El silencio en el Gran Salón era tan denso que podía escuchar mi propia respiración, rítmica y triunfal. Mis ojos no se apartaron de Sofía. Ella, que siempre había tenido una respuesta mordaz, una mirada de superioridad o un hilo del cual tirar, ahora parecía marchita. Su relevancia política, ese aire de invulnerabilidad que la rodeaba, se había evaporado bajo el peso de la sangre legítima de mi padre y el acero de mi esposo.
—La sesión ha terminado —declaré, y mi voz cortó el aire como una guadaña—. Aquellos que tengan quejas sobre las nuevas auditorías, pueden presentarlas por escrito. Mi padre las leerá cuando el Valle de los Telares termine de contar cada moneda que falta en nuestras arcas.
Me giré, dándole la espalda a la mesa del consejo. Caspian colocó su mano en la pequeña de mi espalda, guiándome con una firmeza que me hacía sentir que, aunque el suelo temblara, yo no caería. Sergio caminaba a mi otro lado, con el semblante serio pero con un brillo de orgullo en los ojos que me devolvía la paz.
Atravesamos los pasillos de piedra, ignorando los susurros de los cortesanos que se apartaban como si fuéramos una tormenta en movimiento. Al llegar a mis aposentos, el capitán de la guardia real golpeó el suelo con su lanza, abriendo las puertas de roble. Entramos y, de inmediato, el aroma a lavanda y la calidez del hogar nos golpearon, borrando el olor a pergamino viejo y traición del salón.
—Al fin —susurré, quitándome la corona y dejándola sobre la mesa de entrada con un golpe seco. Ya no la necesitaba allí dentro.
—Lo has hecho de maravilla, Adelaide —dijo mi padre, acercándose a la cuna donde Elea dormía, ajena a que su madre acababa de asegurar su herencia—. Has demostrado que el linaje Ravendel no se trata solo de nombres, sino de la voluntad de proteger lo que es justo.
Caspian se quitó la capa pesada y la arrojó sobre un sillón. Se acercó a mí y me tomó por los hombros, obligándome a mirarlo. Sus ojos oscuros, que hace diez minutos prometían muerte a los traidores, ahora desbordaban una ternura que solo me pertenecía a mí.
—Esa es mi Reina —murmuró, besando mi frente—. Hoy el Norte y el Valle han hablado con una sola voz. Sofía tardará mucho tiempo en recuperarse de este golpe, si es que lo logra.
—No lo logrará —sentencié, sintiendo un alivio profundo—. Ahora que papá está aquí para supervisar las cuentas y tú tienes a la guardia vigilando cada rincón, el invierno de Sofía ha comenzado oficialmente.
Mis hermanas, Bianca y Elara, salieron del rincón donde estaban leyendo, con los rostros iluminados. Mary estaba con ellas, meciendo suavemente la cuna.
—¿Cómo fue? —preguntó Bianca, casi saltando de la emoción—. ¿Viste la cara de mamá cuando papá le dijo que se fuera a sus aposentos?
—Fue mejor de lo que imaginaste —respondió Sergio con una risa ronca, sentándose en el gran sillón—. He visto ejércitos huir con más dignidad que esos consejeros cuando Adelaide presentó los informes.
Me acerqué a la cama y me senté, agotada pero con el espíritu ligero. Caspian se sentó a mi lado, rodeándome con su brazo. Bianca, con esa energía inagotable, tomó a Elea de la cuna y se acercó a nosotros.
—Miradla —dijo Bianca, depositando a la pequeña en el hueco de mis brazos—. Se ha despertado justo a tiempo para celebrar que su madre ha limpiado el reino de víboras.
Elea abrió sus ojos oscuros, esos ojos que eran un reflejo de los de Caspian, y por primera vez, me regaló una mueca que esta vez no eran gases; era una pequeña y clara sonrisa. Sentí una descarga de calor en el pecho que ninguna victoria política podría igualar.
—Hola, mi arcoíris —susurré, besando su mejilla suave—. Todo lo que hice hoy, y todo lo que haré mañana, es para que tú nunca tengas que caminar por esos pasillos con miedo.
Caspian se inclinó, apoyando su barbilla en mi hombro, observando a nuestra hija con una devoción que me hacía olvidar que era el temido Rey Blackwood. Sergio, Mary y mis hermanas nos rodearon, formando un círculo de sangre y lealtad que ninguna Sofía podría romper jamás. La primavera no estaba en los jardines de la Ciudadela, estaba aquí, en esta cama, protegida por el acero y la verdad.
La noche había caído finalmente sobre la Ciudadela, pero esta vez no traía consigo esa tensión gélida que solía filtrarse por las rendijas de las ventanas. El silencio era distinto; era denso, dulce y privado. Tras la tormenta en el Gran Salón, el mundo parecía haber dejado de existir fuera de las puertas de nuestros aposentos.
Caspian ya se había despojado de la armadura y las botas, vistiendo únicamente sus pantalones de lino y una camisa blanca desabotonada que dejaba ver el rastro de antiguas cicatrices de guerra, ahora iluminadas por el resplandor anaranjado de la chimenea. Se movía por la habitación con una ligereza que solo mostraba cuando estábamos solos, lejos de las miradas de los lores.
—Ven aquí, mi tormenta —murmuró, tendiéndome la mano.
Me acerqué a la inmensa cama, donde Elea descansaba sobre el edredón de seda, pataleando con una energía nueva. Ya no era ese bulto frágil de los primeros días; ahora parecía reclamar su espacio con una determinación que me recordaba demasiado a su padre. Me senté en el centro del colchón y Caspian se dejó caer detrás de mí, rodeándome con sus piernas y dejando que mi espalda descansara contra su pecho sólido.
Elea, al sentirnos cerca, soltó un balbuceo agudo y estiró sus manos hacia la barba de Caspian, que se asomaba por encima de mi hombro.
—Oh, no —rió Caspian, bajando la cabeza para que la pequeña pudiera alcanzarlo—. Ya ha empezado. Quiere el control total de la guardia real y ahora quiere mi barba. Es una negociadora implacable, Adelaide.
—Es una Blackwood —respondí, sintiendo la vibración de su risa contra mi espalda—. Te dije que no te dejaría en paz ni un segundo.
Caspian tomó una de las manos diminutas de Elea y la besó con una delicadeza que siempre me desarmaba. Ver a ese hombre, cuyas manos habían empuñado el acero más pesado del Norte, tratar a nuestra hija como si fuera el pétalo más delicado de un jardín, era mi victoria más grande.