La calidez del momento se vio interrumpida por un golpe rítmico y suave en la puerta. Los tres nos tensamos; Caspian recuperó en un segundo su postura de soberano, aunque su camisa manchada le restaba algo de esa autoridad aterradora que solía proyectar.
—Adelaide, Caspian... soy yo —la voz de la tía Mary se filtró a través de la madera—. Traigo algo de caldo caliente y algunas compresas limpias. Y, si me permiten decirlo, escucho demasiadas risas para ser dos personas que no tienen idea de qué hacer con un recién nacido.
Caspian me miró, consultándome en silencio con las cejas arqueadas. Asentí. Mary era la única que no venía con un pergamino de exigencias bajo el brazo. Él se levantó, abrió la puerta apenas lo suficiente para que ella pasara y volvió a cerrarla con el cerrojo.
Mary entró con una bandeja y, al ver a Caspian con la mancha en el hombro, soltó una carcajada que intentó ahogar con la mano.
—Veo que la princesa ya ha marcado su territorio —dijo, dejando la bandeja en la mesa auxiliar—. Deja eso, muchacho. No eres el primer guerrero que acaba derrotado por un poco de orina de bebé. Adelaide, toma esto. Necesitas recuperar sangre.
Bebí el caldo mientras Mary se acercaba a la cama. Su sola presencia parecía ordenar el caos de la habitación. Con movimientos expertos, le mostró a Caspian cómo asegurar los nudos del lino para evitar futuros "accidentes" y cómo sostener a la pequeña para que expulsara el aire después de comer.
—El consejo está al borde del colapso —comentó Mary sin mirarnos, concentrada en acomodar la manta de Elea—. Dicen que el aislamiento es un insulto a la tradición. Lord Alistair ha redactado tres quejas formales y tu madre... bueno, ella está diciendo a quien quiera escucharla que seguramente la niña ha nacido débil y por eso la esconden.
Sentí que el caldo se me enfriaba en el estómago. La mención de mi madre siempre traía consigo un rastro de escarcha. Caspian se cruzó de brazos, su mandíbula apretándose.
—Que digan lo que quieran —respondí, mirando a mi hija, que ahora dormía con un puño apretado contra su mejilla—. No van a ponerle un dedo encima. No entrarán aquí hasta que yo pueda caminar por mis propios medios y recibirlos con la corona puesta.
—Eso es exactamente lo que les dije —asintió Mary, dedicándome una mirada llena de orgullo—. Pero prepárense. Han enviado una carta del boticario mayor del reino exigiendo certificar el nacimiento para los registros oficiales de los Ravendel. Dicen que, sin su sello, la sucesión podría ser cuestionada.
—¿Cuestionada? —Caspian soltó una risa oscura, dando un paso hacia la bandeja de las cartas que Mary había dejado—. Que vengan a cuestionarla frente a mi espada. Mi hija es la heredera de este trono y del mío, y no necesito el sello de un boticario que probablemente recibe sobornos de Sofía para saber que es sangre de mi sangre.
Se hizo un silencio en la habitación. Mary suspiró y me puso una mano en la pierna.
—Sé que quieren esta paz, y se la merecen. Pero no podrán ignorar al mundo para siempre. Tienen una semana, quizás dos, antes de que el consejo exija ver a la heredera.
—Entonces disfrutaremos cada segundo de esta semana —sentencié, atrayendo a Elea un poco más hacia mí—. Mary, gracias. Por favor, dile a mis hermanas que pueden volver por la tarde, pero que si traen a mi madre con ellas, Caspian las hará dormir en las caballerizas.
Mary sonrió, recogió la bandeja vacía y se retiró con la misma discreción con la que había entrado. Volvimos a quedar solos. Caspian se sentó de nuevo a mi lado, suspirando mientras se pasaba una mano por el rostro cansado.
—¿Crees que alguna vez nos dejarán en paz? —preguntó, mirando el fuego que chispeaba en la chimenea.
—Nunca —admití, entrelazando mis dedos con los suyos—. Pero ahora somos tres. Y ellos no tienen ni idea de lo que somos capaces de hacer para proteger nuestro arcoíris.
Caspian me besó la mano, y luego, con una ternura infinita, se inclinó para besar la frente de Elea. El mundo exterior podía seguir gritando, enviando cartas y conspirando en las sombras; aquí dentro, el tiempo seguía detenido en el aroma a leche y lino limpio de nuestra hija.
La mañana continuó en esa calma tensa, una burbuja de felicidad rodeada por un reino que exigía respuestas. Pero mientras miraba a Caspian intentar, por quinta vez, doblar una manta de forma perfecta, supe que no importaba cuántos boticarios o lores enviaran. La Ciudadela por fin tenía algo por lo que valía la pena luchar de verdad.
Las semanas de aislamiento pasaron entre el calor de los aposentos reales y el aprendizaje constante de ser padres. Mi cuerpo había sanado lo suficiente para recuperar mi postura de acero, aunque el peso de la responsabilidad materna ahora se sentía más fuerte que el de la propia corona.
Esa mañana, decidí que el encierro debía terminar, pero bajo mis propios términos. Me vestí con mis mejores sedas; un vestido de un azul profundo, casi negro, con bordados en plata que recordaban las constelaciones del Norte. La corona descansaba pesada sobre mi cabeza, y mi rostro, aunque más pálido que de costumbre, no mostraba ni un rastro de la debilidad del parto.
Caspian me esperaba en la puerta. Él también se había vestido con sus galas de Rey Blackwood, pero en sus ojos solo había una preocupación feroz por nosotras.
—¿Segura de esto? —preguntó, ajustando su capa.
—Es hora de marcar la línea, Caspian —respondí, dándole un beso fugaz a Elea, que se quedaba bajo la vigilancia absoluta de la tía Mary y una guardia de diez hombres de confianza.
Caminamos hacia el Gran Salón. Al abrirse las puertas, el murmullo de los consejeros y los lores se cortó en seco. Sofía estaba allí, en primera fila, con una expresión de triunfo que se desvaneció en cuanto vio que caminaba por mi propio pie y con la cabeza bien alta.
Subí al estrado y no me senté. Permanecí de pie, dominando la sala con la mirada.