La mañana de la gran presentación había llegado, y con ella, un caos que ningún protocolo real podría haber previsto. El sol apenas despuntaba sobre las torres de la Ciudadela, pero dentro de mis aposentos, la batalla ya había comenzado.
Me encontraba frente al gran espejo, con el cabello solo a medio recoger y mi bata de seda resbalando por mis hombros. En medio de la inmensa cama, rodeada de encajes, sedas y el pequeño vestido de ceremonia que me había costado una fortuna traer del Valle, estaba Elea. Y Elea no tenía ninguna intención de ser la princesa perfecta ese día.
—¡Elea, por favor! —exclamé, intentando por quinta vez meter su brazo derecho por la manguita de seda blanca—. Solo es un momento, pequeña Arcoíris. Quédate quieta.
La respuesta de mi hija fue un grito de indignación pura. Se retorció como una pequeña anguila, soltando una patada que mandó uno de sus patucos de lana directamente al suelo. Su rostro estaba encendido, sus mejillas más rojas que nunca y sus ojos oscuros brillaban con una rebeldía que me resultaba peligrosamente familiar.
En ese momento, la pesada puerta de roble se abrió y Caspian entró. Lucía imponente, con su uniforme de gala negro y plata, la capa de piel perfectamente colocada y el cabello peinado hacia atrás. Traía unos pergaminos en la mano, probablemente los últimos detalles de la seguridad en el Gran Salón, pero se detuvo en seco al ver la escena.
—¿Qué es este ruido? Se escucha desde el pasillo —dijo con una media sonrisa, aunque sus ojos mostraron sorpresa al ver mi estado de desesperación.
Me giré hacia él, con un mechón de pelo cayéndome por la cara y el vestido de Elea arrugado en mi mano.
—Alguien amaneció rebelde hoy —le solté, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello—. Me estresé, Caspian. De verdad. ¡Vístela tú! No he ni terminado de arreglarme, me falta el maquillaje, el resto del peinado y esta señorita no está cooperando en lo absoluto.
Él soltó una carcajada baja, dejando los pergaminos sobre la mesa de luz.
—¿La temida Reina Blackwood derrotada por una bebé de cuatro meses? —bromeó, acercándose a la cama con una calma que me dio ganas de lanzarle un cojín.
—No te rías, Caspian. Lo digo en serio —dije, apartándome y dándole espacio mientras me pasaba las manos por las sienes—. Lleva diez minutos peleando conmigo. Parece que sabe que hoy es un día importante y ha decidido que el protocolo no va con ella.
Caspian se sentó en el borde del colchón y miró a Elea, quien al ver a su padre, dejó de gritar por un segundo para dedicarle una mirada de sospecha.
—Ven aquí, pequeña general —susurró él, tomándola con esa seguridad que siempre me asombraba—. Tu madre tiene razón, hoy no es el día para una rebelión. Deja que papá te ayude.
Me quedé observando desde el tocador mientras Caspian, con sus manos grandes pero asombrosamente hábiles, empezaba a jugar con ella, distrayéndola con los botones de plata de su casaca mientras le deslizaba el vestido de seda. Elea balbuceó, intentando agarrarle la nariz, pero finalmente cedió ante los encantos de su padre.
—Ves, Adelaide —dijo él, lanzándome una mirada de reojo llena de suficiencia—, solo necesitaba un mando militar.
—No cantes victoria —murmuré, retomando mis pinceles mientras lo veía pelear ahora con los lazos del vestido—. Todavía faltan los zapatos. Y créeme, tiene una puntería excelente con los pies hoy.
Caspian rió, besando la frente de la niña que, aunque seguía con el ceño fruncido, empezaba a calmarse. El nido de víboras del consejo nos esperaba fuera, pero aquí dentro, la verdadera batalla era lograr que la futura Reina de los Ravendel no llegara a su presentación con un solo zapato.
El caos de la mañana, la rebelión de Elea con el vestido y mis propios nervios crispados parecieron disiparse en el momento en que las pesadas puertas de roble del Gran Salón se abrieron de par en par.
Caspian caminaba a mi lado, su presencia imponente y serena actuando como un ancla para mi ansiedad. Vestía su uniforme de gala, negro y plata, con la capa de piel de oso cayendo sobre sus hombros, y la corona de los Blackwood descansaba sobre su cabello oscuro. Yo, por mi parte, sentía el peso familiar de la corona de los Ravendel y el roce de la seda de mi vestido azul profundo, bordado con hilos de plata que formaban constelaciones.
Pero el verdadero centro de atención, la razón por la que la respiración del reino parecía haberse detenido, estaba en mis brazos.
Elea, tras su batalla matutina, había decidido finalmente cooperar. Llevaba su pequeño vestido de ceremonia, una réplica en miniatura del mío, y una diadema diminuta de plata y zafiros que mi padre le había regalado. Estaba despierta, con sus ojos oscuros y curiosos recorriendo el inmenso salón, ajena a la importancia de este momento.
El Gran Salón estaba a rebosar. Los lores del Norte, los consejeros, los delegados del Valle de los Telares y los representantes de las tierras más lejanas se habían reunido para este momento. Al vernos aparecer, el murmullo de voces cesó al instante, reemplazado por un silencio cargado de reverencia y expectación.
Caminamos por el pasillo central, bajo la mirada atenta de cientos de pares de ojos. Sentí la mano de Caspian rozar la mía en un gesto de apoyo silencioso mientras subíamos los escalones hacia el estrado real, donde mi padre, Sergio, y mi tía Mary nos esperaban con sonrisas llenas de orgullo. Sofía, por supuesto, no estaba presente; su "retiro" en sus aposentos era absoluto y definitivo.
Nos detuvimos frente al trono, mirando a la multitud. Caspian dio un paso al frente y su voz, profunda y resonante, llenó el salón.
—Lores, consejeros y ciudadanos de la Ciudadela —comenzó, y vi cómo hasta el más escéptico de los lores se erguía ante su tono de mando—. Hoy, tras un invierno largo y difícil, nos reunimos no solo para celebrar el nacimiento de una nueva generación, sino para reafirmar nuestra fe en el futuro de este reino.