A pesar de estar en plena rotación no había mucha gente en la manzana, solo cemento y arboles blancos sin hojas bordeando la entrada a la estación subterránea de trenes. Aquella entrada estaba bloqueada, unas cadenas de plástico iban de un lado al otro impidiendo el ingreso y un cartel que informaba “El lugar se encuentra en reparaciones internas” colgaba en medio.
Cualquier Elestialense en una situación cotidiana se apegaría a las reglas, solo que esta no era una situación cotidiana para Bulent. Cuando él se aseguró de que no hubiera nadie cerca agarró con fuerza la correa de su mochila, negra como la ropa que llevaba, con una mano y con la otra levantó la cadena para poder pasar.
En el pasado le hubiera dolido mucho hacer esto, pero ahora se descubrió a sí mismo casi ni sintiendo dolor o arrepentimiento alguno, ya había roto tantas veces las reglas hechas para mantener la seguridad de la comunidad, e irónicamente lo hizo por ese mismo motivo.
Debido a la época de la traslación las hojas de los árboles estaban caídas, y como el lugar estaba en reparaciones tampoco estaban encendidas las farolas pegadas en la parte superior de las paredes. El hucamin tuvo que valerse de la propia luz de su alma, goteando como agua por su cabello. Con una mano se agarraba del barandal mientras bajaba lento y con seguridad, se detuvo a mitad de camino para sacar de la mochila su nueva mascara, tomó una bocanada de aire para tranquilizar su interior <Todo saldrá bien> se repitió para sus adentros antes de colocársela.
Ahora como la Estrella Soberana terminó de bajar hasta la estación subterránea, al final de las escaleras las farolas si estaban encendidas y revelaban como la estructura se abría paso para los costados y en frente. Pilares sostenían el techo ovalado y negro que recreaba un cielo nocturno estrellado, había bancos de madera para esperar al tren, unas grandes cajas ordenadas al lado de una pared, y puertas que conducían a los baños en cada costado.
En la punta opuesta estaban las barandillas de seguridad, abiertas como si hubiera un tren al cual subirse aunque si se seguía de largo alguien solo caería a las vías del tren. Los ojos violetas del Iluminado se abrieron en grande detrás de la máscara, aun de pie al final de las escaleras notó a dos personas paradas delante de las barandillas de seguridad. Pero lo más importante para él fue quien no estaba de pie, una mujer sentada en una silla de madera, amordazada, atada y con moretones en el rostro.
Ver a su madre en esa situación generó en él un destello instintivo de ir a salvarla, pero no, tuvo que controlar su respiración e impulsos para que todo saliera mejor.
–Llegaste por fin –comentó una mujer alta y con rastas castañas. Llevaba puesta una bata de laboratorio debajo de una remera naranja. Ella se volteó a ver a su asistente–. Más tarde de lo que esperábamos sin duda, rozando el tiempo límite.
–Ya nos temíamos que íbamos a tener que matarla –agregó quien la acompañaba a la par que le dirigía una mirada a su madre–, y tener que probar con alguien más.
–Al final de cuentas el sendero plateado lo guío hasta aquí –dijo la científica en un tono para calmar a su acompañante.
La Estrella Soberana no pudo tolerarlo, sus dientes se apretaron y cerró en fuertes puños sus manos enguantadas de negro. –Un sendero que ustedes me obligaron a seguir ¡malditos desordenados!
–Es como debía hacerse –comentó la científica del otro hemisferio.
–No si se la pasan obligando y sometiendo a los demás, entonces no debe hacerse así –les recriminó el vigilante, intentando no desbordar de más su ira. Tenía que canalizarla, no dejar que lo controlase.
–Lamentablemente los muchos desperfectos y vicios de la sociedad actual obligan a las personas a salirse de sus senderos. Nosotros solo queremos corregir eso –agregó el asistente moreno, hablando como si sintiera una genuina pena por todos los demás.
Su jefa blanqueó la mirada. –No importa, es un hereje, demasiado descarrilado para ayudarlo al parecer. Aunque aun así nos fuiste útil, por lo que entréganos la corona y terminemos con esto de una vez por todas. –La mujer extendió su brazo y abrió la mano en dirección a la Estrella Soberana.
Las manos del Iluminado se aferraron a las correas de su mochila. –Primero quiero garantizar la seguridad de la mujer. Déjenla libre en la superficie, y sin ninguna trampa.
El muchacho de corto cabello negro soltó una carcajada, y la mujer bajó su brazo. –Creo que estas confundido, no tienes ningún poder de decisión aquí. Haz lo que te decimos para garantizar la seguridad de tu madre antes de que terminemos de perder la paciencia. –El sonido ahogado de la voz de su madre resonó como un eco por la estación, era una periodista, por lo que no era tonta. Si estos científicos hablaban con la Estrella Soberana y se referían a ella como su madre, entonces solo era cuestión de sumar 2+2.
Aunque Bulent pensaba que esas quejas ahogadas de su voz eran más para recriminar lo imposible de que su hijo fuera aquel vigilante, y que ambos se estaban equivocando de personas.
–Excepto por su prototipo –dijo Bulent. Él sabía que estaba jugando con demasiada luz aquí, ellos podrían enojarse y sus planes terminarían cayéndose con facilidad. Así que tenía que asegurarse de lo contrario–. Sería lo mejor que ambos seamos racionales y cooperemos con el otro. Claro que no quiero que maten a la mujer, pero ustedes no deben querer que el diseño y funcionamiento de su juguetito se filtre ¿o sí?
Ambos científicos del otro hemisferio fruncieron el ceño, con palpable molestia la mujer soltó un suspiro. –Entonces dejamos a tu madre libre afuera y nos das la corona ¿así quedamos?
Bulent se obligaba a mantener la calma, disimulando su acelerada respiración. –Siento que sería lo justo.
La actitud de la científica dio un giro de 180 grados. –Igual a nosotros no nos parece justo que se filtre la existencia de lo que estamos haciendo. Lo siento mocoso.
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Editado: 13.04.2026