Soberanía y Silencio

Capítulo 27

La luz que se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo era demasiado brillante, un tajo dorado que me obligó a cerrar los ojos con un quejido sordo. Sentía el cuerpo como si hubiera sido arrollado por una estampida; cada músculo me pesaba y un vacío extraño en mi vientre me recordaba, con una punzada de realidad, que ya no estaba sola en mi propio cuerpo.

​Intenté moverme, pero una mano firme y cálida apretó la mía, anclándome a la cama.

​—Despacio, mi tormenta. No intentes levantarte todavía.

​La voz de Caspian era un refugio. Abrí los ojos con esfuerzo y lo encontré allí, sentado en el borde del colchón. Tenía las ojeras más profundas que le había visto nunca y la camisa arrugada, como si no se hubiera movido de esa posición en toda la noche. Pero lo que me detuvo el aliento no fue su cansancio, sino lo que sostenía con un cuidado casi reverencial entre sus brazos.

​Un pequeño bulto envuelto en encaje y lana blanca.

​—¿Es ella? —susurré, y mi voz sonó como el crujir de hojas secas.

​Caspian asintió, y una sonrisa genuina, despojada de cualquier sombra de mando, iluminó su rostro. Se inclinó hacia mí, depositando con una delicadeza extrema a la pequeña criatura en el hueco de mi brazo. El calor de su cuerpecito contra el mío fue como una descarga eléctrica que terminó de despertarme los sentidos.

​Era perfecta. Tenía la piel rosada y suave, y una mata de cabello oscuro que le caía sobre la frente, exactamente igual al de su padre. Al sentir mi contacto, soltó un pequeño suspiro y estiró un puño diminuto que terminó enredándose en el encaje de mi camisón.

​—Hola, Elea —murmuré, y las lágrimas que no habían salido durante el dolor del parto empezaron a rodar por mis mejillas—. Hola, pequeña.

​—Ha estado esperándote —dijo Caspian, pasando un dedo por la mejilla de la niña—. Se puso inquieta hace una hora, como si supiera que estabas a punto de volver con nosotros.

​Me quedé absorta mirándola, maravillada por la fuerza que emanaba de algo tan frágil. Ella era el fin de mi invierno, el pacto de paz entre Caspian y yo hecho carne. Pero pronto, la realidad de la Ciudadela empezó a filtrarse por las grietas de mi felicidad.

​—¿Quién lo sabe? —pregunté, sin apartar la vista de Elea.

​—Nadie ha cruzado esa puerta —respondió Caspian, y su tono recuperó ese filo de acero que usaba con el mundo exterior—. Alistair y los demás están apostados en el pasillo como buitres esperando noticias. Tu madre... tu madre ha intentado entrar tres veces alegando su "derecho de abuela".

​Solté una risa amarga que me dolió en el abdomen.

​—Derecho de abuela... —repetí con desprecio—. Lo que quiere es ver si tiene una nueva ficha que mover en su tablero.

​—No va a tocarla, Adelaide. He dado órdenes claras: cualquier persona que intente entrar sin mi permiso explícito será arrestada por traición, sin importar su linaje. Los guardias tienen órdenes de desenvainar si es necesario.

​Acaricié la cabecita de Elea, sintiendo una protección feroz crecer en mi pecho. Ya no era solo la Reina la que dictaba las reglas; era la madre que no iba a permitir que el veneno de la corte tocara a su arcoíris.

​—Que esperen —dije con firmeza, mirando a Caspian a los ojos—. Que esperen hasta que yo decida que es el momento. Ahora mismo, el mundo termina en estas cuatro paredes.

​Caspian se inclinó y me besó la frente, un beso largo que selló nuestra alianza frente a lo que vendría.

​—Como digas, mi Reina. Que el mundo espere.

Me quedé un momento en silencio, disfrutando del calor de Elea contra mi pecho, pero sabía que había dos personas que habían estado sufriendo este invierno conmigo desde la distancia, aguantando la respiración tanto como yo.

​—Caspian —dije, apartando la mirada de la pequeña para buscar sus ojos—, deja pasar a Bianca y a Elara. Sé que deben estar ahí fuera, consumiéndose de los nervios.

​Caspian asintió, aunque vi un destello de duda en su mirada. Él sabía que cualquier apertura de esa puerta era un riesgo, pero entendía que mis hermanas no eran parte del nido de víboras que rodeaba a mi madre. Se levantó, caminó hacia la entrada de los aposentos y murmuró unas palabras a los guardias.

​Apenas se abrieron las hojas de roble, dos figuras entraron casi en tropel, olvidando por completo el protocolo.

​—¡Ade! —exclamaron las dos al unísono, sus voces cargadas de una angustia que se transformó en alivio puro al verme despierta.

​Bianca llegó primero, con su energía de siempre, pero se detuvo en seco al ver la fragilidad de la escena. Elara venía justo detrás, con los ojos enrojecidos de haber pasado la noche en vela. Ambas se acercaron a la cama con una mezcla de reverencia y desesperación, y sin poder contenerse más, se inclinaron para abrazarme con un cuidado extremo, como si temieran que fuera a romperme.

​—Estábamos tan asustadas, Ade —susurró Elara contra mi hombro, dejando escapar un sollozo—. Cuando escuchamos el revuelo y vimos a los médicos correr... pensamos lo peor.

​—No se librarán de mí tan fácilmente —respondí, rodeándolas con el brazo que tenía libre, sintiendo el aroma familiar de mis hermanas que me devolvía a mi infancia, mucho antes de las coronas y los venenos.

​Me separé un poco de ellas, sintiendo cómo Elea se removía, curiosa por las nuevas voces. Las dos bajaron la mirada al mismo tiempo y sus expresiones cambiaron por completo. El asombro borró cualquier rastro de miedo en sus rostros.

​—Mirad —les dije, con una nota de orgullo que no pude ocultar—. Os presento a vuestra sobrina. Se llama Elea.

​Bianca se tapó la boca con las manos, con los ojos muy abiertos.

​—Es... es diminuta —susurró, alargando un dedo para tocar con una delicadeza infinita la manita de la bebé—. Y tiene la nariz de Caspian, ¡pobre criatura!

​Solté una carcajada débil que me dolió en el abdomen, pero me supo a gloria. Elara, en cambio, no podía dejar de sonreír mientras las lágrimas volvían a asomar por sus ojos.




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