Soberanía y Silencio

Capítulo 29

El sol de la mañana apenas comenzaba a calentar las piedras de la Ciudadela cuando las puertas de mis aposentos se abrieron. No fue una entrada estrepitosa ni cargada del protocolo asfixiante que tanto amaba mi madre; fue una entrada firme, con el peso de los años y la sabiduría del Valle de los Telares.

​Mi padre, Sergio, cruzó el umbral. Sus ojos recorrieron la habitación con una mezcla de alivio y nostalgia. Lo primero que hizo fue recibir el impacto de Bianca y Elara, quienes corrieron hacia él como cuando eran niñas.

​—¡Papá! —exclamaron al unísono, rodeándolo.

​—Mis niñas... —susurró él, abrazándolas con fuerza y besando sus frentes—. Veo que el invierno no ha podido con vuestro espíritu.

​Luego, levantó la vista y se encontró con Caspian, que se había puesto en pie por respeto, y con su hermana Mary, que aguardaba cerca de la ventana. Sergio se acercó a Caspian y, rompiendo toda formalidad, le estrechó la mano con firmeza y le dio una palmada en el hombro.

​—Rey Blackwood... gracias por cuidar de lo que más amo —le dijo con sinceridad. Luego, se volvió hacia Mary y la tomó de las manos—. Hermana, gracias por ser el pilar de esta casa cuando las sombras crecieron.

​Finalmente, sus ojos se posaron en mí. Me encontraba sentada en el borde de la cama, todavía recuperando las fuerzas. Sergio caminó hacia mí con pasos lentos, como si temiera que yo fuera un espejismo. Se arrodilló frente a mí y tomó mis manos entre las suyas, que olían a madera y a la libertad del valle.

​—Mi luz —murmuró, y vi cómo sus ojos se empañaban—. Estás pálida, Adelaide, pero tus ojos... tus ojos brillan con una fuerza que nunca antes habías tenido. Has pasado por el fuego y has salido convertida en acero.

​—He tenido buenos maestros, papá —respondí, sintiendo un nudo en la garganta—. Te extrañé cada día de este invierno.

​Él me besó las manos y luego se incorporó, dirigiendo su mirada hacia Caspian, quien sostenía a la pequeña Elea entre sus brazos con una naturalidad que ya empezaba a ser habitual en él. Mi padre se acercó a su yerno, mirando el pequeño bulto envuelto en lino que dormía ajeno a los reinos y las estirpes.

​—¿Me permites, Caspian? —preguntó Sergio con voz trémula.

​Caspian asintió con una media sonrisa y, con sumo cuidado, le entregó a la princesa. Sergio la recibió con la pericia de quien ya ha cargado a muchas generaciones. La sostuvo en alto, frente a la luz que entraba por el ventanal, observando cada rasgo de su rostro diminuto.

​—Es increíble... —dijo Sergio, y una sonrisa de asombro absoluto se dibujó en su rostro—. Es igual a Caspian, tiene esa determinación marcada en la frente... pero es una mezcla perfecta de Adelaide. Tiene la nariz de su madre y esa forma de apretar los labios cuando duerme que me recuerda tanto a ti cuando eras pequeña, mi luz.

​Se quedó allí, meciendo a Elea, mientras Bianca y Elara se acercaban para rodearlos. Por un momento, el aire en la habitación dejó de ser pesado. La presencia de mi padre había traído consigo la verdad de los Ravendel, esa que no necesitaba sellos ni coronas de oro.

​—Bienvenida a la familia, Elea —susurró Sergio, besando la mejilla de la bebé—. Tu abuelo está aquí, y te prometo que nadie volverá a intentar tejer tu destino sin tu permiso.

​Miré a Caspian y luego a mi padre. En ese rincón de la Ciudadela, el Valle de los Telares y el Trono de Hierro finalmente se habían unido para proteger lo único que importaba.

Caspian caminó con paso lento hasta situarse detrás de mí, rodeándome con sus brazos en un abrazo protector que me devolvió el calor que la sola mención de mi madre solía arrebatarme. Sus manos, grandes y firmes, se cruzaron sobre mi pecho; yo las apresé con las mías, aferrándome a su fuerza mientras miraba a mi padre a los ojos. Sergio seguía con Elea en brazos, pero su expresión se volvió sombría al notar el cambio en mi semblante.

​—Padre —comencé, y mi voz salió con una firmeza que no conocía de protocolos—, desde que la corona se posó sobre mi cabeza, la Ciudadela se ha vuelto un campo de batalla donde el enemigo duerme bajo nuestro mismo techo. Sofía no ha actuado como una reina madre, sino como una conspiradora que ve en su propia hija un obstáculo.

​Sergio frunció el ceño, apretando con delicadeza el fardo que era Elea.

​—Sabía que vuestra relación siempre fue difícil, mi luz, pero tus ojos dicen algo más grave —murmuró él.

​—Intentó envenenarme, papá —solté sin anestesia, sintiendo cómo el agarre de Caspian se tensaba apenas un poco—. En mitad de una reunión del consejo, me ofreció un "tónico" para fortalecer mi salud. Si no hubiera sido porque obligué a que alguien más lo probara, hoy no estarías conociendo a tu nieta. Ha intentado cuestionar la legitimidad de Elea, ha intentado entrar en mis aposentos por la fuerza y no ha dejado de sembrar dudas entre los lores desde el día en que supe que estaba embarazada.

​Mi padre guardó silencio por un momento largo, mirando a la pequeña Elea y luego a mí. El dolor en su rostro se transformó rápidamente en una indignación gélida, la misma que solo un Ravendel de sangre podía proyectar.

​—Ella siempre fue ambiciosa, pero atentar contra su propia sangre... eso es cruzar un límite del que no hay retorno —dijo Sergio, su voz resonando con una autoridad que hizo que hasta los guardias tras la puerta se irguieran—. El apellido que lleva lo tiene por el contrato que firmó conmigo, pero si cree que ese papel le da derecho a destruir lo que hemos construido, está muy equivocada.

​—Ella desprecia a Mary porque dice que no tiene peso político —añadí, sintiendo el apoyo constante de Caspian tras de mí—, pero Mary ha sido la única que ha protegido a esta niña. He prohibido a Sofía acercarse a Elea durante tres meses, y no pienso dar marcha atrás.

​Sergio asintió, devolviéndole con cuidado la bebé a Caspian. Luego se acercó de nuevo a mí y me puso una mano en la mejilla, obligándome a sostenerle la mirada.




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