Soberano de Constelaciones

Constelación Revelada 3

El agua comenzó a salir de la canilla y el joven unió sus manos para formar un cuenco, lo acercó al agua para retirarlo cuando estuviera lleno solo que el temblor de sus brazos lo dejó con muy poca agua. De todas formas levantó los brazos y se echó el agua en el rostro, era poca así que tuvo que hacerlo un par de veces más; hasta que Asil pudiera lograr tranquilizarse un poco.

No importaba cuantas veces hiciera esto siempre acababa igual, un lado de él quería ver eso como algo bueno, tendría que preocuparse cuando se volviera insensible ante todo esto porque de seguro habría perdido su humanidad. Cerró la canilla de agua y se sacó las manos antes de tomar el parche a un lado y colocárselo en el ojo izquierdo.

Sus brazos temblaron un poquito más, era algo de esperarse considerando que estaban llenos de moretones de color violeta, eran tan oscuros que ni siquiera podrían pasar como piel de morcamin. Un dolor punzante lo atormentaba de solo mantener ambos brazos levantados y flexionados, por lo que tomó aire una vez más para obligar a su cuerpo a relajarse.

Su ojo derecho pasó por el reflejo del espejo en el baño por un instante eléctrico, no quería verse con detenimiento si igual ya sabía lo que encontraría. Alrededor de su cuello se formaba un anillo rojo cuyo ardor podía sentir con intensidad, su pecho también tenía algunos moretones aunque resaltaban mucho más las marcas rojas de los dientes, incrustados en su piel con tal fuerza que casi sangraría: había algunas en sus hombros, en su abdomen y una rodeando una tetilla.

El Atalayo ignoró eso para darse media vuelta, su mano fue al picaporte para abrir la puerta y su subconsciente dudó, le tomó unos segundos reaccionar en girarlo para abrir la puerta y salir. Del otro lado se encontraba aquella amplia habitación, una cama igual de grande ocupaba casi todo el espacio (diseñada para que entrara toda una relación poliamorosa, aunque solo la usaran dos personas). En las mesitas de noche a los costados había unas velas aromáticas prendidas y las lámparas que colgaban del techo tenían un color purpura oscuro.

Un electrizante miedo recorrió su ojo bueno mientras lo desplazaba, cuando quedó mirando a la cama se relajó un poco de que no hubiera nadie. Las sábanas negras y de bordes carmesí estaban destendidas y arrugadas, el mueble estaba hecho para dormir pero transmitía más la pinta de haber sido el escenario de una lucha. Y más o menos ese había sido el caso, siempre que se pudiera considerar como lucha cuando una de las partes esta inmovilizada con cinturones de cuero negro y la otra disfruta todo.

Escuchó un rechinar y los pelos de su cuerpo se erizaron del miedo, se volteó hasta el origen del ruido en la otra punta del cuarto y notó otra puerta abierta. Presenció la espalda de piel violeta de una mujer marcharse, a la par que se colocaba una bata de tela blanca y se acomodaba su cabello gris bien cuidado.

El corazón de Asil se tranquilizó, había sobrevivido otra rotación más, todo gracias a que la Alta Mariscal ya se habría aburrido por lo que queda de la noche. Seguía un poco paralizado por el dolor asi que le tomó unos segundos antes de reaccionar, la respiración de su cuerpo era más lenta de lo normal y el calor del cuarto le pesaba en el debilitado cuerpo <Hoy fue incluso más brutal que otras veces ¿Acaso pasó algo malo?>.

Rodeó la enorme cama para acabar en el lado opuesto al baño, allí un par de puertas de cristal daban paso a un balcón ovalado. Tomó una pequeña caja de cartón de la mesita de noche y salió afuera, el pent-house era tan alto que se encontraba por encima de las nubes y la noche de hoy era nublada. Aun así podían notarse otros edificios iguales o más altos a la distancia, todos desgarrando la negrura de la noche para intentar alcanzar las constelaciones.

Una brisa de aire frio pasó por el balcón y el cuerpo de Asil lo disfrutó, abrió la pequeña caja y del interior sacó un encendedor y un cigarrillo para fumarlo. El toxico humo gris abrazó todos sus pulmones, algo que extrañamente sentía que lo relajaba, lo mantuvo allí un rato antes de expulsarlo y dejar que el viento se lo llevara. Se supone que ese producto es muy dañino para la salud, había miles de casos de muertes y enfermedades por eso, y aun así a él no le hacía nada ¿Por qué no lo mataba también?

Una descarga electriza hizo temblar todo su cuerpo cuando volvió a escuchar el chirrido, el mismo de antes. La puerta había vuelto a abrirse y si alguien salió solo podía significar que esa misma persona había vuelto a entrar. Los tacones que la morcamin usaba la hacían parecer mucho más alta de lo que realmente era, y eran tan lujosos como la bata blanca que usaba <¿Otro round más quiere?> pensó algo aterrado. Realmente no sabía si lo soportaría o si quería soportarlo incluso.

Los ojos verdes de la Alta Mariscal estaban clavados en él, lo estuvieron todo el tiempo en que ella rodeó la cama y salió al balcón para acompañarlo. Una vez que la distancia entre ellos fue de pocos centímetros ella se rio. –Convídame uno –pidió extendiendo su mano y Asil obedeció.

A él no le gustó nada tener que compartir incluso su momento de descanso con ella, le hubiera gustado ese momento con cualquier otro chico o chica, pero con ella cerca ni siquiera fumar apaciguaría su cuerpo. –Iba a hacer más –rompió el silencio ella. Soltó el humo de su boca y este se camufló con su cabello gris mientras se alejaba en el cielo. Su vista se elevó hasta las brillantes y claras estrellas en el cielo negro, los atrayentes colores azul, naranja, amarillo, blanco y rojo parecían darle más vida a las Sagradas Constelaciones.

El Atalayo se mantuvo en silencio.

–Sé que a veces no lo crees, pero en serio deberías agradecer lo buena que soy. No solo me contuve en los últimos momentos sino que encima me controlo para no pedir otra ronda más.

Por un momento el joven la observaba, la bata se le caía por un hombro revelando su piel violeta bien cuidada. Aunque al final su ojo azul oscuro cayó al suelo. –Gracias –soltó con pesadez y obligación. A ella le gustaba que reconocieran su amabilidad, y si no lo hacía ya se imaginaba que lo tendrían atado en esa cama otra vez haciéndolo rogar gracias entre el dolor–. En serio muchas gracias –agregó por las dudas.




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