Nunca supe lo que era tener una vida en mis manos, hoy lo estaba comprendiendo al fin, era a lo que papá más le temía y que hizo todo lo que estuvo a su alcance para que jamás tuviera que encontrarme en una situación así. No me detuve por nada del mundo y corrí, corrí porque yo tenía el poder de salvarlos. Me acuerdo que ese día estaba lloviendo, las gotas finas y heladas me envolvieron por completo. Lo único que alcanzaba a escuchar era el ruido de las sirenas de la ambulancia que indicaban que estaban cada vez más cerca, pero sabía que nadie más que yo podía salvarlos.
Me dejé caer de rodillas en el suelo en medio de ambos cuerpos y sentí como mi piel se cortaba por el asfalto pero no me importó, sabía que iba a sanar.
Vi el auto volcado tras el impacto, destrozado y las dos víctimas inconscientes y heridas tumbadas en el suelo, yo estaba convencida de que había algo que hacer todavía, ellos seguían vivos, lo supe cuando uno de los dos movió apenas su cabeza y me observó con amor, ese amor que siempre supo transmitirme, ese amor que me enseñó cómo debía ser tratada, para mí él era un rey; el rey Elijah seguía vivo.
—Papi, para mí tú eres un rey, el rey Elijah Johnson siempre habitará en mi corazón.—Sonrió conmovido, se puso de rodillas para estar a mi altura y besó mis manos.
—Y tú eres mi amada princesa, la princesa de fuego, mi dulce Scarlett. Nunca lo olvides. Siempre te amaré a pesar de todo.
—¡Papá!—Grité con la voz ahogada en llanto.
Tomé la mano que descansaba sobre su pecho y esta vez grité otro nombre mientras estaba consumida por la desesperación.
—¡Sam!
También tomé su mano. Papá incluso sonreía a pesar de estar muy malherido, me miraba como si quisiera decirme que todo estaría bien. Yo sé que sí, pero necesitaba a mi padre y mi hermano vivos.
Sentí un calor recorrer todo mi cuerpo, mi cabello rubio encenderse en un rojo ardiente y mis ojos brillaban en un verde esmeralda. Cada vez me sentía más agotada, la energía que había en mi cuerpo se estaba consumiendo, no podía parar ahora, sentía como ellos comenzaban a sanar y si me dejaba vencer por el agotamiento podría dejarlos morir. Apreté mis ojos con fuerza para controlarme y ofrendarles la poca energía que me quedaba, solté un grito poderoso y ensordecedor hasta que sentí como mi cuerpo decía «ya, detente»
Y lo hice.
Lo único que recuerdo es haberme desplomado contra el suelo, pero en ese instante no era consciente de que jamás volvería a verlos.
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Editado: 06.03.2026