El sol del amanecer rompió sobre las montañas del Norte, tiñendo el cielo de la Ciudadela con pinceladas de oro, violeta y carmesí. Era un día perfecto, el día en que el reino entero se detenía para celebrar una década completa de paz ininterrumpida y el florecimiento de la nueva heredera. Desde mi ventana, el bullicio de la plaza ya era ensordecedor; los artesanos del Valle de los Telares decoraban las barandillas de piedra con estandartes de seda brillante, mientras los soldados del Norte compartían pan y reían con los ciudadanos en las calles.
Me miré al espejo una última vez. El vestido azul profundo se ceñía a mi cuerpo con elegancia, y sobre mis hombros caía la capa de terciopelo bordada con hilos de plata. Al colocar la corona de los Ravendel sobre mi cabeza, ya no sentí el peso asfixiante de los primeros años, sino la ligereza de una autoridad que se había ganado con justicia, no con miedo.
Caspian entró a la habitación, luciendo imponente con su casaca negra de gala y los relieves de plata de los Blackwood brillando con fuerza. Se detuvo a mis espaldas, rodeándome con sus brazos en ese abrazo protector que me devolvía el calor en cualquier tormenta. Sus manos grandes se posaron sobre mi cintura y yo las apresé con las mías, inclinando la cabeza hacia atrás para buscar sus labios en un beso corto y cargado de una devoción que los años solo habían hecho madurar.
—Es hora, mi Reina —murmuró contra mi oído, su voz baja y ronca—. Nuestra pequeña general nos espera.
Caminamos juntos hacia el Gran Salón, y al abrirse las puertas de par en par, el impacto visual fue sobrecogedor. El lugar donde una vez se arrastraron las víboras del consejo ahora estaba repleto de lores, delegados y comandantes que se pusieron en pie al instante, haciendo resonar el acero de sus espadas en un saludo de absoluto respeto. En el estrado real, mi padre Sergio y mi tía Mary aguardaban con sonrisas que desbordaban orgullo, flanqueando los tronos.
Pero en el centro de todas las miradas estaba Elea.
Caminaba unos pasos por delante de nosotros, con el mentón en alto y una elegancia innata que dejaba sin aliento. Vestía sus colores de gala y llevaba la diadema de zafiros perfectamente asentada sobre sus rizos oscuros. Sus ojos, esos pozos negros idénticos a los de su padre, recorrieron el salón con una seguridad asombrosa. Al llegar frente al trono, se giró hacia la multitud, manteniéndose firme sobre el suelo que tanto nos había costado limpiar para ella.
Caspian dio un paso al frente, y su voz militar, profunda y resonante, llenó cada rincón del salón:
—Lores, consejeros y ciudadanos. Hace diez años, este reino se encontraba dividido por las sombras de la ambición y la desconfianza. Hoy, nos plantamos ante ustedes no solo para celebrar una década de prosperidad, sino para reafirmar el juramento que une al Norte y al Valle bajo una sola estirpe.
Tomé aire, dando un paso al lado de mi esposo y posando mi mano sobre el hombro de nuestra hija. Elea me miró de reojo y me dedicó una sonrisa diminuta, esa chispa de orgullo que borraba cualquier rastro de la niña temerosa de la noche anterior.
—Aquí se planta el futuro de la Ciudadela —declaré, y mi voz, clara e inquebrantable, resonó con la fuerza de una soberana que ha vencido a su propio pasado—. Una heredera que no conoce el miedo de las intrigas, porque fue criada en la verdad, el amor y la lealtad de su sangre. Ante ustedes, la Princesa Elea.
El Gran Salón estalló en una aclamación unánime. Los lores del Norte chocaron sus escudos, los tejedores alzaron sus telas y los vítores se elevaron hasta las vigas del techo. Elea dio un paso al frente y levantó la mano con un gesto solemne, ganándose el corazón de cada hombre y mujer presente en el lugar.
Horas más tarde, cuando el protocolo finalmente cedió ante la fiesta popular, nos retiramos al balcón principal. El sol de la tarde doraba las torres grises del castillo. Abajo, en el patio de armas, alcancé a ver a Elea corriendo libremente entre Bianca y Elara, riendo a carcajadas mientras intentaba atrapar los pétalos de flores que la gente lanzaba desde los torreones.
Mi madre Sofía había muerto un par de inviernos atrás en la quietud de su exilio, llevándose consigo las últimas cenizas de un tablero de ajedrez que ya no existía. La Ciudadela ya no era un nido de conspiradores; era, por fin, un hogar real.
Caspian se situó detrás de mí en el balcón, envolviéndome de nuevo en sus brazos y pegando mi espalda a su pecho firme.
—Lo logramos, Adelaide —susurró, besando mi sien con una paz que se filtró directo a mi alma—. La tormenta terminó para siempre.
—Sí, Caspian —respondí, girándome en sus brazos para clavar mis ojos en los suyos—. El invierno se ha ido, y nuestra primavera se va a quedar.
Le di un beso largo, dulce y definitivo, mientras los vítores del pueblo subían desde la plaza saludando a nuestra familia. Miré al horizonte por última vez: mi luz brillaba más fuerte que nunca, y el arcoíris que tanto habíamos esperado finalmente descansaba sobre toda la Ciudadela.