un ojo, pero antes de que pudiera responder, las puertas del salón se abrieron y Caspian entró. No llevaba la armadura; vestía una túnica de gala oscura y caminaba con una seguridad renovada. Se detuvo a mi lado y, ante la mirada atónita de los nobles y los músicos, me tomó la mano y depositó un beso lento en mis nudillos.
—Buenos días, Majestad —dijo, y aunque su tono era oficial, sus ojos me decían que recordaba cada palabra de la noche anterior.
El murmullo de las criadas cambió de tono al instante. Ya no era un chisme de abandono, sino uno de intriga ante nuestra nueva complicidad.
—Buenos días, Caspian —respondí, manteniendo la compostura—. Justo hablábamos con la Duquesa sobre el programa musical. Espero que tu agenda militar te permita disfrutar de al menos tres velas de música esta tarde.
Él sonrió de esa forma ladeada que siempre me desarmaba.
—Haré que el tiempo se detenga si es necesario para escoltar a mi Reina.
El Gran Salón estaba transformado. Los músicos, situados en la galería superior, empezaron a tocar una melodía de cuerdas suave y cadenciosa que rebotaba en las altas bóvedas de piedra. El sonido del laúd llenaba el espacio, compitiendo con el eco de los obreros que terminaban de pulir el mármol.
Caspian me ofreció su mano con una elegancia que pocas veces mostraba en público. Me condujo al centro del salón, lejos de los andamios y las telas, donde el espacio estaba despejado. Mis dedos encajaron en los suyos, y su otra mano se posó firmemente en mi cintura, atrayéndome hacia él con la precisión de un guerrero y la gracia de un noble.
—¿Me concede este ensayo, Majestad? —murmuró, su voz apenas audible bajo la música.
Empezamos a movernos. El roce de nuestras botas contra el suelo marcaba el compás. Yo me dejé llevar, sintiendo cómo el peso de la corona parecía aligerarse con cada giro.
—Esto... —susurré, mirando la inmensidad del salón vacío— me recuerda tanto a nuestro primer baile. ¿Te acuerdas? En el Valle de los Telares.
Caspian soltó una pequeña risa ronca, una vibración que sentí directamente en la palma de mi mano. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, cargados de una nostalgia que me apretó el corazón.
—¿Cómo podría olvidarlo? —respondió, haciéndome girar bajo su brazo antes de volver a atraparme contra su pecho—. Estabas tan rígida, Adelaide. Parecía que esperabas que te mordiera en cualquier momento. Tu madre te observaba como un halcón y tú apenas te atrevías a respirar.
—Tenía motivos para estar rígida —rebatí con una sonrisa ladeada, recordando el miedo que me inspiraba el "Lobo de la Ciudadela" en aquel entonces—. Eras el hombre más temido del reino y habías venido a reclamar a una de nosotras.
Él se detuvo un segundo, rompiendo el paso del baile pero sin soltarme. Se inclinó hacia mi oído, y su aliento cálido me erizó la piel, recordándome que ya no estábamos en el Valle, sino en nuestro propio hogar.