¿Alguna vez te has visto al espejo y no has reconocido tu reflejo? Antes no sabía quién era; creía —cruelmente— que todo en mí era un error. Desde mi piel besada por el sol, hasta mi cabello negro ébano, tan oscuro, brillante y rizado. Mis ojos marrones, tan profundos que pensarías que son negros.
Siempre creí que no tenía nada especial; que todo en mí estaba mal, la peor combinación de rasgos que Dios pudo unir en un ser humano. Pasé años alisando mi cabello, odiando mi cuerpo en silencio y buscando ropa que tapara mis «defectos». Siempre sonreía para ocultar el dolor de los comentarios condescendientes: «Serías más bonita si...», «Estás algo gordita, ¿no?», «A los chicos les gusta que...». Siempre fingía que no me importaba ser invisible, ser «adorable» o ser solo «una buena amiga».
Por mucho tiempo no reconocí mi reflejo, no reconocí mi esencia, mi valor ni mi amor propio. Entendí, quizás muy tarde, que la validación nace de adentro hacia afuera, y que cuando tú logras ver tu propio brillo, es mucho más fácil que los demás también lo vean.
Carta para la chica que aún lucha por la validación externa:
Hola, querida, frágil y rota tú. Sé que te duelen los comentarios, las burlas sutiles y los desplantes casuales. Sé que aún luchas contra el odio propio y que odias tu reflejo; sé que te gustaría ser diferente, ser otra persona.
Pero tengo buenas noticias: poco a poco podrás reconocer tu reflejo. Poco a poco te gustará estar en tu propia piel, aprenderás a apreciar el brillo de tu mirada y a callar las voces externas. Tranquila, querida tú: tu amor propio crecerá como la flor más hermosa.