La sala de estar estaba hecha un desastre que parecía encogerse alrededor del Iluminado, sus paredes opresivas abrazándolo con toda pasión el desorden esparcido. Era demasiado para él, se había asegurado siempre de ser precavido respecto a no revelar su identidad o que lo siguieran, y ahora de todas formas había pasado lo peor que podía imaginar. La luz cobrando peso sobre sus hombros, su cuerpo se tambaleaba por la culpa que sentía.
Su respiración se volvió rápida y entrecortada, intentando hacerle una carrera a los latidos de su corazón, los cuales resonaban en sus oídos como un tambor radiante. A su vez el silencio en el departamento se volvía ensordecedor para Bulent, un silencio que gritaba por todos lados que todo esto era su culpa y de nadie más.
No sabía qué hacer, no sabía cómo detener la marea de pánico que lo consumía, estaba siendo aplastado por el peso abrumador. Entonces, cual destello de estrella fugaz, logró percibir algo en su mente nublada. Un pensamiento claro y brillante. Bora.
Se sacó la máscara, sentía los dedos entumecidos, luchó por encontrar su celular en los bolsillos del traje y cuando lo sacó mantuvo su fuerza para que no se cayera, como si fuera su ancla, lo único que se le ocurrió hacer en una situación tan culmine. Se enfocó en la pantalla, lo desbloqueó y buscó el contacto de su mejor amiga; las manos le temblaban y cada tono de la llamada que escuchaba resonaba en su interior. Pero al menos tenía un hilo de esperanza al cual aferrarse.
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El viento helado obligaba a las pocas personas en la calle a caminar rápido y bien abrigados, con la piel escaseando a la vista. Era lo suficientemente tarde en la noche para que dejaran de pasar autos, ahora ver uno andando era algo raro. Las constelaciones y estrellas brillaban con la mayor intensidad posible, gozando de su apogeo.
Por la vereda, caminando sin preocupación, estaba una joven poco abrigada cuyo cabello de ligeras ondas danzaba con la helada del viento. Ella no sentía el frio como los demás mortales, al final de cuentas cuando los seres como ella alcanzaban cierta edad la temperatura era un impedimento que casi se desvanecía por completo.
Bora se detuvo en seco cuando sintió algo dentro de su ropa, las farolas colocadas a los lados de los árboles blancos y sin hojas alumbraron sus ojos de un azul oscuro. Ella metió la mano en el bolsillo y sacó su celular, vibrando y sonando por una llamada entrante de su mejor amigo.
Al momento de contestar ella no pudo llegar a decir ni una palabra, tuvo que recibir la ola de desesperación de quien estaba al otro lado. –¡¿Estas libre?!
–Por supuesto, ya cerré la cafetería hace rato. Había un grupito de jóvenes borrachos que no querían marcharse más jajajajaja, así que los hice asustar.
–Te necesito más que nunca Bora. –La desesperación salía por los parlantes de su celular para mezclarse con el frio y el viento, hasta a ella le llegó a pesar un poco.
A pesar de eso ella se mantuvo tranquila. –¿Se debe a las dos personas que te estaban buscando?
Hubo un momento de silencio. –¡¿Cómo?! ¿A qué te refieres?
–Dos personas misteriosas y actuando raro fueron a buscarte al trabajo. Les mentí para despistarlos.
–No me topé con dos personas “misteriosas” o “raras” en toda la noche. Pero tengo la sensación de que esto está relacionado. –Surgió otra pequeña pausa, Bora escuchó a su mejor amigo tragar con pesadez antes de hablar–. ¿Puedes venir a mi departamento?
–Obvio, ya te estabas tardando en proponerlo. Iré de inmediato.
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A pesar de todo lo que Bora era capaz de odiar a los caídos Centients, podían concordar con ellos en una o dos cosas. Como que por ejemplo es necesario mantener un orden para hacer las cosas, algo de lo que su mejor amigo carecía en ese momento por lo que lo obligó a sentarse en el sillón de su casa y le preparó una infusión relajadora.
Bulent estaba con ambas manos abrazando su taza, sentado recto y con la mirada apagada, caído de la desesperación. A la par Bora iba de un lado a otro por su casa inspeccionando lo sucedido, una persona normal no podría sacar mucha información pero ella tenía algunas cosas extras. Estaba utilizando su sentido del olfato para lograr unir algunos cabos.
Después de que su mejor amigo la viera dar un par de vueltas por todas las habitaciones de la casa, similar a un animal rastreador, ella fue a pararse en frente de él, separados únicamente por la pequeña mesita limpia. –En efecto, el aroma de la sangre presente aquí es el mismo que el de las dos personas que te fueron a buscar en la cafetería –declaró levantando su pecho y con los brazos en la cintura como jarras. Antes de que Bulent pudiera llegar a decir algo ella apuntó a su nariz con el dedo índice–. También puedo sentir el aroma de la sangre de tu madre, por lo que en efecto los tres estuvieron aquí.
Una vez que el hucamin confirmó que ella no tenía nada más para decir dejó la taza sobre la mesita, la infusión de agua caliente aun sacando algo de vapor. Con algo de dificultad y tambaleo volvió a ponerse de pie, toda la tranquilidad que había ido acumulando se gastó casi en un instante cuando los oídos de Bora sintieron el acelerado corazón del chico, aunque tampoco hacía falta oírlo, ver sus ojos violetas y manos temblorosas daba una idea más que suficiente.
–La carta pide que entregue la corona –explicó él, sacando de uno de los bolsillos de su nuevo, lindo y ajustado traje, un pedazo de papel escrito–. Es el cambio que piden para que me devuelvan a mi madre. Solo que la corona ya no existe, se descompuso y la transformamos en una máscara. –Bulent empezaba a sentir otra vez como el mundo a su alrededor se desvanecía, las luces de las lámparas se distorsionaban. Se llevó las manos al cabello para tirar de el con fuerza–. No sé qué hacer Bora, solo tengo dos rotaciones como mucho. Este es el castigo de las Doncellas, me están reprimiendo por querer continuar con mi tarea cuando ya debería estar terminada.
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Editado: 28.03.2026