M E L I O N E
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Sentí el cálido sol de la primavera filtrarse en mi piel y, de pronto, fue como recibir una recarga de energía. El aroma a flores inundaba el pequeño jardín delantero, y con un poco de ayuda, hice revivir un par de flores que parecían más muertas que vivas. Demasiada agua las había casi matado. El perfume nuevo de las flores frescas me resultó aún más extraño que el lugar donde estaba parada: la casa de los Sallow.
Llamé a su puerta tocando el timbre. Mis manos sudaban, y sentía que el vestido que llevaba era demasiado formal para una visita informal. Era un vestido negro corto, adornado en los hombros con tela blanca que rodeaba mis brazos y se ataba en un lazo en el pecho. Complementaba el atuendo con unos zapatos de tacón stiletto negros, y mi cabello estaba arreglado con ondas que parecían naturales, semirrecogido para apartarlo de mi rostro. Por Zeus, ¿qué estoy haciendo?
Pero no tuve tiempo de arrepentirme, pues la puerta se abrió y la señora Sallow se encontraba frente a mí con un cuenco de mezcla roja. Llevaba puesto un delantal de cocina blanco con corazones y el cabello recogido en un moño desordenado.
—Hola, Melione, ¿vienes a ver a Zay? —me saluda con alegría la mamá de Zay. Tiene casi mi misma altura; apenas le saco media cabeza. Su aspecto siempre me parece dulce y amoroso.
—Hola, señora Sallow, sí, vengo a ver a Zay. Le traje algunas tareas del liceo —respondí, palmeando mi bolso pesado, repleto de libros y libretas.
—Ya te he dicho que me llames Chelsea —comenta con un tono dulce y se aparta de la puerta—. Pasa, pasa. ¡Zay te busca, tu amiga Melione! —grita hacia las escaleras mientras ingreso a la sala.
El aroma a galletas recién horneadas me recibe y, ahora comprendo que la mezcla roja que tiene Chelsea es glaseado de azúcar.
—Sube, bonita, estoy terminando de hornear galletas. En un rato les llevo la merienda.
Subí las escaleras sin prisa. Aunque los latidos de mi traicionero corazón parecían querer escapar de mi pecho. No entendía por qué Zay me provocaba ese desorden incómodo en el pecho. Era un desastre ruborizarme cuando él me sonreía, cuando su mano rozaba la mía mientras intentábamos tomar el mismo libro, o cuando lo encontraba mirándome mientras le explicaba la clase de inglés.
La puerta de la habitación de Zay estaba cerrada y, por supuesto, acerqué mi puño para tocar tres veces. No quería repetir la última vez que entré sin preguntar y lo encontré envuelto en una toalla, recién salido del baño. Aún podía sentir el calor subiéndome desde el estómago y la sensación de que acababa de meterme en un lío gordo.
—Pasa, Mel —escuché que me decía desde el otro lado.
Entré, dejando la puerta abierta como nos pedía su madre siempre que estudiábamos juntos. Me acerqué a su cama, donde él estaba recostado; las marcas de los golpes casi habían desaparecido de su cara. Me senté en el borde, rebuscando entre mis carpetas la que contenía todo lo que me habían dado los profesores para él.
—Aquí están todos los trabajos corregidos y estos de aquí son los nuevos a entregar. Te sorprenderá saber que sacamos una A más en química —dije, señalando con orgullo nuestro ensayo.
—Gracias, Mel. No me sorprende; el cerebro del proyecto fuiste tú, yo solo te seguí —responde con una sonrisa.
Mierda. Su sonrisa fue como una bofetada a mi corazón de hielo. ¿Por qué tenía que ser tan encantador cuando sonreía?
—Tengo algo para ti —dijo, levantándose de la cama de un salto. Dejó la carpeta con los trabajos sobre su escritorio y fue a buscar su mochila. Comenzó a rebuscar hasta que sacó un paquete forrado con papel negro y un moño rojo.
—¿Por qué me das un regalo? —arqueé una ceja, confundida por el presente. Lo sostuve con ambas manos; pesaba bastante, fuera lo que fuera.
—Me ayudaste mucho este tiempo, y sé que es difícil dedicar tanto tiempo a explicarle a alguien sobre las clases. Así que quise darte algo por todas las molestias que te causé. Ábrelo —dice con una felicidad que me resulta contagiosa.
Sin esperar más, rasgué el papel y quité la tapa de la caja con las manos temblando de emoción. Al ver lo que contenía, el alma se me deslizó hasta los pies. Zay, en verdad, me había escuchado. En la caja estaba la edición especial por los veinte años de "Twilight" y una edición especial de "Sol de medianoche". No sabía qué decir; ni siquiera mi hermano, quien es la persona que más me escucha en la familia, me había regalado algo tan caro o especial. Siempre me regala libros, pero nunca nada tan cuidado o en cantidades de más de tres; dice que comprar una saga de once libros de una sola vez es avaricia. Si supiera que tengo *Cazadores de sombras* completo, le vendría un ataque.
—Zay, esto es... esto... —No podía conectar ninguna frase en concreto. Ni siquiera podía apartar la mirada de los lomos de los libros; me estaban dando unas ganas tremendas de llorar. Y, mierda, yo nunca lloro. —Es lo más bonito que alguien jamás me ha regalado, muchas gracias, pero no tenías que hacerlo.
—No quería hacerte llorar, solo que sabía cuánto te gusta Twilight, y aunque no soy partidario de esa saga, sé que tú sí. Te lo mereces por aguantarme estas dos semanas que estuve fuera de la escuela.
El rubor en mis mejillas no hacía más que aumentar al escuchar sus palabras. Quizá fue un impulso, que demasiada sangre subió a mi cabeza, o la emoción de tener una de mis sagas favoritas en las manos lo que me llevó a cometer semejante locura. Pero la sorpresa que me llevé fue que mi impulso fue correspondido. Besé a Zay; no fue algo suave y dulce, sino torpe, apresurado y nervioso. Un beso que hizo que mis entrañas burbujearan y que mi estómago se removiera con lo que espero sean murciélagos.
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hijos de dioses hades y persefone, hechiceros y semidioses, estrellas y mitologia griega
Editado: 09.04.2026