Ellos eran lo único que me mantenía a flote: sus caritas de felicidad al verme, sus abrazos, sus "te quiero". Desde que mamá murió, todo se fue por el desaguadero. La custodia de mis hermanos pasó a manos de Mijaíl; a pesar de que no eran sus hijos biológicos, él se quedó con ellos. Mis hermanos tenían cuatro años cuando todo sucedió; yo solo tenía veinte, aún vivía con mi madre y cursaba el tercer semestre de Relaciones Internacionales. Me había ganado una beca, pero un mes después de su muerte, él me echó de casa, suspendió mi beca y me obligó a trabajar para él y su nueva esposa. De lo contrario, no volvería a ver a mis hermanos. Han pasado tres años desde entonces; mis hermanos están por cumplir siete años y aún tengo que rogarle para verlos.
Guardé la foto que tenía de ellos al escuchar la voz de Sara. Pasó junto a mí con una de sus hijas, Katrina; estaban murmurando y, la verdad, no me importaba lo que decían, solo las escuchaba por inercia.
—Te digo, madre, que esos hombres nadan en dinero. Especialmente ese tal Eros; su esposa y él manejan muchas sucursales en el país. No solo tienen casa en Italia y Estados Unidos, sino también aquí en Rusia. También están los otros, pero de ellos nos podemos encargar luego.
Katrina miró a los alrededores; yo disimulé guardando los cubiertos. De su delantal sacó un pequeño frasco color café.
—Esta droga es muy fuerte, Mijaíl me la dio por si encontrábamos algo interesante.
¿Qué demonios estaban diciendo esas mujeres?
—No será fácil llevar a ese hombre a una habitación. ¿No lo has visto? Es gigante; bueno, todos esos hombres lo son. ¿Por qué no lo intentamos con el más joven? —Sara era una mujer horrible.
—Ese hombre no tiene nada que perder, está solo. En cambio, Eros tiene esposa y dos hijos; sería fácil chantajearlo si tomamos las fotos correctas.
Vi cómo dejaba el frasco en el mostrador y continuaron hablando hasta que se fueron, olvidándolo allí. Caminé hacia él, pero algo me decía que no lo tomara. Me alejé, pero mi estabilidad emocional y moral pudo más que yo. Tomé el frasco y salí a recoger las mesas de la recepción. Había muchas personas importantes; la pareja de recién casados se veía perfecta. Todos bailaban a excepción de un hombre en particular; estaba en una mesa alejada de todos, observando su alrededor. Su aura era de misterio y seriedad; de vez en cuando miraba su reloj. Era un hombre muy atractivo.
Entré a la cocina y fui directo a la sala donde se empacaba todo lo que la pareja se llevaría. Al llegar, vi a Katrina buscando algo con apuro.
—¿Dónde está, Katrina? Ya es tarde y se nos va a ir si no lo hacemos —gritó Sara. Las demás trabajadoras no decían nada; nunca lo hacían.
—No lo sé, lo había dejado aquí —dijo señalando el mostrador. Al decir eso, me vio y se cruzó de brazos—. La única que pudo haberlo tomado es Claire.
Ahora sí estaba en problemas. Sara se acercó a mí y me tomó del rostro con fuerza.
—Quiero respuestas, Claire. Si tienes ese frasco, devuélvemelo —estaba muy cerca de mi rostro, su aliento chocaba contra mí y en sus ojos vi furia. Tenía miedo; estas personas siempre me daban miedo—. No querrás que Mijaíl sepa que arruinaste mis planes. Sabes que eso te costaría mucho tiempo sin ver a esos mocosos de tus hermanos —su voz destilaba veneno.
—Si tengo que sacrificar el ver a mis hermanos por no dejar que le arruinen la vida a alguien, lo haré. Voy a recuperarlos pronto y ustedes no podrán evitarlo —mi voz sonaba segura, pero por dentro me estaba rompiendo. Ella tenía razón: no vería a mis hermanos, pero aun así no me arrepentía. Ese hombre perdería a su familia; Sara es todo menos buena y, si Katrina le había puesto el ojo, no se escaparía.
—Es que eres estúpida, niña. No tienes un techo fijo, no ganas nada, no eres profesional, no estudiaste... ¿crees que podrás conseguir su custodia? Ni siquiera podrás pagar un abogado. Si Mijaíl se entera, te dejará sin sueldo. Es más, por mí, no vuelvas más; arruinaste todo lo que tenía planeado —su voz de niña caprichosa me hacía doler la cabeza. Por Dios, era una mujer adulta.
—Pues piense lo que quiera —dije con el valor que me quedaba.
—Eres una muchachita insolente. Por eso tus padres se murieron; ¿quién hubiera querido tener una hija así? No eres más que un error, Claire. Hasta mis hijas estuvieron mejor planeadas.
Estaba molesta e iba a acercarme a ella, pero no esperaba su reacción. Mi rostro giró hacia un lado y perdí el equilibrio, cayendo al suelo. Sostuve mi mejilla y no miré a mi alrededor. Escuchaba voces, pero solo salí de mi trance cuando una mano se posó en mi hombro.
—¿Estás bien?
Mantenía la mirada en el piso. No sabía en qué momento había comenzado a llorar, pero ahora no podía detenerme. Extrañaba a mi madre. Sostuve con fuerza la pulsera que alguna vez ella me regaló. Mis lágrimas seguían cayendo sin control.
—Lamento mucho lo que tuvo que presenciar, señor —dije con un nudo en la garganta—. No tenía por qué defenderme. Esto me pasó por entrometerme en los asuntos de esa mujer, pero no podía dejar que hiciera lo que planeaba.
Lloré mucho. Mi cerebro no tenía filtro y de mi boca salían demasiadas cosas. Tenía que calmarme o la sinceridad se desbordaría, pero no podía; menos aún al sentir los brazos de ese hombre rodearme. Mi cuerpo tembló, pero no por el llanto; su cercanía me causaba ese efecto, y ni siquiera lo había visto bien todavía. No tenía el valor para hacerlo.
—Ya, tranquila —sus manos pasaban por mi cabello y mis brazos. Era la primera vez en tres años que alguien me abrazaba así. Yo no solía permitirlo, pero ahora este hombre lo hacía y yo me dejaba consolar sin pelear—. ¿Me dirás qué era lo que esa mujer quería hacer?
Eso sonó más a orden que a pregunta. No debía decirle nada; me seguiría metiendo en problemas si él hablaba y ya tenía suficiente.
—Ya no quiero más problemas. Si esa mujer se entera de que le dije algo, se lo dirá a mi padrastro y no quiero eso.
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Editado: 22.04.2026