Soberanía y Silencio

Capítulo 32

Los meses posteriores a la presentación de Elea pasaron volando, como si el tiempo en la Ciudadela hubiera decidido recuperar a marchas forzadas los días de paz que el largo invierno nos había robado. El ambiente en el castillo había cambiado de manera drástica. Ya no se respiraba ese miedo constante en los pasillos, ni se sentía la tensión de las miradas ocultas detrás de cada cortina pesada de los corredores; la victoria absoluta en el Gran Salón había dejado un mensaje claro para todo el reino: los Ravendel y los Blackwood gobernaban juntos, y las viejas reglas de la traición ya no tenían cabida aquí.

​Elea crecía a un ritmo que a veces me asustaba. A sus casi siete meses, ya no era la bebé indefensa que se quedaba quieta en la cuna mirando los bordados del dosel; se había convertido en una pequeña exploradora incansable que llenaba de vida nuestros aposentos. Sus mejillas estaban siempre encendidas y rosadas, y su cabello oscuro, rebelde y grueso como el de Caspian, comenzaba a formarle pequeños rizos indomables sobre la frente que yo me pasaba las horas intentando peinar sin éxito.

​Una tarde, mientras la luz dorada y densa del otoño se filtraba por los grandes ventanales de nuestros aposentos, me encontraba sentada en la alfombra de piel de oso frente a la chimenea. El fuego chisporroteaba con pereza, inundando la estancia con un olor a madera de pino que siempre me resultaba reconfortante. Elea estaba sentada frente a mí, sosteniéndose ya con total firmeza sobre su espaldita y batallando con un sonajero de plata y zafiros que mi tía Mary le había traído del Valle en su último viaje.

​—Vamos, mi pequeña tormenta —le susurré, apartando mis pinceles y extendiendo mis brazos hacia ella, dejando un espacio de apenas unos palmos entre las dos—. Inténtalo otra vez para mamá. Solo un poquito.

​Elea detuvo sus balbuceos y me miró con esos ojos oscuros, enormes e increíblemente inteligentes que había heredado de su padre. Soltó el sonajero con un golpe seco contra el suelo, apoyó sus manitas rechonchas en la alfombra y, con un esfuerzo supremo que hizo que frunciera el ceño con esa misma expresión de pura determinación militar que le conocía a Caspian, logró ponerse de rodillas. Se tambaleó hacia los lados, buscando un equilibrio que aún le era ajeno, y de repente, impulsada por un arranque de audacia, extendió sus brazos hacia mí. Dio un pequeño paso torpe, sus piececitos hundiéndose en el pelaje de la alfombra, y luego un segundo paso tambaleante antes de dejarse caer de bruces directamente sobre mi regazo, estallando en una carcajada cristalina y ruidosa que llenó cada rincón de la habitación.

​—¡Eso es una victoria en toda regla! —exclamó una voz profunda, cargada de una calidez que solo mostraba entre estas cuatro paredes.

​Me giré con una sonrisa y vi a Caspian cruzando el umbral de la pesada puerta de roble. Se estaba quitando los guantes de cuero negro tras una larga y extenuante jornada revisando los puestos de guardia de la muralla exterior, y traía el cabello ligeramente alborotado por el viento del Norte. Sin embargo, toda la seriedad y el cansancio de su rostro desaparecieron por completo en cuanto sus ojos se posaron en nuestra hija. Se arrodilló a nuestro lado en la alfombra sin importarle el protocolo ni su rango, y tomó a Elea en brazos, levantándola por los aires con una facilidad asombrosa mientras la niña pataleaba de la emoción, intentando alcanzar los botones de plata de su uniforme.

​—Ha dado dos pasos enteros, Caspian —le dije, sintiendo una opresión dulce en el pecho, una felicidad tan pura que casi me parecía irreal después de todo el dolor que habíamos cruzado—. Casi se mantiene en pie por sí misma.

​—Te lo dije, Adelaide —murmuró él, bajándola con extrema delicadeza para acomodarla entre sus piernas, protegiéndola con su cuerpo mientras le apartaba los rizos de la cara—. Esta niña va a correr antes de que nos demos cuenta, y cuando lo haga, la guardia real va a tener serios problemas para seguirle el ritmo. He visto soldados veteranos con menos determinación en la mirada que ella. Tiene tu terquedad, de eso no me cabe la menor duda.

​—Y tu fuerza de voluntad —añadí, inclinándome hacia él para apoyar mi cabeza en su hombro firme. Nos quedamos en silencio unos momentos, simplemente observando cómo Elea se concentraba ahora en intentar morder la empuñadura de la daga de gala que Caspian llevaba al cinto, obligándolo a apartarla entre risas bajas—. ¿Cómo estuvieron las cosas en la reunión del consejo hoy? Supongo que los lores no se han rendido con sus quejas sobre las nuevas tasas de comercio.

​La expresión de Caspian se volvió más fría por un instante, recuperando esa máscara implacable de Rey que vigilaba sus fronteras, aunque su agarre sobre los brazos de nuestra hija siguió siendo sumamente suave.

​—Tu padre es un estratega formidable, Adelaide. Los hombres del Valle de los Telares no dejan pasar una sola moneda sin registrar, y Sergio conoce los trucos de la nobleza mejor que ellos mismos. Lord Alistair intentó inventar un "gasto extraordinario" en el mantenimiento de los graneros del oeste para desviar fondos, una vieja táctica que la Ciudadela permitía en los tiempos de mi tío. Pero tu padre lo arrinconó frente a todo el comité con los libros de cuentas reales del Valle en la mano. No le dejó una sola salida. Alistair tuvo que agachar la cabeza, ponerse rojo como un tomate y pedir disculpas públicas ante los demás consejeros.

​—Me alegra saber que papá los tiene bajo un control tan estricto —respondí, soltando un suspiro largo que arrastró consigo los últimos vestigios de mi ansiedad—. Con él supervisando la economía de la corona y tus hombres patrullando las rutas del Norte para acabar con el contrabando, las reformas finalmente están echando raíces. La gente común empieza a ver los beneficios.

​—Lo están haciendo —asintió Caspian, girando el rostro hacia mí para clavar sus ojos oscuros en los míos. Se inclinó y me dio un beso corto pero cargado de una intensidad que me erizó la piel—. Hemos cambiado este lugar, mi reina. Pero lo que más paz me da es saber que el nido de víboras se está quedando sin veneno. Sofía sigue aislada. Mis espías en el ala este confirman que no ha intentado enviar un solo mensaje fuera de los muros. Pasa las horas muertas mirando el patio desde su ventana, sabiendo que su tablero de ajedrez se rompió y que ya no le quedan piezas que mover.




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