El sol de la mañana entraba con una claridad hiriente por los ventanales del comedor privado. Habían pasado dos semanas desde que Caspian y yo hicimos las paces, y aunque el ambiente entre nosotros era de una calma absoluta, el resto del palacio parecía estar despertando de un letargo.
Caspian estaba sentado frente a mí, revisando una serie de informes de la frontera sur. Ya no llevaba la armadura pesada; se permitía estar en camisa, pero su mirada seguía siendo la de un halcón. De vez en cuando, levantaba la vista de los pergaminos solo para asegurarse de que estaba comiendo. Su sobreprotección empezaba a ser... intensa.
—Caspian, si me das un trozo más de fruta, voy a terminar pareciendo una manzana —le dije, apartando el plato de porcelana con un gesto elegante pero firme.
Él soltó una risa seca, esa que solo me dedicaba a mí cuando estábamos solos.
—El médico dijo que necesitabas recuperar fuerzas, Adelaide. No me mires así. Solo sigo órdenes facultativas.
—Órdenes que tú mismo le dictaste al médico, no me mientas —le respondí, arqueando una ceja—. Pero tenemos un problema más grande que mi apetito. Sofía no ha dejado de rondar el ala oeste. Ayer me la encontré cerca de la enfermería y me preguntó por qué el boticario real había estado pidiendo tantas dosis de lavanda y jengibre.
Caspian dejó el pergamino sobre la mesa y su expresión se endureció. El jengibre era conocido por calmar las náuseas, y Sofía no era estúpida.
—Esa mujer tiene la nariz demasiado larga para su propio bien —gruñó él, tamborileando los dedos sobre la madera—. He reforzado la guardia en tus aposentos, pero si sigue haciendo preguntas, tendremos que darle una respuesta que no le guste.
—O podemos usar su curiosidad en su contra —sugerí, apoyando los codos en la mesa—. Si ella cree que estoy enferma de algo más grave, dejará de buscar señales de un embarazo y empezará a buscar señales de debilidad. Y sabemos que cuando Sofía cree que soy débil, comete errores.
En ese momento, el chambelán golpeó la puerta. Entró con paso presuroso y una reverencia nerviosa.
—Sus Majestades, el Consejo está reunido en el Gran Salón. Lord Alistair insiste en que se discuta la sucesión ahora que el invierno está terminando. Dicen que el pueblo necesita "estabilidad".
Caspian y yo intercambiamos una mirada cargada de significado. "Estabilidad" era el código de la nobleza para presionar por un heredero o, en su defecto, para empezar a sugerir esposas secundarias o herederos alternativos.
—Parece que el desayuno ha terminado —dijo Caspian poniéndose de pie y ofreciéndome su mano—. ¿Lista para otra ronda de mentiras y sonrisas falsas, mi Reina?
—Siempre, mi Rey —me levanté, acomodando la seda de mi vestido para que no revelara ni un ápice de la curva que empezaba a formarse en mi vientre—. Solo asegúrate de no mirar mi estómago cada cinco minutos. Vas a delatarnos antes de que crucemos la puerta.
Caspian me dedicó una mirada de soslayo, una mezcla de orgullo y esa posesividad que ahora quemaba más fuerte. Salimos al pasillo, recuperando nuestras máscaras de hielo. Al llegar al Gran Salón, las puertas se abrieron de par en par.
Allí estaban todos. Alistair con su cara de vinagre, los lores del Norte murmurando entre dientes y, en un rincón, Sofía. Llevaba un vestido azul pálido que la hacía parecer inocente, pero sus ojos estaban clavados en mi cintura.
—Majestades —dijo Alistair, dando un paso al frente—. Nos alegra ver que la Reina se encuentra... recuperada de sus recientes indisposiciones.
—Nunca estuve indispuesta, Lord Alistair —respondí, caminando hacia el trono con una seguridad que los hizo retroceder—. Solo estaba seleccionando qué cabezas rodarían primero si seguían interrumpiendo mi descanso con asuntos triviales.
Un silencio pesado cayó sobre la sala. Caspian se sentó a mi lado, apoyando su mano con firmeza en el brazo de su trono, su sola presencia intimidando a cualquiera que se atreviera a hablar.
—Hablemos de esa "estabilidad" que tanto les preocupa —dijo Caspian, y su voz retumbó en las vigas del techo—. Pero les advierto: no me gusta que me presionen en mi propia casa.
El Gran Salón estaba cargado de una tensión eléctrica, de esa que precede a las ejecuciones o a las traiciones. Lord Alistair dio un paso al frente, aclarando su garganta con un sonido seco que resonó en las paredes de piedra. Sus ojos, pequeños y astutos, no se apartaban de los míos.
—Majestad —comenzó Alistair, inclinando la cabeza lo mínimo indispensable para no ser acusado de falta de respeto—, no es mi intención importunaros, pero los rumores vuelan más rápido que los cuervos en la Ciudadela. Se dice que vuestra salud ha flaqueado, que las "indisposiciones" son más frecuentes de lo que vuestro gabinete admite. El pueblo y los lores aquí presentes temen que el linaje Blackwood se encuentre en un punto muerto. Necesitamos saber si hay un heredero en camino o si debemos empezar a considerar el protocolo de sucesión secundaria.
Sentí a Caspian tensarse a mi lado. Su mano, apoyada en el trono, se cerró en un puño tan fuerte que los nudillos le crujieron. Estaba a punto de estallar, pero yo le puse una mano suave sobre el antebrazo, frenándolo. No era el momento de la fuerza bruta, sino del veneno elegante.
—¿Sucesión secundaria, Lord Alistair? —pregunté, dejando que una sonrisa gélida curvara mis labios—. Parece que tiene usted mucha prisa por repartir una corona que todavía descansa firmemente sobre mi cabeza. ¿O es que ya tiene algún candidato en mente que sea más "estable" para sus intereses?
Un murmullo recorrió a los nobles. Alistair palideció un poco, pero antes de que pudiera replicar, Sofía se adelantó desde las sombras del rincón, luciendo esa expresión de falsa preocupación que tanto odiaba.
—Oh, Adelaide, no seas tan dura con el buen Lord —dijo Sofía, su voz destilando una dulzura hipócrita—. Todos estamos preocupados. De hecho, me tomé la libertad de traer un obsequio para ayudarte con esos... malestares.