A N K E R
💀🔮💀
—¿Por qué no despierta Eros? —pregunta tía Zoe entre lágrimas, mientras el tío Eros la abraza junto a Sam, que no ha parado de llorar—. Eres un puto dios, haz algo. Maldita sea, despierta a tu hijo —estalló en un chillido agudo.
—Es mejor que los dejemos solos un momento —dice mi madre, comenzando a sacarnos a todos de la sala de enfermería del Olimpo—. Ylenia, puedes encargarte.
No necesito decir a qué se refiere. Tía Ylenia asiente y se acerca a tía Zoe, que está muy nerviosa, triste y, sobre todo, enfadada.
La diosa de la noche se encuentra con los brazos cruzados junto a Medusa, quien parece no estar cómoda en el Olimpo. Después de todo, fue maldita por culpa de los dioses y apenas accedió a ir porque Demi y Nyx se lo pidieron muy amablemente. Medusa se muestra contenida, con una expresión de seriedad en su rostro; ni siquiera dirige la mirada a la familia de Sam. Creo que si los viera, se enfurecería aún más.
—Andando, chicos, es mejor darles espacio —comenta mi madre, comenzando a empujarnos hacia la salida. No discutimos; solo salimos en silencio, a la espera de la llegada de Avril. Aunque las protecciones del Olimpo no se bajan, le permiten el acceso a la cazadora.
Con la llegada del alba, escuchamos unos pasos en el pasillo; tía Hera asoma la cabeza por encima de donde estamos y su rostro parece aún más serio de lo que ya estaba. Todos nos giramos para encontrar a Avril cargando en brazos a una niña pequeña que se abraza débilmente al cuello de la cazadora. Pero lo que más nos puso en alerta fue la mujer que la acompaña; es sumamente alta, extremadamente delgada, con el cabello rubio recogido en una coleta que no deja escapar un solo mechón. Lleva un vestido amarillo pastel que resalta su color bronceado y sus ojos reflejan un arcoíris cuando la luz los toca.
—Trajimos el antídoto —habla Avril, apretando contra sí a la pequeña, que apenas se ha movido. Su brazo la rodea de manera protectora; es extraño verla tan vulnerable o que le importe alguien más que ella misma.
—Creo que fui clara cuando te dije que trajeras solo a tu hija, cazadora —le dice ahora la diosa primordial de la noche—. ¿Qué haces aquí, Iris?
La mujer no sonríe; solo apoya una mano en el hombro de Avril, que se sacude despacio, como si ese apoyo le quemara, para no mover a la niña. Pero esta emite un pequeño gemido que hace que Avril la mire rápidamente y le frote la espalda en un intento de consuelo.
—Viene conmigo para llevarse a mi hija cuando le den la sangre de Medusa; ustedes no me dejarán ir, no soy estúpida, Nyx. La madre de los perdidos se hará cargo de Asteria como lo ha hecho hasta ahora; mi madre no lo hará, necesito que alguien se la lleve cuando todo esto acabe —habla ahora con frialdad Avril.
—No es a mí a quien le debes pedir permiso, es a la reina Hera. Fue ella quien desterró a Iris del Olimpo —digo, dirigiendo una mirada a Hera, que continúa observando con seriedad a Iris. Ni siquiera ha hablado, no estalla en ira ni la maldice echándola del Olimpo. Solo baja la mirada a la niña que carga Avril y mueve la mano señalando que se dirijan a una habitación donde le extraerán la sangre a Medusa.
—Háganlo rápido, no quiero verla cuando despierten a Eric —dice finalmente la reina del Olimpo, regresando a la enfermería.
—¿Ella es la madre de los perdidos? ¿La que persiguió a Bunnie? —pregunta entre susurros Mar. Bunnie está junto a Tadeus, que la rodea con su brazo por encima de los hombros, intentando darle seguridad.
—Sí —interviene ahora Azul, observando a la diosa que permanece en silencio a un lado de Avril, como si supiera que si abriera la boca desataría una tormenta.
Las mujeres desaparecen en la habitación que les indicó la reina; Nyx y Medusa las siguen y nosotros nos quedamos allí en un silencio incómodo. Mi madre, que parece estar todo el tiempo en calma, como buena cirujana que es, nos obliga a irnos con ella a la casa. Ni siquiera les pregunta a mis primas o a mi tío Tadeus si desean ir con nosotros. Simplemente es una orden que nadie cuestiona.
Al llegar a casa, el silencio nos recibe y la voz de mi padre llega desde la sala, hablando en susurros con Nina y mis primas pequeñas, a quienes dejó a cargo mientras todos intentan ayudar a Eric en el Olimpo. Al entrar en la sala, vemos a mi padre con una diadema con dos ojos de sapo, la cara cubierta con una mascarilla celeste y las manos extendidas hacia mi hermana y primas, que le pintan las uñas con esmaltes brillantes para niños.
—Papá, el verde te queda horrible; el negro resalta tus ojos —dice Nina, soplando el esmalte que acaba de aplicarle en el dedo índice.
—El negro es muy favorecedor —le responde mi padre. Las niñas se ríen y mi madre, que había mantenido el rostro serio y una actitud tranquila para crear calma entre todos, se acerca sonriendo, se sienta con las pequeñas y besa la cabeza de mi papá, que no puede moverse sin hacer enfadar a sus manicuristas.
—Subamos al cuarto de cine; podemos esperar las noticias allí —sugiere Becca, para dejar a mis padres con las pequeñas y nosotros podamos esperar en otro sitio para estar un poco más relajados.
Por primera vez en meses, podemos respirar tranquilos sabiendo que la asesina que nos perseguía ahora está en el Olimpo sin escapatoria. Pero no podemos sentirnos bien cuando Eric está inmerso en esa pesadilla y su familia sigue esperando su despertar.
—Qué asco de día —susurra Melione. Y nadie se atreve a decir lo contrario.
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hijos de dioses hades y persefone, hechiceros y semidioses, estrellas y mitologia griega
Editado: 09.04.2026