El estruendo de la puerta al cerrarse la noche anterior todavía zumbaba en mis oídos como un eco maldito. Me quedé en el suelo de los aposentos hasta que el frío de las piedras me caló los huesos, sintiendo que la oscuridad de la habitación se me tragaba. No hubo música, ni consuelo, solo el sonido de mi propia respiración entrecortada y el vacío de la cama a mis espaldas.
A la mañana siguiente, la luz del sol golpeaba la nieve con una claridad insultante. Me levanté con el cuerpo entumecido, sintiendo que cada articulación pesaba una tonelada. Me lavé la cara con agua helada, observando en el espejo mis ojos hinchados y la palidez de una mujer que acababa de ganar un hijo pero sentía que había perdido a su compañero.
Salí de la alcoba. El pasillo estaba en un silencio sepulcral, roto solo por el choque metálico de las armaduras de los guardias al enderezarse. Caminé hacia el despacho de Caspian. No pedí permiso. No anuncié mi llegada. Empujé las puertas de roble y entré.
Caspian estaba de pie frente al gran ventanal, de espaldas a la entrada. No llevaba su casaca de gala, solo una camisa de lino blanco con las mangas remangadas y el cabello revuelto, como si hubiera pasado la noche pasándose las manos por la cabeza. El aire en el despacho olía a cera quemada y a la fatiga de una vela que se resiste a apagarse.
—Vete, Adelaide —dijo, sin girarse. Su voz era una línea plana, despojada de cualquier emoción—. No es el momento.
—No me voy a ir —respondí. Mi voz sonó más firme de lo que esperaba, aunque por dentro me estaba desmoronando—. Tienes razón en cada palabra que me lanzaste anoche. Fui egoísta. Me encerré tanto en mi miedo que te dejé fuera de un dolor que también te pertenecía.
Caspian se giró lentamente. Tenía la mandíbula apretada y sombras oscuras bajo los ojos. Se veía agotado, como si hubiera librado una guerra él solo en esas horas de ausencia.
—No se trata solo del dolor, Adelaide —soltó, y su tono era de una decepción que me dolió más que su furia—. Se trata de la confianza. ¿Cómo esperas que gobernemos un reino si ni siquiera confías en mí para sostenerte cuando tienes miedo? Me ocultaste a nuestro hijo. Me dejaste cuidarte por mentiras.
—Tenía terror, Caspian —di un paso hacia él, cruzando el espacio alfombrado que nos separaba—. Tenía tanto miedo de que, si tú te ilusionabas y esto terminaba como la última vez, vería cómo te rompías... y no creo que yo sea lo suficientemente fuerte para verte caer otra vez.
Él soltó una risa amarga y seca, mirando hacia el techo.
—¿Y crees que ocultármelo me protegía? —preguntó, bajando la vista para clavarla en la mía—. Me dejaste solo en la ignorancia mientras tú lidiabas con el fantasma de lo que perdimos. Me reclamaste que no hablaba contigo, pero tú levantaste un muro de mil pies de altura alrededor de este embarazo.
Me acerqué más, lo suficiente para notar que su respiración se alteraba ante mi proximidad. Tomé su mano, que estaba cerrada en un puño sobre la mesa, y obligué a sus dedos a abrirse.
—Perdóname —susurré, y esta vez una lágrima solitaria logró escapar—. He sido una cobarde. He intentado proteger algo que no me pertenece solo a mí. Es un bebé arcoíris, Caspian... pero no podrá brillar si seguimos viviendo en este invierno de secretos.
Caspian miró nuestras manos entrelazadas y luego me miró a mí. La rabia seguía ahí, pero estaba siendo sepultada por una necesidad mutua de no volver a estar solos en la oscuridad.
Caspian no retiró su mano, pero tampoco la apretó de inmediato. Se quedó observando el contraste de mis dedos pálidos contra los suyos, como si estuviera decidiendo si valía la pena volver a cruzar ese muro de mil pies que yo misma había levantado. El silencio en el despacho era absoluto, una presión que me pesaba en los pulmones más que la propia corona.
—Un bebé arcoíris —repitió él en un susurro apenas audible, y por primera vez, su voz no sonó a juicio, sino a una herida abierta—. Un arcoíris después de tanta oscuridad, Adelaide... y pretendías que lo viera solo cuando la tormenta ya hubiera pasado.
—No quería que sufrieras si el sol no salía, Caspian —dije, dando el último paso que nos separaba hasta que mi pecho rozó el suyo.
Él soltó un suspiro largo, un sonido que pareció arrancar todo el cansancio de la noche anterior. Finalmente, sus dedos se entrelazaron con los míos, apretándolos con una fuerza que buscaba anclarse a la realidad. Levantó su otra mano y, con una lentitud que me hizo temblar, acunó mi mejilla, barriendo con su pulgar el rastro de mi lágrima.
—Entiéndelo de una vez —murmuró, inclinando su frente hasta que chocó con la mía—. Prefiero mil tormentas a tu lado que un solo día de sol en el que me trates como a un extraño. Si ese niño se queda, lo celebraremos juntos desde hoy. Y si se va... —su voz se quebró un instante—, nos romperemos juntos. Pero no vuelvas a dejarme fuera de tu dolor, porque eso duele más que cualquier pérdida.
Cerré los ojos, sintiendo cómo el nudo que llevaba semanas asfixiándome empezaba a aflojarse. Me hundí en su abrazo, rodeando su cintura con mis brazos mientras escondía el rostro en su camisa de lino. Olía a cera de vela y a ese aroma a pino que siempre me devolvía la paz. Caspian me rodeó con sus brazos, pegándome a él con una posesión feroz, como si quisiera protegerme de mis propios miedos.
—No más secretos —prometí contra su pecho, sintiendo el latido de su corazón fundirse con el mío—. Ni una sola mentira más, Caspian.
—Ni una sola —confirmó él, besando la coronilla de mi cabeza.
Nos quedamos así durante un tiempo que no supe medir, simplemente respirando el uno del otro en medio del despacho. Ya no había música, ni galas, ni cortesanos observando; solo quedábamos nosotros dos, aceptando que la felicidad de este nuevo embarazo venía de la mano con un miedo que tendríamos que aprender a cargar entre los dos.