El tiempo, cuando se vive en paz, deja de ser una cuenta regresiva de peligros para convertirse en un testigo silencioso de la vida. Quince años habían transcurrido desde aquella mañana en que Elea se plantó ante el Gran Salón con su diadema de zafiros. Quince años en los que las piedras grises de la Ciudadela se habían desgastado un poco más bajo los pasos de una nueva generación, pero donde los cimientos que Caspian y yo construimos jamás volvieron a temblar.
Me encontraba en el despacho real, el mismo lugar que alguna vez se sintió como una prisión de pergaminos y cuentas alteradas. El sol del atardecer entraba oblicuo, pintando las paredes con un tono ámbar y cálido. Frente a mí, sentada en la inmensa silla de roble que alguna vez ocupó mi padre, estaba Elea.
A sus veinticinco años, mi pequeña tormenta se había convertido en una mujer imponente. Vestía una túnica de montar azul oscuro, con los puños reforzados en cuero, y mantenía la espalda tan erguida que era imposible no ver en ella el porte de los Blackwood. Tenía mi misma forma de sostener la pluma entre los dedos, pero cuando levantaba la vista para analizar los mapas de las fronteras, la intensidad de sus ojos oscuros era el vivo reflejo de Caspian.
—Las guarniciones del Norte ya han recibido el cargamento de grano del Valle, mamá —dijo Elea, firmando el último pergamino con un trazo limpio y seguro—. El general Blackwood confirma que los almacenes están llenos para el próximo invierno. No habrá penurias en la frontera.
—Has aprendido a anticiparte a las tormentas, Elea —le respondí con una sonrisa, acercándome a la mesa para colocar una mano sobre su hombro—. Tu abuelo Sergio estaría muy orgulloso de ver cómo manejas los hilos del comercio y el ejército al mismo tiempo.
Elea dejó la pluma a un lado y me miró, relajando por fin esa expresión de severidad real que tanto le gustaba imitar.
—El abuelo me enseñó que un buen gobernante no espera a que el invierno llegue para abrigar a su pueblo —murmuró, con un brillo de nostalgia en los ojos—. Lo extraño, mamá. Pero cada vez que reviso las cuentas del Valle, siento que él sigue aquí, vigilando que ninguna moneda se desvíe.
Mi padre había partido en paz unos años atrás, rodeado del amor de sus hijas y con la tranquilidad de saber que el linaje Ravendel estaba más seguro que nunca. Mi tía Mary seguía siendo el alma de la casa, pasando sus días en los jardines de la Ciudadela enseñando a las nuevas damas que el verdadero peso de una mujer no residía en los matrimonios arreglados, sino en la fuerza de su carácter.
La puerta del despacho se abrió sin previo aviso, rompiendo la solemnidad del momento. Caspian entró en la habitación. Los años habían dejado algunos hilos de plata en su cabello oscuro y líneas más marcadas alrededor de sus ojos, pero su presencia seguía siendo tan imponente y sólida como el primer día que lo vi salir de las sombras del Norte. Traía consigo dos copas de vino y una expresión de complicidad que el tiempo no había logrado desgastar.
—La guardia de la tarde ya ha cerrado las puertas principales —anunció Caspian, dejando una de las copas frente a Elea y acercándose a mí para rodear mi cintura con su brazo inseparnable—. Y la plaza está en absoluto silencio. Creo que la Reina y la futura heredera ya han trabajado suficiente por hoy.
—Papá, estábamos terminando de revisar los presupuestos para la reconstrucción del puente del este —protestó Elea, aunque una sonrisa delató su alivio.
—El puente ha estado allí cien años, Elea, puede esperar a mañana —bromeó Caspian, inclinándose para darle un beso en la frente a nuestra hija antes de volverse hacia mí—. Además, tu madre lleva todo el día encerrada y el aire de los jardines está perfecto esta noche.
Me dejé guiar por él hacia el balcón privado del despacho, ese rincón del castillo que se había convertido en nuestro santuario personal. El aire fresco de la noche nos recibió, trayendo consigo el aroma a pino de las montañas y la calma de un reino que dormía sin miedo. Abajo, las luces de las casas de la Ciudadela parpadeaban como un reflejo de las estrellas en el cielo.
Caspian se colocó detrás de mí, como lo había hecho durante las últimas décadas, envolviéndome en su abrazo y entrelazando sus dedos con los míos sobre la barandilla de piedra. Apoyé mi espalda contra su pecho, sintiendo el latido rítmico de su corazón, el sonido que me había salvado de la locura en mis peores momentos.
—Mírala —susurró Caspian, indicando con la mirada el interior del despacho, donde Elea se había puesto en pie para guardar los mapas con un cuidado minucioso—. Ya no necesita que la defendamos de nada, Adelaide. Está lista para cuando llegue su momento.
—Lo está —asentí, sintiendo una lágrima de profunda gratitud deslizarse por mi mejilla, aunque mi sonrisa permanecía intacta—. Construimos un mundo donde ella puede reinar sin tener que desconfiar de su propia sombra. Limpiamos el nido de víboras, Caspian.
—No lo hicimos solos —murmuró él, besando mi sien con una ternura que me estremeció el cuerpo—. Lo hicimos juntos. El acero y la corona. El Norte y el Valle.
Miré por última vez al horizonte oscuro, donde la silueta de las montañas se unía con el cielo estrellado. Las intrigas de mi madre, el tónico envenenado, los lores corruptos y el miedo al parto parecían ahora historias lejanas, mitos de un pasado que ya no tenía poder sobre nosotros. En los brazos de Caspian, bajo la mirada firme de la hija que tanto habíamos protegido, supe que nuestra historia estaba completa.
El invierno de la Ciudadela había quedado sepultado bajo tierra firme, y la primavera que tanto habíamos defendido con sangre y fuego se había convertido, finalmente, en una eternidad.