ABRÍ la llave del lavabo dejando correr el agua en mis palmas. Me mojé el rostro una y otra vez hasta que me sentí en lo que respectaba despierta. Tan pronto tuve las fuerzas de levantarme del suelo, corrí lejos de mi mamá, en dirección al baño y devolví lo escaso que tenía en mi estómago. Enjuagué mi boca al menos diez veces hasta sentirla limpia. Necesitaba un cepillo de dientes, quería lavármelos porque aun siendo estos momentos, me preocupaba oler horrible.
Alcé mi rostro humedecido mirándome en el espejo, pestañas mojadas, y los ojos rojos del esfuerzo de las arcadas. La vi en mi reflejo, clara como el agua y fuerte como la marea. Bajé mi cabeza de nuevo, cerrando con fuerza mis ojos, y seguí empapando mi rostro intentando que el agua se llevara todo consigo.
Ya tenía demasiado tiempo en el baño, por lo que esperaba en cualquier momento escuchar a mi madre tocar rogándome a que saliera. Cuando lo hizo no respondí, y sus pasos se hicieron distantes, seguramente en busca de alguien.
Llevé a mi cara una de las toallas colgadas sobre el lavamanos y curiosamente olía a lavanda. Había leído en algún lado que la lavanda poseía un componente que reducia la ansiedad. Pegué mi espalda contra la losa y me deslicé hasta el piso, ahogando en la tela cada sollozo que daba, sin permitirme hacerlo en alto. No podía estar soñando, el dolor era demasiado crudo, y un viento fuerte me soplaba el corazón helándolo, me dije que era el aire acondicionado se colaba por las rendijas.
Nuevamente inhalé el aroma, y sin despegarla de mi nariz puse mi oreja sobre la fría puerta de metal. Había regresado con alguien, distinguí las palabras 'sola' y 'asustada'.
Y no podría sentirme de otra forma. La habían matado frente a mí.
Aún sujetaba la toalla en mi mano con fuerza, cuando escuché a la enfermera y el ruido de las llaves abriendo la puerta. Detrás estaba mi madre parada con las manos en la boca, la escuché llamar mi nombre, pero no contesté. Dos enfermeros se acercaron a levantaron y seguí sin decir nada, no grité ni protesté. Mi cabeza estaba ocupada en descubrir los espacios en blanco, esos que toda mi vida no sabía que existían y sin embargo ahí se encontraban. De niña me la vivía atormentada, todos coincidían que era la nula presencia de mi papá, pero no era un tema que realmente me afligiera. Después de mucha terapia, mi doctora concluyó sin más que era solo un severo trastorno compulsivo aunado con ansiedad.
Sin saberlo esta era la razón real de mi tormento.
No tenía hermanos o primos, no tenía amigos o confidentes, con los cuales reír, o compartir mis secretos, la única verdad era que antes de Devon no hubo nadie, al menos nadie de que yo supiera. era solamente yo en mi cuarto con mis miles de muñecas. No tenía el conocimiento que ahí fuera tenia a una hermana, que durante muchos lustros vivió sin mí, así como yo sin ella, y que cuando lo supimos fue muy tarde para ambas.
Me conectaron de nuevo la intravenosa y esta vez no me quejé ni dije nada del dolor, fue mínimo y ajeno a mí, estaba entumida. Mi madre se acercó de nuevo, era el sufrimiento en persona.
—Cariño, dime algo, por favor.
¿Cómo era ella? ¿Éramos idénticas? Había gemelos que tenían los mismos rasgos y los podían diferenciar solo por unas milésimas. ¿Si ella nos viera nos confundiría? Nuestros nombres se parecían, idea de ella supongo, pero ¿cómo es que entonces lo había conservado? ¿la persona que se la quitó decidió dejárselo?
Pasaron horas para que siquiera hablara, estaba en shock según el doctor. Y mis respuestas no iban más de sí, no y de acuerdo.
¿Nuestras personalidades eran similares...? ¿Teníamos los mismos lunares? ¿Y en los mismos lugares? Los gemelos podían ser tan diferentes y a la vez.
Año atrás siempre que llegaba de casa a la escuela, lo primero que hacía era tirarme al sofá de la sala para prender la televisión y buscar algún documental que estaban pasando.
Específicamente recuerdo uno, uno que coincidentemente era acerca de unos gemelos, los cuales habían sido separados al nacer como parte de un cruel experimento y más tarde de adultos por obras del destino se reencontraron. Estaban estupefactos, ni ellos, ni sus padres lo podían creer. Cuando se encontraron de nuevo, lloraron de felicidad, se abrazaron, y cualquiera hubiera daría por hecho que esta era otra historia con un final feliz. A los pocos años uno de ellos se suicidó. Los psicólogos decían que había perdido parte de su identidad, de una vida que presuntamente él tenía, y aunque encontrar a su gemelo era una alegría enorme, disruptia todo lo que pensaba, lo que era. No sabía si mis sentimientos estaban cerca de ser lo mismo.
Finalmente pronuncie mi primera oración después de una hora de un ensordecedor silencio:
—¿Dónde está? Quiero verla.
Mi madre se levantó de inmediato asustada y se acercó a mí:
— ¿Te sientes mejor? Voy a llamar a la enfermera, ¿quieres comer?
¿Cuál era su color favorito, su canción favorita, o si quiera su película favorita? ¿Odiaba tanto él calor como yo? ¿Prefería él amargo y desolador frío?
—Quiero verla.
Puso una mano en su cuello angustiada.
—Ok, pero necesitas...
La interrumpí: —Quiero verla, —Repetí una vez más—ahora.
—Primero tiene que darte de alta el doctor, estás muy débil. —Tomó mi mano, no la aparté, pero tampoco la agarré.
¿Si ella hubiera estado en mi lugar que hubiera hecho? ¿Sería un amargo error del que desearía olvidarse?
Negué y me incorporé sentándome con las pocas fuerzas que tenía en la camilla.
—Mamá, escúchame —relamí mis labios, — si quieres que te perdone o algo vuelva a ser igual después de esto..., —Tenia la mirada llena de miedo, ante mis palabras duras y cortantes— tú dejarás que la vea.
Intenté que sonara como una amenaza, pero se escuchó más bien como un suplicio, un ruego.
Y lo comprendió, asintió y salió de la habitación y pasaron lo qué parecieron horas para que los policías aparecieran.
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Editado: 30.07.2026