SI pudiera cambiar mi deseo de cumpleaños a uno nuevo, sería conocerla a ella. Aunque solo fuera por una hora o diez minutos, con eso tendría.
Las luces frente mío se apagaron de mi rostro cuando soplé las velas del pastel, y el humo se esfumó llevándose consigo el deseo que en cambio si pedí: Vivir muchos años, o hablando ya de una forma más pesimista, no morir.
Estaba ahí en mi pijama sentada en el comedor rodeada de mi madre, Devon, y algunos vecinos y trabajadores de la casa, todos ellos habían despertado temprano para felicitarme. Sus aplausos hicieron eco por las paredes y altos techos de la casa, la oscuridad de la madrugada abrazaba la habitación, los pájaros cantaban, y había unos cuantos candelabros y velas a mi alrededor aún encendidas, obra de mi mejor amiga deduje, que siempre quería que la pasara lo mejor posible en este día.
—¿Y entonces? ¿Qué pediste? —preguntó Devon cruzando sus manos sobre su pecho, como si no conociera todos mis sueños y miedos.
Encogí mis hombros y fingí no tener la menor idea.
—Espero que otro trabajo. —Bromeó esta vez mi madre besando mi frente, para después comenzar a repartir el pastel, la vi cortar la primera rebanada para mí. Mis labios ya podían saborear el dulce sabor a merengue y a fresas, una combinación que me permitía comer en días especiales como hoy.
—Y aquí vamos de nuevo con lo mismo—Le saqué la lengua, era otra que siempre quería lo mejor para mi incluso, si yo ya estaba conforme con lo que tenía, —Quieres, que sueñe no solo con las estrellas, sino él...
—Él universo entero...—Terminó por mi orgullosa de sí misma y su célebre frase con una sonrisa.
—Aquí tengo más que suficiente. —Le respondí llevando a mi boca una cucharada de merengue, pan y fresa perfectamente distribuidos. Los invitados a su vez que comían pastel tomaron su turno uno a uno para felicitarme personalmente, recordaba algún par de caras, entre ellas Mía y sus hijas, ambas desveladas y vestidas con sus uniformes de la primaria; Gabriel, un solitario vecino que vivía a unas cuantas casas, Sofia; una jogger que pasaba siempre por aquí todas las mañanas, y por supuesto; Amelie, nuestra empleada que trabajaba en la casa desde mi adolescencia, incluso todos ellos parecían mucho más emocionados que yo.
Porque, a decir verdad, mi cumpleaños no era una fecha que me alegrara particularmente, sin embargo, durante los últimos años había decidido verle la cara buena de la moneda. Por ejemplo, como el pastel, los regalos, las felicitaciones, (algunas de amistades que en años no te hablaba, pero se acordaban de ti gracias a Facebook), y que podías pedir un deseo que raramente se cumplía, volvían mejor la situación.
En cuanto a las cosas negativas; los abrazos debido a que no me gustaba el contacto físico y la incesante atención que no pedía.
Ah, y era más probable que murieras en esa fecha.
—¡Velo, es en serio! ¡Aquí lo dice! — Una Lilith de 11 años le aseguraba a mi madre por enésima vez, el dato que había leído. Ella continuaba entretenida haciéndome una trenza mientras yo no despegaba mis manos de una revista investigativa que le había rogado que me comprara en el supermercado. Recordaba el peso de las hojas, la textura fina del empastado, la portada; una chica de pelo rojizo soplando burbujas, los anuncios, pero sobre todo ello, lo que leí. —'Annals of Epidemiology sostiene que las probabilidades de morir el día en el que soplamos las velas incrementan 14% respecto a cualquier otra fecha del año'' ¡Auch! —Exclamé debido a la fuerza que mi madre usaba al peinarme, al asegurarse de que ningún cabello estuviera fuera de su sitio.
—Eso es algo que no creo que precisamente te vaya a suceder a ti de entre tanta gente que existe en el mundo, amor. —Ella respondió y rio, cómo no, ante mi ingenuidad.
—¿Y por qué no? —Cuestioné con la curiosidad que en la niñez teníamos, pues queríamos la respuesta a todo.
—Porque estoy condenada a peinarte muchos años más—Contestó terminando de amarrar mi cabello, girándome para verme—y tú estás destinada a vivir muchos, pero muchísimos, muchísimos años más conmigo. — y se abalanzó a llenarme de besos y cosquillas tratando de con estos borrar mi nueva preocupación.
Claro que ese solo era el comienzo de una absurda paranoia para mí.
Vi la cabellera rubia de Devon asomarse, ahí de último, esperando pacientemente para darme sus felicitaciones.
—¿Cuántos cumple la quinceañera? —Bromeó estrujándome en sus larguiruchos y pálidos brazos, ella aún portaba su pijama igual, que a comparación de la mía era demasiado elegante para ser una.
—Exactamente quince —Contesté mientras ella reía y a la par yo también, su felicidad era contagiosa. Un rayo de luz que iluminaba hasta el pensamiento más oscuro que tenía. —Bueno, veintiuno, pero no le digas a nadie —Murmuré.
—Te ves muy joven para tu edad, dime tu secreto. —Apretó mis mejillas y le di un manotazo juguetón, riendo a lo que contesté:
—Mmm, yo creo que ser muy pero muy antisocial.
—Tal vez lo tenga que considerar — Hizo un puchero y chasqueó sus dedos recordando algo —¡Ah! Tu regalo te lo daré en la noche, no te lo esperas. —Canturreo y me guiño el ojo en complicidad cuando yo ya podía adivinar que era, estaba entre ropa, alguna figura coleccionable, o un libro. Eran las cosas que me gustaban y si eran predecibles, pero no me molestaba porque eran lo familiar.
Mi madre regresó de un momento a otro con una pequeña y curiosa caja en sus manos.
—Disculpa, Devon, pero... —Se excuso mi mamá esquivando a todos para llegar a mí — yo si le daré el suyo ahora. —
—Para nada, adelante—dijo haciéndose a un lado.
El pelo abundante y negro de mi madre estaba suelto, uno que lamentaba no tener, ya que yo había heredado el castaño pelo de parte de la familia de mi padre. Vi su expresión, las arrugas que empezaban aparecer en las esquinas de sus ojos, unas que muchos años atrás no tenía, y es que era joven. Me había tenido a principio de sus veinte, sus amigas decían constantemente que si no fuera por el pelo pareceríamos gemelas, y eso era cierto.
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Editado: 30.07.2026