Me miré al espejo una última vez, ajustando el peso del terciopelo carmesí sobre mis hombros. El contraste del rojo sangre con la seda crema de la falda era exactamente lo que quería: una declaración de vida en medio del ciclo de escarcha. Caspian estaba detrás de mi reflejo, imponente, con su casaca bordada en oro que lo hacía ver como el soberano absoluto que era. Sus ojos oscuros me devoraron a través del cristal, y por un momento, el aire en la habitación volvió a ser escaso.
—Estamos listos, mi tormenta —murmuró él, ofreciéndome su brazo.
Caminamos por los pasillos con el estruendo de nuestras capas barriendo el suelo de piedra. Al llegar a las puertas del Gran Salón, sentí un escalofrío, pero no de miedo, sino de triunfo. El chambelán golpeó el suelo con su vara de oro, y su voz retumbó hasta en mis huesos:
—Sus Majestades: el Rey Caspian Blackwood y la Reina Adelaide Ravenel de Blackwood.
Las puertas se abrieron de par en par. El bosque de cristal que yo había diseñado brillaba bajo la luz de miles de velitas, reflejándose en los espejos y en las joyas de los nobles que se inclinaban a nuestro paso como una marea que retrocede. Entré con la espalda rígida y la barbilla en alto, sintiendo el calor de la mano de Caspian apretando la mía.
Ya no era la niña asustada del Valle. Era Adelaide, la mujer que había sobrevivido a la pérdida, que había puesto en cintura al Tesoro Real y que ahora caminaba hacia su trono no como una sombra del Rey, sino como su igual. El murmullo de la corte era una mezcla de asombro y respeto; podían ver en nuestras ropas coordinadas y en nuestras miradas que el muro entre nosotros se había derrumbado, dejando paso a algo mucho más peligroso para nuestros enemigos: una unidad inquebrantable.
Llegamos a los tronos y, antes de sentarme, recorrí el salón con la mirada hasta encontrar a Sofía. Estaba lejos, tal como ordené, y su rostro era una máscara de furia contenida al vernos brillar con más fuerza que nunca. Sonreí para mis adentros.
—Que empiece la gala —ordené, y mi voz sonó clara y poderosa por todo el salón.
Caspian me tendió la mano con una solemnidad que hizo que el salón entero contuviera el aliento. Me levanté del trono, sintiendo el peso majestuoso de mi falda de terciopelo y seda, y puse mis dedos sobre los suyos. El contacto fue eléctrico, un recordatorio silencioso de la tregua que habíamos sellado entre las sábanas.
Bajamos los escalones hacia el centro del bosque de cristal. Los músicos, al vernos posicionados, cambiaron el ritmo a un vals lento, profundo y cargado de una tensión que solo nosotros entendíamos.
Caspian me atrapo por la cintura con una firmeza que me hizo soltar un suspiro imperceptible. Su mano derecha se entrelazó con la mía, y la izquierda se hundió en el terciopelo de mi espalda, pegándome a su pecho bordado en oro.
—Míralos, Adelaide —susurró cerca de mi oído mientras empezábamos a girar—. No pueden apartar los ojos de nosotros.
—No me importa el resto del salón, Caspian —respondí, clavando mis ojos en los suyos mientras nos deslizábamos por el mármol pulido—. Solo me importa que sepan quién manda aquí.
Dimos un giro amplio, y mi falda crema con flores bordadas se expandió como una corola de luz en medio del carmesí. Movíamos nuestros cuerpos en una sincronía perfecta, como si hubiéramos nacido para bailar este vals eterno. Cada paso, cada roce de nuestras botas, era una declaración de poder.
El brillo de los diamantes negros de mi corona centelleaba bajo las miles de velitas, pero nada brillaba tanto como la mirada de Caspian sobre mí. Ya no era la mirada del "Lobo" cazador; era la mirada de un hombre que adoraba a su Reina.
—Estás radiante, mi tormenta —murmuró, haciéndome girar bajo su brazo—. Hoy no hay rastro del espejo de invierno en tus ojos. Solo hay fuego.
—El hielo se derritió anoche, ¿no lo recuerdas? —le devolví con una sonrisa desafiante.
Él soltó una risa ronca que vibró en mi mano. En ese momento, mientras el vals alcanzaba su punto más alto, me sentí invencible. Estábamos bailando sobre las cenizas de nuestra pérdida, sobre los rumores de la servidumbre y sobre las intrigas de mi madre. Éramos el Rey y la Reina de la Ciudadela, y por primera vez, el peso de la corona no se sentía como una carga, sino como la recompensa por haber sobrevivido al frío.
Al terminar la música, Caspian se inclinó sobre mi mano, besándola con una devoción que hizo que el salón estallara en un aplauso contenido, mientras yo mantenía la mirada fija en el horizonte, sabiendo que este era solo el comienzo de nuestro verdadero reinado.
Caspian me escoltó de regreso a la plataforma de los tronos, manteniendo su mano posesivamente sobre mi cintura hasta que me senté en mi sitial de terciopelo. Él se acomodó a mi izquierda, con su capa carmesí cayendo como una cascada de sangre sobre el oro del trono. El silencio regresó al Gran Salón, un silencio expectante y reverencial.
—Que den comienzo las presentaciones —ordenó Caspian, con esa voz de mando que hacía que hasta las llamas de las velas parecieran enderezarse.
El chambelán golpeó el suelo con su vara y, uno a uno, los nobles empezaron a desfilar frente a nosotros. La tía Mary, con una elegancia impecable, fue la primera en dar el ejemplo, haciendo una reverencia profunda que mis hermanas imitaron con una gracia que me llenó de orgullo.
—Lady Elena Vane, Vizcondesa de la Ribera Alta —anunció el chambelán.
Vi a Elena acercarse. Estaba nerviosa, pero caminaba con la frente en alto. Se hundió en una reverencia impecable frente a mí.
—Majestades —dijo ella, con la voz firme—. Mi lealtad y mis tierras están al servicio de la Corona de Hierro y Rosas. Gracias por la confianza, mi Reina.
Le dediqué una inclinación de cabeza solemne.
—Vuestro trabajo con las granjas ha sido ejemplar, Vizcondesa. Esperamos grandes cosas de la Ribera Alta —respondí, sintiendo cómo el peso de mi nueva red de poder se materializaba frente a mis ojos.