Nota de la autora: Para una mejor experiencia, te recomiendo leer este capítulo escuchando "The Night We Met" de Lord Huron. Deja que la música te guíe a través de las sombras de la Ciudadela. Capítulo largo disfruten.
Un ciclo había pasado desde que el invierno se instaló en mis huesos, y aunque la Gala había sido un triunfo, el silencio de mis aposentos al amanecer seguía teniendo un eco que solo yo podía escuchar. Me encontraba de pie frente al gran ventanal de mi oficina, observando cómo la primera luz del alba teñía de un rosa pálido la nieve acumulada en los tejados.
En mis manos sostenía una taza de té de hierbas que ya se había enfriado. No podía probarlo. Desde hacía tres velitas, un nudo extraño se había instalado en mi garganta, y mi estómago parecía protestar ante cualquier aroma que no fuera el aire gélido que entraba por la rendija de la ventana.
—Otra vez —susurré para mí misma, apretando los dedos contra la porcelana fría.
El miedo me recorrió la columna, un miedo más afilado que cualquier daga de Caspian. No quería hacerme ilusiones. La última vez, la esperanza fue un pájaro que me arrancaron del pecho antes de que aprendiera a volar. Cerré los ojos y, por un momento, la melodía de los laúdes de la noche en que perdí a mi primer hijo pareció resonar en las paredes. Me vi a mí misma allí, rota, desangrándome en silencio mientras el mundo seguía girando.
Me llevé la mano libre al vientre, todavía plano bajo la seda de mi bata. Estaba rígida, conteniendo el aliento. No te emociones, Adelaide. No lo nombres. No lo sientas todavía, me repetía como un mantra para protegerme.
Pero mi cuerpo sabía algo que mi mente se negaba a aceptar. Había una calidez distinta, un latido sordo que no era el mío. Era como si la escarcha estuviera empezando a derretirse, muy despacio, gota a gota.
—Majestad —la voz suave de mi doncella me sacó de mi trance. Había entrado sin que yo la oyera—. El médico real está aquí para vuestra revisión de rutina del ciclo.
Sentí que el corazón se me subía a la boca. Dejé la taza sobre el escritorio con un tintineo tembloroso.
—Que pase —ordené, intentando que mi voz de Reina no se quebrara—. Y que nadie interrumpa. Ni siquiera el Rey.
El médico entró con su maletín de cuero y ese olor a hierbas secas que solía darme paz, pero que ahora me revolvía el juicio. Me senté en la silla de respaldo alto, sintiendo que el despacho se volvía pequeño, opresivo. Cada movimiento del hombre, cada vez que preparaba sus utensilios, se sentía como una vela que se consumía eternamente.
—¿Cómo os sentís, Adelaide? —preguntó él, observando mi palidez.
—Como si estuviera esperando una sentencia —respondí con una franqueza que me sorprendió.
Él asintió con tristeza, recordando, al igual que yo, la última vez que tuvo que darme noticias en esta misma habitación. Me pidió que me recostara en el diván. El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por el rasgueo de su pluma y el sonido del viento afuera. Yo miraba al techo, rezando a dioses en los que ya no creía, pidiendo que, si esto era real, esta vez no me lo quitaran.
El médico se tomó su tiempo. Sus manos, nudosas por los años, presionaron con delicadeza mi abdomen, buscando lo que yo ya sospechaba pero que me aterraba confirmar. Cada segundo era una "velita" que se consumía en mi pecho, quemándome por dentro. Mis ojos estaban fijos en el techo de caoba, siguiendo las vetas de la madera, intentando no pensar, no sentir, no ser nada más que una estatua de mármol.
Él se retiró, limpiando sus manos en un lienzo blanco. El silencio se prolongó tanto que sentí que el frío de la ventana empezaba a congelar mis pulmones.
—Majestad —dijo finalmente, con una voz que no era profesional, sino casi paternal—. La vida ha vuelto a reclamar su lugar.
El mundo se detuvo. No lloré. No sonreí. Simplemente me quedé allí, inmóvil, mientras las notas invisibles de una melancolía profunda me envolvían. Estaba embarazada. Otra vez.
—Podéis retiraros —le dije, mi voz sonando como si viniera de otro lugar, lejana y hueca.
—Pero, Majestad, debo daros las indicaciones, el reposo, las hierbas para fortalecer...
—He dicho que podéis retiraros —repetí, girando la cabeza para clavarlo con una mirada que no admitía réplica.
Cuando la puerta se cerró tras él, me incorporé lentamente. Me senté en el borde del diván, con las manos entrelazadas sobre mi regazo. No me toqué el vientre. Me daba miedo que, si mis manos sentían ese calor, mi corazón se abriera y la esperanza volviera a entrar para luego traicionarme.
Me levanté y caminé hacia el espejo. Vi a una mujer pálida, con los ojos hundidos por el peso de una corona que ahora se sentía más pesada que nunca. Me veía igual que hace un ciclo, pero por dentro era un desierto tratando de recordar cómo ser un jardín.
—No te voy a amar —susurré a mi reflejo, y mis propias palabras me dolieron como una estocada—. No todavía. No voy a darte un nombre, ni voy a imaginar tu rostro. No voy a comprarte cunas de oro ni a tejerte mantas de lana.
Me abracé a mí misma, sintiendo que un temblor me recorría entera. La angustia de la pérdida anterior emergió como un fantasma; recordé el dolor punzante, la sangre en las sábanas de seda y la mirada de vacío de Caspian. Me sentía una traidora por tener miedo de mi propio hijo, pero el terror a rompecabezas de nuevo era superior a cualquier alegría.
—Eres un bebé arcoíris —murmuré, con una lágrima solitaria rodando por mi mejilla—, pero yo sigo viviendo en la tormenta.
Caminé hacia mi escritorio y abrí el cajón secreto. Allí, guardada entre pergaminos de guerra, había una pequeña cinta de seda que había pertenecido al primer embarazo. La tomé entre mis dedos, apretándola con fuerza. El contraste entre la "Adelaide Reina" que gobernaba el Gran Salón y la "Adelaide mujer" que se desmoronaba en este despacho era absoluto. Tenía que ser fuerte para el reino, para Caspian... pero ¿quién era fuerte para mí?