De un segundo a otro la oscuridad se volvió luz cuando los parpados se abrieron, similar a como las estrellas brillan cuando Saglamak se esconde, los ojos violetas de Bulent destellaron. Sus fosas nasales sintieron el aire esterilizado del lugar y eso le provocó una sensación relajante, volteó su cabeza a ambos costados y fue cuando se dio cuenta de que una sección de su vista permanecía a oscuras.
Uno de sus parpados no se había abierto aunque él sentía que sí, se llevó una mano a un ojo y sintió una gaza, lo tenía tapado. Intentó mover el parpado debajo y sintió un fuerte dolor punzante que lo hizo detenerse casi de inmediato <Lo mejor será dejarlo cerrado> pensó para sí mismo, incluso aquella voz interna, resonando en su cabeza, la sentía cansada y adolorida. Ahora se le dificultaba creer como es que podría haber sobrevivido tanto.
En su ojo bueno la vista periférica le advirtió de algo, en la habitación donde se encontraba resaltaba un cómodo sillón bajo, este estaba siendo utilizado por una persona que ahora dormía. No, no era cualquier persona, al cerebro de Bulent le tomó un segundo pero logró reconocerla.
–¿Mamá? –Al sentirse confundido se le escapó la pregunta. El suave eco de su voz pareció ser lo suficientemente fuerte como para despertarla de su sueño, aunque tal vez su sueño de por si no era muy profundo–. ¿Cómo llegué aquí? –agregó aclarando su mente. No recordaba nada del trayecto, solo terminar de hacer su deber en el estadio. Ni siquiera podía recordar cuando fue que se durmió.
A la par su madre se levantaba llena de energía del sillón, una gran y genuina sonrisa se formó en los labios y en un instante cruzó todo el cuarto hasta llegar a su lado en la cama. Se encontraba en el mismo lado que su ojo bueno. –Mi amor –dijo con demasiada ternura y resplandor–. Estaba tan preocupada, cuando me llamaron y me dijeron que te internaron. –Esos lindos sentimientos empezaron a marchitarse, su lustre sonrisa a oscurecerse, era como una represa que se desmoronaba para darle paso a una inundación–. Tenías todo el rostro muy lastimado, cortado e hinchado. Y muchas fracturas internas, hemorragias y… –Ella se detuvo en seco cuando ahogó un lamento y levantó una mano para taparse la boca. Era una mujer, tenía que ser fuerte.
El hucamin tomó aire, le dolió más de lo esperado al momento en que su pecho se infló. –Claro, el dolor brilla con claridad en mi mente –comentó soltando el aire–. Solo que no recuerdo nada después. –En realidad si podía recordar, incluso con más lucidez de la que le gustaría: su ida al subnivel del estadio, la pelea con la Atalaya, la destrucción de la corona… eso si le dolió recordar, asesinar a la Atalaya, acabar de colocar las bombas y destruirlo todo. Pero no tenía ninguna memoria luego de eso y antes de despertarse aquí y ahora.
–La doctora dijo que eso podía pasar –explicó ella–. Esa amnesia y confusión recientes se deben a lo que te pasó. También me dijeron que dos mujeres y un joven te trajeron herido. –Su madre ya parecía estar recuperándose un poco más de su malestar interno–. Ellos dijeron que ocurrió un disturbio en el estadio, todos los que se formaban empezaron a entrar de golpe y te caíste. –Se trabó al hablar antes de decir lo siguiente–. Y las demás personas te aplastaron, te pasaron por encima hijo.
Imaginarse aquella situación mientras la relataba tuvo que ser peor para ella que ver a su propio hijo herido, al menos eso supuso este último porque fue cuando su madre empezó a llorar sin control. A Bulent le lastimaba verla a ella así, sentía como se le caían todas las estrellas a la vez que sus lágrimas. Intentó hacer algo para reconfortarla, pero el dolor que lo atormentaba era tal que le impedía hacer mucho. Al final su propia madre se detuvo al poco tiempo, limpiándose las lágrimas con la manga de su brazo.
No, que se detuviera no fue algo que le importó al Iluminado. Porque alguien no llorara no significaba que dejara de sentirse mal. Fue por eso que Bulent se siguió esforzando, ignoró los distintos tipos de dolores gritándole en muchas zonas de su cuerpo y se obligó a levantar su brazo. Notó la intravenosa conectada a su muñeca y llenándose con un poco de su sangre, no le importaba ahora, solo le importó agarrar la mano de su madre. –No te preocupes por favor, ya pasó todo, acabó. Estoy bien.
–Resplandeciente –reconfirmó ella aguantándose una pequeña risa–, gracias a las Doncellas que te protegieron. Te permitieron estar aquí. –Usando su otra mano su madre la envolvió sobre la de él.
Esas palabras calaron más profundo en el hucamin de lo que este esperaba. Eso podía haber sido posible, es decir, que las Doncellas lo hubieran protegido. Al final de cuentas fueron ellas quienes le habían dejado la corona para que pudiera ayudar a la comunidad, y en su último aprieto lo tuvieron que salvar.
Aunque claro que Bulent no era idiota como para pensar que aquellas constelaciones zodiacales se manifestaron personalmente para ir en su rescate, ellas no trabajan de esa manera. Ellas guían, así que como lo guiaron para que encontrara la corona aquella noche. En este caso ellas debieron guiar a Varn… a Murat, Abi e Irfan a que lo encontraran y ayudaran.
Ellas lo ayudaron, era una compensación por todo el trabajo y sufrimiento que pasó por sus ideales, por querer ayudar a la comunidad en la que vive.
–¿Sabes mamá? Creo que tienes razón –concluyó.
Después de eso volvió a relajarse un poco, tomó aire y lo exhaló, solo que eso provocó que de repente dos de sus neuronas se conectaran y le hicieron brillar un pensamiento <La corona ¿Dónde está la corona?> intentó controlar la desesperación que surgía en su interior. En cambio, se concentró en su madre y preguntó. –Tengo una bata de hospital ¿Dónde están las cosas con las que fui al estadio?
Con la mirada su madre miró otro sillón en una esquina del cuarto, en la dirección opuesta al sillón en el que estuvo ella hace un momento. Allí estaba su ropa doblada, en la cima su celular y la billetera. Pero no estaba su corona descompuesta y tampoco la mochila, ni su otra ropa.
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Editado: 28.03.2026