Sobrevivir a mí misma libro I | Ariana Medina

VII

Una historia sobre el amor y la amistad

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Me estaba preparando mentalmente para poder pararme frente a Camille después de haber arruinado su cita con su novio. Ya era lunes y el resto del fin de semana no pude pensar en otra cosa. Le había escrito a Scott varias veces durante el domingo para preguntarle cómo había salido todo, pero cada uno de los mensajes que escribí nunca llegué a enviarlos. No me sentía capaz.

Cuando llegamos a la escuela, mi mamá y yo, frente al auto pero varios metros más alejados, estaban los dos, peleando. Ella estaba molesta con él todavía, así que solamente con ver eso supe que era peor de lo que pensaba.

—¿Qué habrá ocurrido? —mi mamá también lo notó. Con las manos sujetando el volante los examinaba curiosa.

—No lo sé, ma. Pero sea lo que sea, es problema de pareja. No nos concierne a nosotras... —dejé mis palabras suspendidas en el aire y suspiré. Sentí la mirada de mi madre en mí, pero no alcé la cabeza, me sentía demasiado avergonzada y culpable como para enfrentarme con sus ojos verdes tan penetrantes.

—Espero que no tenga que ver contigo, ¿no, hija? —cuando insinuó aquello no pude evadirla más y me incorporé.

—No... Bueno... —no sabía cómo empezar a decirle que sí, que era culpa mía, entonces comencé a balbucear—, es decir, yo no tenía idea —ella arquea una ceja— pero el sábado tenían una cita: le pedí ayuda a Scott respecto a matemáticas y él aceptó, pero a las siete tenía que encontrarse con ella. Luego tú lo invitaste a cenar y nunca se acordó de eso. —Le expliqué lo mejor que pude.

—Bueno, en sí no es culpa tuya, al menos no del todo, si él quiere yo puedo encargarme. —Negué rápidamente.

—No, mamá, no te atrevas a entrometerte, ni siquiera sé si yo me voy a entrometer, así que déjalo así, podríamos empeorar las cosas. —Ella apreta mi hombro para hacer que me sintiera mejor y terminamos bajando del auto.

En otras circunstancias me hubiese acercado a saludarlos, pero teniendo en cuenta que estaban discutiendo y que era culpa mía, creí que lo mejor sería fingir que no los había visto y preferí entrar en la escuela. Seguramente James ya estaría en el aula. Dicho y hecho, apenas entré lo vi moviendo la cabeza mientras tenía los audífonos puestos.

Toqué su hombro provocando que se exaltara y al verme me regala una sonrisa y se quita los auriculares.

—¿Todo bien? —encogí uno de mis hombros y puse mi boca de pato. Desanimada.

—No. Todo mal.

—Oh... No sé si tenga algo que ver, pero Scott me contó lo sucedido con Camille, y que tú... —alcé la vista para verlo—, es decir, que se olvidó de la cita... —dejó sus palabras en el aire.

—¿Te ha dicho que fue culpa mía? —Niega con los ojos entrecerrados y una leve sonrisa.

—No. Él dijo que le diría a Camille que estábamos juntos y que por jugar a los videojuegos se le pasó la hora, nada más, y que a ti no te mencionaría. —Me sorprendí totalmente.

¿Por qué? No hicimos nada malo, yo no sabía que él tenía planes, creo que eso debería decírselo. Él observa todos los rincones del aula y se inclina sobre la mesa, yo estaba sentada en la silla de enfrente.

—Por cierto... —murmura— ¿qué pasó para que él se olvidara completamente de que tenía una novia esperándolo para salir? —Sus ojos brillaban de curiosidad. Yo me sonrojé inevitablemente y eludí su mirada.

—N-nada —su manera de observarme me ponía nerviosa—. A las cinco le escribí para que me ayudara con tarea de matemáticas, llegó a las seis. —Le confesé sin poder encontrar el motivo de su sonrisa. Se pone pensativo y rasca su barbilla.

—Si llegó tan tarde eso quiere decir que ya cuando le escribiste se había olvidado de eso —pensó en voz alta—. No tiene sentido. Scott jamás dejaría plantada a su novia. Lo conozco muy bien y sé que no haría algo así.

Yo fruncí los hombros y no pudimos seguir hablando porque justamente, nuestro tema de conversación acababa de cruzar la puerta. Camille se sentó conmigo después de regalarme una sonrisa forzada, Scott también me sonrió antes de ir al lado de su mejor amigo, solo que la suya parecía más sincera. Yo me giré lentamente para observar a James por encima del hombro porque estaba justo a mi espalda, y él frunce los labios y los hombros. Ambos estábamos pensando lo mismo: o la relación terminó, o no se hablarían por un buen rato. Aunque espero que sea la segunda opción, jamás me perdonaría si su relación fracasara por culpa mía.

Pese a los bullicios y la voz del profesor intentando hablar más fuerte que los alumnos para ser escuchado, nuestra mesa seguía en completa tensión. Es decir, las dos meses del medio: la nuestra y la de mis amigos. James de vez en cuando me pateaba con suavidad desde atrás para que intentara hacer algo, pero a ninguno de los dos se nos ocurría nada; Camille estaba cruzada de brazos oyendo al profesor de francés y traía una expresión que te obligaba a no respirar demasiado fuerte, algunos creerían que mataría a cualquiera que se le acercase, pero si mirabas muy bien sus iris, ellos decían: «Scott, te voy a matar en cuanto te cruces delante de mí». Atrás, el susodicho estaba haciendo garabatos sobre su hoja, algo difícil de creer porque jamás se dispersa en una clase. Por algo es el cerebrito del salón, aunque yo solamente le digo así.

En el receso no tuve las suficientes agallas para preguntarle a Camille cómo iban las cosas, lo único que hice fue quedarme sentada frente a ella en la cafetería y con un silencio sepulcral que me generaba mucha ansiedad. Es increíble cómo a pesar de todo el ruido por la cantidad de alumnos que había nuestra mesa parecía ser un cuarto cerrado donde solamente estábamos nosotras dos con el enorme peso del silencio instalado en el aire.

—Idiota —masculló. Parecía querer arrancarle los ojos—. ¿Tan poca cosa me cree como para dejarme plantada en nuestra segunda cita? —parecía una pregunta retórica, pero en ocasiones daba la impresión de que quería que yo le respondiera. No sabía qué hacer, hasta que no hizo falta porque ella siguió—: si no quiere estar conmigo solo tiene que decirlo. No soy un juguete que puedes tener solamente para olvidarte de un amor infantil. ¿Y sabes qué? Solamente la vio dos días. Dos veces. —Yo me tragué el nudo en la garganta—. ¿Quién se enamora de alguien así?




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