Sobreviviendo a la tentación [2.3]

Capítulo 34| Sin brillo

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El ardor en mi mejilla me despierta. Un gusto metálico en mi boca y el sabor amargo de mi propia sangre me asustan. No entiendo dónde estoy. Todo está oscuro, por más que abro los ojos, solo puedo ver sombras y destellos de luces. Mi cabeza está cubierta por un trozo de tela. Algo me golpea con fuerza en la otra mejilla y un jadeo de dolor se escapa de mis labios.

—Pensé que las estrellas eran más perezosas para despertar —escucho una voz femenina familiar. Mi cuerpo entero comienza a temblar y la bolsa que me cubre la cabeza finalmente se me retira, llevándose algunos mechones de mi pelo. —Buu, perra —me mira con una sonrisa burlona, Avril.

—¿Dónde... dónde tienes... a mis hermanas? —pregunto con dificultad. La sangre me sabe amarga y mi cabeza aún da vueltas debido a los golpes que recibí para despertarme.

—Tus hermanas, buena pregunta. No sé a quién se las vendieron —dice con indiferencia. Saca un cuchillo de una funda en su muslo, lo acerca a mi cabello y corta un mechón, observando cómo este se convierte en polvo al alejarse de mi cuerpo. —Polvo de estrellas, las brujas matarían solo por este mechón. Imagina cuánto deben estar sacando a tus hermanitas, Azul.

—Te mataré. No habrá lugar en la tierra donde puedas esconderte. Si no soy yo, mis hermanas se vengarán de ti. Conocemos todos tus escondites, sabemos dónde buscar. No tienes lugar en el universo en el que no estemos observando. Maldita bruja...

La furia en sus ojos estalla. Su mano me agarra del pelo, tirando de mi cabeza hacia atrás, y apoya el cuchillo sobre mi cuello. Puedo sentir cómo el filo corta apenas mi piel y una línea de sangre comienza a correr por mi cuello. Cierro los ojos, esperando que termine su trabajo. Mis poderes no me responden debido a las heridas en la espalda y, desde que mis hermanas fueron secuestradas, no me he tratado.

—Esto es un ojo por ojo, perra. Me quemaste el cuello; yo lo haré con tus hermanas. Estoy siendo buena, tus hermanitas aún no se han vendido; a la única que mataré será a ti, y las veré sufrir a ellas mientras se echan la culpa de tu muerte.

—Mis hermanas no llorarán mi muerte. Ellas se vengarán y conocen tu secreto mejor guardado. ¿Cuántos años tiene? ¿Cuatro? ¿Cinco tal vez? Es una lástima que no sepa quién es su verdadera madre y que piense que es una huérfana...

Su puño impacta contra mi mejilla, y escucho cómo algunos huesos de mi cara ceden ante el golpe y se quiebran. El dolor me atraviesa como un trueno, y la sangre brota de mi boca, salpicando el suelo y la ropa de Avril. Ella me da otro golpe, pero esta vez en el estómago, con la misma furia e intensidad.

—Deja a mi hija fuera de esto —dice, con la voz temblando. Casi podría jurar que este ser sin corazón tiene miedo.

—Tu hija tarde o temprano sabrá que su madre es un monstruo. ¿Cómo esperas que reaccione si toda su vida la has evitado?

—Asteria no tiene nada que ver con lo que yo haga. Ella nunca sabrá el secreto. Para ella, su madre murió al dar a luz y su padre es un dios que no la quiso reconocer —contesta histérica. Puedo ver cómo sus manos comienzan a temblar y, por primera vez, observo miedo real en sus pupilas.

—Los errores de los padres persiguen a sus hijos —continúo con una sonrisa rota—. Siempre lo hacen.

Por un instante, su furia se desmorona. Y yo sé que, aunque no salga viva de esta habitación, ya la he herido más de lo que ella jamás podría herirme a mí.

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El agua helada me despierta al caer en la cara. Intento respirar, pero inhalo ese líquido frío que me entra en los pulmones y me sofoca. Hasta que Avril retira la toalla y el agua de mi rostro. Ha estado torturándome durante una hora, sin ánimos de obtener información, solo por el gusto de escucharme gritar. Escupiendo el agua que he tragado, mi cuerpo se deja caer hacia adelante, sostenido únicamente por las ataduras que me mantienen aferrada a la silla.

—¿Qué pasa, Azul? —pregunta la muy perra con un tono burlón. —¿Es que acaso no puedes transformarte en una piedra y huir? —su sonrisa afilada se ensancha cuando su mano toca mi hombro. Mi cuerpo tiembla al pensar en las torturas que tiene preparadas para mis heridas en la espalda.

—Te advertí que dejaras esta absurda venganza —dice una voz femenina. Avril se gira rápidamente hacia la fuente de la voz, que pertenece a una mujer a la que no puedo ver porque está de espaldas.

—Madre...

—Solo te lo diré una última vez, Avril —la interrumpe la mujer con voz firme—. Desiste de esta venganza o Asteria conocerá la verdad sobre su madre.

—¿Me estás amenazando? —pregunta Avril, furiosa.

—Te estoy protegiendo de cometer un error —aclara aquella mujer, cuya identidad no estoy segura si es su madre biológica o la diosa que habita en esta isla errante.

—Pero esto que siento...

—Shhh... Mi error fue dejar que los poderes de tu madre, Némesis, te dominaran. Es hora de enmendar mis errores. Vamos a casa, Avril —dice la mujer, con voz mucho más calmada.

Observo a Avril dudar un segundo, antes de que se vuelva a mirarme y su ira se encienda como quien prende la mecha de una bomba. Pero antes de que pueda tocarme de nuevo, un dardo tranquilizante le impacta en el cuello.

—Es por tu bien —escucho decir a aquella voz femenina.

Avril retrocede un paso, antes de arrancarse el dardo, observarlo y desplomarse hacia atrás como un peso muerto. La puerta detrás de mí se abre de nuevo y pasos firmes resuenan en la habitación. Es un chico de la edad de Avril, vestido de negro con un uniforme militar, quien carga a Avril con cuidado.




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