A Z U L
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Bajé las escaleras de la mansión sin prisa. Me sentía mucho mejor, pero no quería enfrentar lo que se avecinaba. Caminaba hacia la cocina, donde el aroma de té recién hecho me aguardaba. En la mesa del desayuno, Hades estaba sentado con dos tazas de té y una silla vacía frente a él. Esa pequeña rutina se había convertido en un ritual desde mi llegada; nuestras charlas nocturnas eran constantes, ya que yo no podía dormir y Hades padecía insomnio por extrañar a Perséfone.
Sin mediar palabra, ocupé la silla vacía, tomé la taza de té entre mis manos, dejándome envolver por su calor, y di un sorbo. Era té negro endulzado con dos cucharadas de azúcar; su dulzura contrastaba con el gusto amargo que dejaba la despedida inevitable.
—¿Es fácil estar separado de ella? —preguntó antes de que pudiera articular mis pensamientos. Esa pregunta ni siquiera era lo que había estado ensayando en el baño media hora antes de bajar. Tenía la intención de mencionarle que había algo importante que decirle, que estaba agradecida por su hospitalidad; pero, en lugar de eso, lo que salió fue el dolor crudo de amar y estar separados.
Hades tomó un sorbo de su té, como si necesitara un momento para ordenar sus sentimientos antes de articular sus palabras. Sabía que, si él confirmaba lo que sentía, podría odiarlo un poco; y si me decía que no, eso me desgarraría aún más.
—Nunca es fácil. Estar alejado de ella es el peor de los castigos que puedo experimentar. Es como vivir en un invierno perpetuo, un frío solitario. Aunque tengo mis rayos de esperanza en mis hijos y nietos, no es lo mismo. Perséfone es mi primavera, el calor del sol, la luz de mi verano, y con ella me siento vivo. Feliz —dijo. El peso de sus palabras me hundió en la silla; el amor que emanaba al describir lo que su esposa significaba para él era abrumador. Entonces, sin querer, apareció en mi mente el rostro de Anker, como una figura inevitable, siempre presente en mis pensamientos.
—¿Y cómo fue su primera separación? —indagué, jugando con el borde de la taza con mi dedo. Mis manos temblaban y me sentía tan vulnerable como el primer día que caí a la Tierra.
—Horrible —respondió sin anestesia ni pausas—. No podía dejar de pensar en la mirada de Perséfone cuando la arrancaron de mis brazos. El día que su madre se presentó frente a nosotros y me la arrebató como si ella no tuviera voz ni voto. Hasta el día de hoy recuerdo sus ruegos desesperados para que la dejaran regresar a mi lado. Su dolor exacerbó mi soledad. Antes de conocerla, estaba acostumbrado a estar solo; desde el momento en que salí del vientre de mi padre, fui un paria, rechazado incluso por mis propios hermanos. La soledad era mi compañera, hasta que apareció Perséfone con su perfume a flores, sus risas y la manera en que cuidaba de mí. Todo eso hizo que volver a estar solo fuera una tortura —dijo, tomando otro sorbo de su té. Recordaba los cuentos que mis hermanas mayores me contaban sobre Hades y Perséfone, cómo el dolor de la diosa de la primavera podía verse desde el cielo, y cómo florecía de alegría cada vez que regresaba con su esposo.
Comprendí que, para Anker, yo sería su invierno cuando tuviera que irme, pero mantenía la esperanza de ser su primavera cada vez que pudiera regresar a la Tierra. Porque lo haré; volveré, aunque me lastime al caer. No pienso abandonarlo a su suerte; preferiría morir antes que lastimarlo.
—¿Cuándo te irás? —pregunté en voz baja. No necesitaba indagar cómo lo sabía; Hades, desde que llegué a esta casa, había podido leerme como si fuera un libro abierto.
—Aún no lo sé. Le pedí unos días al rey Adonis para despedirme de mis amigos, pero me dijo que no podía alargar mi estancia por mucho tiempo sin arriesgarme a sufrir un daño permanente. Pero necesito despedirme; necesito decirle que volveré y que me espere. Se lo debo —dije, sintiendo cómo las lágrimas se acumulaban en mi garganta.
—Sé lo que necesitas, Azul; lo vivo cada vez que nos toca separarnos, con Perséfone. Te diría que te acostumbrarás, pero te estaría mintiendo; solo intenta que él no vea cuánto te duele. Eso solo los destrozaría a ambos —afirmó, levantándose de su asiento para darme un abrazo. Un abrazo que me desarma por completo, pero que se siente como un refugio, casi como los que me ofrece Nyx. Así debe sentirse el abrazo de un padre.
Al separarnos, continuamos bebiendo el té en silencio; ninguno de los dos tenía ánimos para seguir conversando, pero permanecimos en un cómodo silencio. Regresé a mi habitación cuando el amanecer apenas filtraba algo de luz por las cortinas. Mis hermanas estaban durmiendo en mi cama y por el suelo, dejando un pequeño espacio en la cama junto a Vía. Ellas no sufrieron de insomnio; habían bajado muchas más veces que yo a la Tierra. El cambio de horarios para dormir era diferente para ellas, que lograron adaptarse con mucha más facilidad que yo en mis primeros días.
—¿Te duele algo? —preguntó desde el suelo Vega.
—No, solo que no podía dormir. Fui a tomar un poco de té —respondí con calma.
—La primera vez es difícil irte, dejando atrás muchas cosas que ni siquiera sabías que podías experimentar. Y es aún peor cuando dejas a alguien más atrás. Pero tienes suerte, Azul. Porque Anker te ama tanto como Orfeo amó a Eurídice, pero tú no estás destinada a perderlo. Esa clase de amor no es fácil de encontrar, hermanita. Aprenderás a bajar a la Tierra y podrán verse siempre que estés bien —intentó consolarme con sus palabras. Aunque eran sinceras, no lograban consolarme del todo; igual tendría que separarme de la vida que estaba formando aquí, de las emociones humanas y de Anker.
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hijos de dioses hades y persefone, hechiceros y semidioses, estrellas y mitologia griega
Editado: 09.04.2026