Soberanía y Silencio

Capítulo 26

Las semanas habían pasado con una lentitud agónica, transformando la Ciudadela en una fortaleza hermética. Ya nada se dejaba al azar; cada carta que cruzaba las puertas era despojada de sus sellos y leída por tres ojos distintos, cada regalo era analizado por boticarios y cada detalle, por mínimo que fuera, pasaba por un filtro de seguridad que yo misma había diseñado. Mi madre y el consejo estaban atrapados tras muros de burocracia, pero el verdadero muro era el que Caspian había levantado alrededor de mis aposentos.

​Me encontraba recostada en la inmensidad de nuestra cama, sintiendo que mi propio cuerpo ya no me pertenecía. El "barrigón", como Caspian lo llamaba a veces entre bromas y besos, era ahora una presencia imponente que me impedía incluso caminar distancias cortas sin perder el aliento. Me sentía pesada, vulnerable y, por primera vez en mi vida, extrañamente en paz.

​Pasé la mano por la seda de mi camisón, sobando la curva tensa de mi vientre. Sentía cada movimiento del bebé, cada pequeña patada que parecía recordarme que el arcoíris estaba a punto de salir por completo.

​Caspian estaba allí conmigo, como había estado cada noche de este último trimestre. Se encontraba acostado de lado, con la cabeza apoyada con delicadeza sobre mi cadera, casi fundido conmigo. Su oreja estaba presionada contra mi piel, su mirada perdida en algún punto de la habitación, totalmente concentrado en los sonidos que venían de mi interior.

​—Se mueve mucho hoy —murmuró él, y sentí la vibración de su voz directamente en mis huesos—. Es inquieto. O inquieta. No deja de darme pequeños golpes en la mejilla.

​—Tiene tu carácter, Caspian —respondí con una sonrisa cansada, hundiendo mis dedos en su cabello revuelto—. No le gusta quedarse quieto y parece que ya quiere empezar a dictar sus propias reglas antes de nacer.

​Caspian soltó una risa suave, un sonido que antes era raro y que ahora se había vuelto la melodía de nuestras tardes. Cerró los ojos y suspiró, rodeando mi vientre con un brazo protector, como si su solo contacto pudiera filtrar cualquier mal que intentara acercarse.

​—A veces me quedo aquí escuchando —continuó él en un susurro, casi para sí mismo— y me cuesta creer que estemos a tan solo unas semanas. Me parece un milagro que, después de tanto invierno, el sol esté por fin aquí debajo de mi mano.

​Me quedé en silencio, observando la paz en el rostro del Rey Blackwood. El hombre que fuera del dormitorio era una tormenta de órdenes y acero, aquí era simplemente un padre esperando conocer a su hijo. La culpa de mis mentiras pasadas se había disuelto en este tiempo de espera, reemplazada por una complicidad que nos había vuelto invencibles.

​—¿Tienes miedo? —pregunté de repente, sintiendo una punzada de ansiedad ante la cercanía del parto.

​Caspian levantó la cabeza y me miró a los ojos. Sus ojos oscuros, que solían ser pozos de misterio, ahora estaban llenos de una claridad absoluta. Se incorporó apenas lo suficiente para besar la punta de mi nariz y luego volvió a bajar para besar la cima de mi vientre.

​—Tengo el terror más profundo que he sentido jamás —admitió con una franqueza que me desarmó—. Pero no es el miedo de antes, Adelaide. No es el miedo a perder. Es el miedo de saber que mi vida entera, todo mi mundo, está concentrado en esta cama. Si ustedes dos están bien, el reino puede arder si quiere. Yo solo necesito que el arcoíris termine de salir.

​Me llevé su mano a los labios y la besé, sintiendo el peso de su anillo de sello. Estábamos a semanas de que todo cambiara, a semanas de que el secreto más hermoso de la Ciudadela se convirtiera en un grito de vida. Y mientras Caspian seguía ahí, escuchando el latido de nuestro hijo sobre mi cadera, supe que ninguna carta, ningún veneno y ninguna madre podría jamás romper el círculo que habíamos creado.

N.A: Para una lectura mas amena leer la siguiente escena con la canción Turning Page de fondo <3.

La tarde caía sobre la Ciudadela con una luz dorada y engañosa, de esas que prometen calma mientras el mundo está a punto de transformarse. Me encontraba en el jardín privado, el único rincón del castillo donde el aire no olía a pergamino viejo ni a sospechas. Caminaba con lentitud, apoyada en el brazo de una de mis doncellas, sintiendo el peso de mi vientre como una carga preciosa que ya no me permitía ni siquiera ver mis propios pies.

​El aroma de los jazmines de invierno era intenso. Me detuve frente a un rosal, intentando recuperar el aliento, cuando un escalofrío extraño me recorrió la columna. No fue un dolor, sino una sensación de liberación súbita, seguida de un calor líquido que empapó mis faldas de seda y se derramó sobre los adoquines del jardín.

​Me quedé estática. El sonido del agua golpeando el suelo pareció un trueno en el silencio de la tarde.

​—Majestad... —susurró la doncella, palideciendo al ver el rastro húmedo a mis pies.

​—Llama al médico —ordené, y mi voz salió con una calma que no sentía—. Y busca a Caspian. Ahora.

​No pasaron ni diez minutos antes de que el caos controlado se desatara. El dolor llegó como una ola gigante, una contracción que me dobló por la mitad y me obligó a aferrarme a los rosales hasta que las espinas me hirieron las manos. No me importó. El jardín, mi refugio, se convirtió en el escenario de mi lucha.

​—¡Adelaide! —el grito de Caspian desgarró el aire. Lo vi correr hacia mí, con la capa ondeando y el rostro desencajado por un terror que nunca le había visto en el campo de batalla.

​Me tomó en sus brazos antes de que mis rodillas tocaran el suelo. Me cargó con una desesperación feroz, subiendo las escaleras hacia nuestros aposentos mientras yo enterraba las uñas en sus hombros, ahogando un grito contra su cuello.

​—Ya está aquí, Caspian —gemí entre dientes—. El arcoíris ya viene.

​—Lo sé, mi tormenta. Respira, mírame, no te vayas —me suplicaba él, dejándome sobre la cama que ya estaba rodeada de matronas y el boticario real.




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